Certificado de últimas voluntades

Certificado de últimas voluntades

Relatos nocturnos de días difíciles, nada hay que temer, solo que olvidar. El resto es fantasía.

Yo misma

El veintiséis de octubre de dos mil dieciocho a las once y treinta y cinco de la mañana sentí, por primera vez, que un fragmento de mi corazón dejaba de latir. A pesar de ello, de esa certeza no tan médica como real, pude correr y correr, secando mis lágrimas con el jersey de punto nuevo y llegar, empapada, entre sudores y llanto, a la puerta de la notaría más cercana.

Quiero hacer un certificado de últimas voluntades, dije mientras trataba de controlar el jadeo. ¿Últimas voluntades? Perdona, te voy a tutear, ¿no eres muy joven? Aquella mujer desconfiaba de mí, me daba cuenta, pero tenía claro mi objetivo. ¿Eso a usted le importa? ¿Podría hablar con el notario? Insistí. Ahora está reunido, tardará. Se notaba que quería librarse de mí, algo en mi conducta no le gustaba y hacer que su jefe perdiera el tiempo podría costarle algún reproche. Mire, no quiero muchas cosas, pero lo poco que quiero tiene que quedar claro, y también puedo pagar lo que haga falta por tener el certificado lo más rápidamente posible. La mujer volvió a mirarme de arriba abajo y tras hacer una mueca torciendo la boca en señal de asco -deduzco que por mi sudor- se levantó y se dirigió a un despacho. Unos segundos después volvió a aparecer. Siéntate en la sala de espera, cuando termine el señor notario te atenderá. Me senté y ambas nos quedamos en silencio más de quince minutos. Yo no dejaba de mover el pie con un tic nervioso y ella no dejaba de mirarme recurrentemente por el rabillo del ojo izquierdo ¿Sabes cuál es el coste de este documento? Se decidió a insistir. Oiga, el coste me importa una mierda y su opinión también, si le parece esperamos que el notario haga su trabajo, les pago y aquí paz y después gloria. No se molestó en responder. Estuve esperando casi dos horas en aquella sala con la mirada perdida en una pared blanca. Ya se me había secado todo el sudor cuando un hombre de metro ochenta, traje y perilla me miró desde la puerta de su despacho y me pidió que entrase. 

Dígame en qué la puedo ayudar. Nunca supe si la cortesía era fingida, pero logró que me calmase. Quiero hacer el certificado de últimas voluntades. Dije una vez más. ¿Por qué razón? ¿Tiene alguna enfermedad? ¿su vida corre peligro de algún tipo? Me pareció de mal gusto y de una irrelevancia tremenda que me hiciera esas preguntas, al fin y al cabo solo quería que me diera un servicio que estaba en su carta de precios. ¿Por qué lo hacían tan complicado? El hombre me miró esperando la respuesta. No sé por qué le debería contestar a esas preguntas, le dije, usted solo certifique lo que yo le voy a pedir. Perdone, señorita, ¿ha hecho usted testamento? insistió. ¿Para qué? Yo no tengo nada que dejar ni nada que repartir solo quiero que usted ahí escriba una simple frase, ponga su sello y se encargue de que mi seguro de decesos, mi madre, mi abuela o quien narices quiera se ocupe de cumplir mi única voluntad. 

Está bien, dijo. Al final me entendió o hizo como que me entendía, quizá solo me siguió la corriente porque creyó que estaba loca. Dígame qué tengo que escribir. Y yo se lo dije ¿Eso es todo? Todo. Se levantó y volvió unos minutos más tarde con un papel y un sello. Aquí lo tiene. Gracias, ¿lo abono en recepción? No se debe nada, no se preocupe. 

Estaba segura de que me había tomado el pelo, un notario no regala su firma y menos a alguien que no conoce de nada. Estaba claro que aquello olía mal. Salí del despacho y miré a la recepcionista por última vez. Ella me devolvió la mirada y luego la agachó sonriendo. Se reían de mí, pero no se imaginaban hasta qué punto se habían implicado.

Cuando llegué al portal del edificio saqué la bolsa con todos los medicamentos que mi psiquiatra me había recetado los últimos años y que había dejado de tomar desde que él, mi único tesoro, apareció en mi vida. El único cuya mirada era transparente, limpia de engaños, el único que me dejó apoyar los ojos en su pecho los días de migraña, el que logró que las noches de insomnio empezasen a ser un regalo, el que limpió mis lágrimas en cada recaída por mis malos duelos e hizo que la medicación resultase obsoleta e innecesaria. Pero nadie me creía cuando decía que él me daba todo lo que podía necesitar, que estando él no valían las pastillas, que todo, ahora, era más fácil. Opté por mentir, volví a las consultas y acepté las recetas, las fui comprando y las acumulé en un cajón.

