El duende

Este es el relato que continúa el de hace dos viernes «Violetas de febrero» y que se han elegido para cerrar un año negro en cuanto a violencia de género y abrir tomando conciencia para que no se repita.

El Duende

El día en que El Duende entró por la puerta de Urgencias en el General apenas tenía dos años y medio. Los doctores diagnosticaron un cuadro de contusiones múltiples, esguince cervical y fractura de tibia. Las pesquisas no fueron más allá de un parte exculpatorio que reducía el percance a un sencillo accidente doméstico. Lo cierto, sin embargo, era que El Duende era un niño que desquiciaba a cualquiera, que albergaba una tendencia imprudente y natural a manifestar sus emociones sin calibrar las consecuencias de ese comportamiento suyo, sin reparar en lo desequilibrante que puede resultar para unos padres de bien oírle llorar ante cualquier circunstancia, ya fuera por miedo, soledad o dolor físico.

Para don Marcial, tener un hijo así, demasiado sensible, como decía su mujer, o débil, blandengue y enfermizo, como él mismo afirmaba, resultaba vergonzante; de modo que se empeñó en borrarle las lágrimas en cuanto el niño amenazara con llorara, al más mínimo gesto, antes de que su rostro se encogiera y sus ojos se inundaran de agua y de pavor, de soledad, de miedo, de puro desamparo. Hacer de El Duende un hombre impermeable a toda turbación fue el empeño y la empresa que don Marcial, junto a su cómplice esposa, llevaron a cabo durante largos años. Una labor perseverante que a cuenta de castigos, de terror y de golpes acabó dando los frutos que cabía esperar.

Tras una infancia sombría, aquel niño de tez clara, de ojos inyectados en ternura, era ya un prodigio implacable de mineral humano, un adolescente hosco, severo y práctico que apenas distinguía entre lo amable y lo cruel de este mundo. En cuanto aprendió a ahogar sus emociones, en cuanto perdió la noción de piedad, de escalofrío, de amor o plenitud, se alejó de sus progenitores para siempre, les perdonó la vida sin el menor escrúpulo, y entró a trabajar en una empresa farmacéutica. Nadie volvió a llamarle Duende. Nadie le vio soltar una lágrima ante el mayor o el menor contratiempo. Nadie le adivinó, en los labios, un atisbo incipiente de sonrisa.

Quienes presumían de conocerle mejor, de saber su nombre completo, Roberto Hurtado Jiménez, le llamaban El Frío y estrechaban su mano con una extraña sensación de odio y viscosidad, con un aroma imborrable a violetas y miedo.

JOSÉ LUIS FERRIS 

Violetas de febrero

A propósito de la polémica sobre la violencia de género, dejo este relato de José Luis Ferris, que es el primero de dos enlazados. El próximo viernes pondré la segunda parte.

 

Violetas de febrero

Se conocieron en febrero del 2007. Lourdes salía del ambulatorio tras una noche de guardia y él entraba por la puerta principal con su maletín de visitador médico. Se miraron y, a las pocas semanas, comenzaron un noviazgo llenito de promesas. Roberto Hurtado Jiménez, alias el frío, se lo dijo sin más, con un ramillete de violetas que depositó sobre sus manos y un propósito firme: «Mi destino es el tuyo. Lo nuestro es para siempre». A ella le gustó y le devolvió el gesto con un beso húmedo en mitad de una boca con sabor a hielo y perdición. Se casaron en mayo del 2009 y rubricaron el deseo: «Juntos y unidos hasta que la muerte nos separe». También entonces se besaron. Cinco meses más tarde, después del desayuno, recibió unas violetas. La discusión del día anterior había acabado con un golpe en la frente, pero Roberto no era él, eso decía, y Lourdes le perdonó el despropósito colocando el ramito en un búcaro dorado. Fue un año después, a poco de nacer Rosalía, cuando se llenó el salón de cientos de violetas. Las trajeron en dos cestas de mimbre atravesadas por un lazo morado. La noche anterior la había sacado de la cama arrastrándola sin más. Una sola patada en la boca del estómago y el fuego de su puño en la ceja derecha. Después cayó el silencio. Él se inclino a sus pies como chacal muy dócil, sin derramar una lágrima, fingiéndose piadoso de sí mismo, amparándose cínicamente en le culpa. Por eso también le perdonó y pensó que la vida a veces no era noble. Con los años, el miedo la volvió vulnerable pero siguió creyendo en el aroma sutil de las violetas. Cuando el filo de un cuchillo le dibujó en la garganta su rastro de hielo cogió a la pequeña y denunció la amenaza. Aquella misma tarde, cinco empleados de Interflora llenaron la habitación del Hospital General de ramos encendidos, de violetas infinitas. Ella lloró toda la noche y se sintió absurdamente culpable. Dudó durante horas, durante días y semanas. Más tarde retiró la denuncia y regresó con él. Se amaron alguna noche. Hicieron fuego del pasado y cambiaron de casa. Él, con el rostro imperturbable, sin apenas arrugas, le fue recordando la promesa primera, «No lo olvides, mi destino es el tuyo. Hasta la muerte eres mía». Pero el sabor de las palabras no era el mismo de entonces.

Hace sólo unas semanas que ella no piensa en él. Duerme sin sueño. Sobre el mármol que la oculta alguien deja violetas cada tarde que pasa.