El veintiséis de octubre de dos mil dieciocho a las once y treinta y cinco de la mañana me acababan de entregar sus cenizas y con ellas retrocedía de golpe nueve años de felicidad. Entré en pánico y empecé a correr.  Después de todo aquello,  por fin me senté en el zaguán de la notaría, y empecé a tragar de diez en diez, todas las pastillas que no había tomado hasta el momento. Me sentí mareada y me dormí. No sé lo que pasó después, pero alguien debió encontrarme abrazada a la cajita en la que estaba él y con un folio en un bolsillo, que decía “juntad mis cenizas con las de mi gato, os esperaremos los dos con él, en la Platja de Torn”. Firmado y sellado por el notario. Tuvo que ser así, porque de otra manera nunca hubiera pensado que se molestarían en cumplir, que tomarían en serio la relevancia que en realidad tenía mi solicitud.  Funcionó

Y lo sé porque hoy nadamos los tres por aguas cristalinas y nadie nos juzga ni nos daña. Jugamos con las olas y dormimos acunados por el mar. Mirando las estrellas que años atrás, contábamos juntos.

Quizá podría haber aprendido a cerrar los duelos, pero entonces, hoy, no sería tan feliz.

Volver a ti: empiezo la espera.

Volver a ti: empiezo la espera.

No mentiría al decirle al lector que yo sería la última persona que invertiría su tiempo en leer este post. Escribir desde el dolor es lo menos recomendable que existe y a pesar de eso, de que los expertos recomiendan siempre tomar distancia antes de enfrentarse a la página en blanco, aquí estoy, tratando de sacar a golpe de letras el dolor que se va atascado en todos los poros de mi cuerpo.

44143573_2218984388346631_2810294992667410432_nLa verdad es esta: Blas ha muerto. Evoco las palabras de mi amigo Alejandro Palomas porque no hay certeza mejor expresada en una frase tan sencilla. Lo que no es tan sencillo de calcular es la dimensión de esa verdad, tan -en apariencia- simple y natural como la vida misma.

Cuando hace 9 años paseaba por Benito Pérez Galdós, mi mirada se cruzó con unos ojos azules que la seguían. Me paré en seco -Perdone, este gato se vende?- Pregunté estúpidamente porque era una pajarería, pero la respuesta no resultó tan obvia -No, no es de raza ni nada, lo han traído unos criadores que por un error se les han cruzado una angora y un siamés, se va a la perrera- Le pedí que me vendiera entonces un transportín, comida, arenero y arena y me volví a casa de mi padre con mi gato en el asiento del copiloto explicándole que creía que le iba a llamar Blas, si no tenia objeción, que podía dejar de maullar o de estar asustado. Le prometí cuidarle siempre.

Creo que me entendió, porque desde ese momento no nos despegamos. Al entrar en casa me seguía, fuera donde fuese, compartimos libros, películas, estudió la carrera entera de psicología a mi lado y nunca faltó a una llamada, ni se separó de mí en momentos de enfermedad.

Pocos años después -tres-, entré con Epi en casa en estado crítico. Cualquier macho lo hubiera repudiado e intentado expulsar de su territorio de niño mimado de mamá, que era en el que él vivía. Pero no, Blas no era así. Olisqueó a Epi, vio las heridas, los dolores, los ojos infectados que traía de la calle… y con una pata lo empujó a su abdomen para darle calor. Le enseñó a bañarse, a ir al arenero… Él era mi bebé, y Epi se convirtió en el suyo. La cadena perfecta y él, siempre, el eslabón central, repartiendo cariño en todas direcciones.

Después de nueve años de amor incondicional nos ha dejado solos para siempre. Sin44108608_2218985428346527_7680773019974762496_o.jpg avisar, sin hacer ruido, sin dejar que le viéramos morir y sin dar un maullido más alto que otro. Nueve años son muy pocos para un gato, pero si la bondad y la belleza interior se reparten a lo largo de la vida, bien es cierto que él había repartido de sobra a su corta edad. Ha sido lo mejor de mi vida en la última década, mi pequeño bebé, gato-perro, mi fierecilla, mi muñeco para dormir. Me dueles tanto y te voy a echar tanto de menos que no puedo ni imaginarme que mañana al despertar no estarás a mi lado.

Espérame, te lo ruego, en el cielo de los gatos, en el espacio o en la otra orilla, sea donde sea, te juro que nunca dejaré de buscarte.

Te amo mi bebé, con el amor más puro que soy capaz de sentir, y mientras no vuelva a tenerte será imposible reconstruir la parte de mí que te llevas.

Gracias por la vida, por tu vida y por la mía, por la que hemos construido juntos. Te sostengo en un abrazo eterno y te beso esa naricilla rosa y húmeda. Descansa esta noche, mañana quedará un día menos para que volvamos a estar juntos.

Bendito descuido el de aquellos criadores.

 

 

 

 

 

 

Y eres como un pretexto

Y eres como un pretexto para que yo medite

y yo soy un pretexto de pena que te infieres,

y en medio esa tristeza de hombres y de mujeres

que es casi todo cuanto la vida nos permite;

pero tú y yo sabemos que cuando el mar se irrite,

de toda esta comedia poblada de alfileres

quedará la leyenda pequeña de dos seres

que se amaron, aunque ello jamás nos resucite;

ahora estamos logrando la imperfección, mañana

seremos el perfecto sollozo planetario,

el no ser y el no amar y el no temer, hermana;

vivir es componer una música muerta,

pero llevarle flores, rezarle así, a diario,

quizá equivalga a oírla, como si fuera cierta.

Félix Grande

A propósito de la memoria

Una nueva mañana. Al entrar los primeros rayos de sol por las rendijas de las persianas, abriste los ojos. Larga noche de pesadillas. Estabas sudando. Una sensación de extrañeza invadía tu cuerpo…y te incorporaste. ¿De quién es esta cama? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Te decías. Y ahí estabas: frágil y solo.

Te levantaste descalzo. El frío del suelo trepaba por tus pies. Buscaste algo para calzarlos, para darles el calor que todo tú necesitabas. Frente a ti, dos trozos de felpa descansaban sobre el mármol. Qué desorden, pensaste. Sin embargo, eran perfectos para caminar, azarosamente útiles dado que su tamaño y su corte se ajustaban a tu anatomía. Te dirigiste a la puerta que presumías cerrada. ¿Qué otro sentido podrías concederle a aquella especie celda completamente extraña para ti? Trataste de abrir con fuerza, y lo lograste. La puerta se rindió ante tus viejos músculos de deportista, ante tu firme necesidad de libertad.

Caminaste buscando un baño. Por el pasillo te cruzaste con una mujer que te dio los buenos días y te regaló una sonrisa. Le diste la tuya por respuesta. La educación es lo primero, decía tu madre. Y qué bien lo recordabas ahora. “Buenos días –dijiste–, ¿el baño, por favor?”. Ella te besó con suavidad en la mejilla, lanzó una nueva sonrisa y siguió caminando. No entendiste nada. Llegaste a una puerta de cristal translúcido y probaste suerte. También se abrió. Te acercaste al lavabo para refrescarte la cara y te miraste al espejo. Era la mirada perdida y triste de un viejo. Te asustaste. Tocaste tu piel como si palparas, con miedo, una máscara. Pensaste en una pesadilla, pero te equivocabas de nuevo. De nuevo sucumbías. Tu pesadilla era tan real como la vida y, aunque te pellizcabas una y otra vez, con más empeño si cabe, no lograste despertar.

Pasaron las horas, los días… y cada noche regresabas, guiado por un impulso ciego, misterioso, a esa oscura habitación del final del pasillo. Apenas dormías buscando respuestas. Te volviste huraño y taciturno. La mujer con la que te cruzabas con nocturna frecuencia empezaba a cambiar su sonrisa por un gesto de turbación. “Todo está bien”, respondías, tratando de ganar tiempo, de no levantar sospechas, mientras buscabas un sentido a aquel encierro absurdo e injustificado. Convenía no decir nada. Ella te conocía bien, te llamaba por tu nombre y te abrazaba con cierta ternura en el sofá. Al fin y al cabo, si debíais permanecer encerrados por algún motivo, era preferible entre aquellas paredes.

Pediste un álbum de fotos de los que se vislumbraba en la última leja del mueble del salón. La mujer cogió una silla y se subió para alcanzarlos. Bajó tres de ellos y te los dejó sobre la mesa. Le diste las gracias y la besaste para seguir con tu mentira. Puede que todo se debiera a un golpe en la cabeza, a una caída de la cama en pleno sueño, en plena noche. Eso pensaste. Por eso resultaba conveniente ojear aquellas fotografías. Te ayudarían a comprender, quizá a recordar.

Era verdad, te conocían. Ese de las fotos eras tú, el del álbum, el que celebraba su boda con la mujer que ahora, más vieja pero igual de atractiva, te saludaba en el pasillo, se abrazaba a tu cuerpo en el sofá y te hacía el café con la porción exacta de leche y una pastilla de sacarina. Eras tú el que besaba al bebé que, según todos los indicios, debía de ser tu hija. Pero tú no tenías recuerdos de nada. “¿Dónde están?”. Te preguntaste.

Qué desalentador resultó buscar en las cajas de la memoria y no encontrar absolutamente nada. Revolviste el desván de tu mente, repleto de espacios que habías ido llenando a lo largo de tu vida y que ahora estaban vacíos. Todo se había extraviado. Y en un momento de lucidez recordaste que a tu madre le ocurrió algo semejante. No pudiste evitar sentir pena, aflicción por ti mismo, que, lentamente, habías perdido aquello que te hizo feliz, lo que te convirtió en lo que llegaste a ser. Y pena por aquellos a los que un día amaste.

Cerraste los álbumes como quien cierra una ventana hacia la vida. Te aproximaste a ella, tu mujer, que con los ojos empapados te miraba, comprensiva, desde el sofá. La besaste con adorable lentitud. Le dijiste al oído algo así como “te amo, espero tú no lo olvides nunca”. Te sonrió y cerraste los ojos, balbuciendo algo parecido a una plegaria, tratando de retener su imagen bajo los párpados. Regresaste a la habitación. Te metiste en la cama como cada noche y comenzaste a llorar tu propia muerte. Morir en paz fue tu modo de querer por última vez a los que te amaron. Aquellos que hasta hoy, casi dos años después de aquel angustioso despertar, entre flores y llantos, no fueron conscientes de que tú, hacía ya mucho, que los habías abandonado.

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