Los sueños cine son

Era difícil imaginar que él, precisamente él y aquella mirada lograrían que la humedad reinara de nuevo entre sus piernas. Hacía ya meses que no sabía lo que era el sexo y mucho más tiempo que no utilizaba la palabra amor. La vida -como una apisonadora- había borrado de sus planes cualquier intento de felicidad compartida, de rozar de nuevo otros labios, de acariciar el deseo en la piel de otro hombre. La vida, como digo, había machacado su deseo y desde hacía meses sus piernas se mantenían herméticamente cerradas, amparadas por la barrera que solo consigue el miedo.
Había quedado para comer con un viejo amigo, uno de esos que están cuando quieren pero nunca cuando se les espera. Contaba ya con suspiros el tiempo que llevaba esperando en la mesa del restaurante, dos minutos más -se decía- y al final nunca terminaba de irse. De pronto apareció, con la tremenda pasividad del que se cree imprescindible, acompañado de otro hombre con el que ella no se tardó en reconocer… Cuánto tiempo, dijeron, y cómo tú por aquí. Y la vida dio un paso al frente de difícil retorno.
Se habían conocido otras veces, como quien coincide en la cafetería y se saluda por rutina, ella aquí y él allí, en la distancia acordada por las normas sociales que rigen la indiferencia. Pero ese día fue distinto, no sabía bien por qué, pero al verlo entrar ella supo que algo había cambiado.
El camarero les sirvió lo de siempre y preguntó al nuevo acompañante, lo mismo que ella -dijo-, y le permitió retirarse con el deber cumplido. ¿Y qué es de ti? Se preguntaron mutuamente. Nada, respondieron, que la vida pasa y pasa y uno se vuelve solitario. Cómo te entiendo. Y ahí aparentemente terminó todo, aunque dame tu móvil -le dijo ella- y así te tengo localizado por si lo que sea. Bueno -dijo él- con esa falsa indiferencia. Y la comida terminó y todos se fueron a su casa.
Nadie dio importancia a las miradas, pero ellas son las que dictan el destino de las cosas. Él creyó que ella lo observaba y ella pensó que entre bocado y bocado él la espiaba por el rabillo del ojo.
De pronto, mientras ella se duchaba a media tarde el sonido del móvil la sacó repentinamente de la bañera. -Me han regalado unas entradas para una peli y si quieres te las doy para ir con alguna amiga. -Es un poco tarde para avisar, pero si me llevas voy contigo. -¿En serio? -No veo el problema. – A las nueve y media te recojo.
Y de nuevo las miradas campaban a sus anchas, dirigiéndose una y otra vez a la pantalla del móvil por temor a una retirada a tiempo. A un fracaso precoz, al desengaño estúpido que los perseguía. No era buena idea y lo sabían, pero qué hacer cuando la vida se pone así de caprichosa. Tampoco es delito soñar, pensaron y a las nueve y media empezó el juego.
Ella bajó sorprendentemente preparada. Él se había puesto camisa y zapatos. -¿Siempre te vistes así para ir al cine? -¿y tú? -Yo sí, siempre. -Claro que sí.
Y aparcaron, y se sentaron en el cine, y la película empezó. Y otra vez los ojos, esos malditos ojos, empezaron a cruzarse atravesados por la luz del proyector que revelaba una sala prácticamente vacía. Ella abrió ligeramente las piernas y la falda del vestido se tensó, recogiendo por abajo los fluidos del deseo que desde el medio día la habían perseguido. Él no se atrevió a mirar, pero tendió su mano hasta la de ella. De pronto las miradas se retiraron y mientras ambos simulaban ver la película con atención ella llevó la mano de él hasta sus muslos y la sumergió en la humedad de su sexo. Él comenzó a palpar con interés, buscando ese botón oculto, dueño de la vida y del placer. Lo acarició durante unos minutos con el mismo ritmo que ella perdía en su respiración. Todo empezaba a mojarse precipitadamente y él no tuvo más remedio que abrir su pantalón antes de que estallase. Empezó a agitar su pene con fuerza mientras observaba cómo ella se escurría de placer en su butaca. Ella se giró para mirarlo,porque la excitaba ver cómo él los hacía gozar a los dos al mismo tiempo, pero no tardó en relevarlo, y mirando a su alrededor y comprobando que nadie los observaba se agachó frente a él para meterse el pene en la boca. Durante unos minutos lo acarició de arriba a a abajo succionando el glande y jugando con la lengua de un lado a otro. Él casi se volvía loco de placer cuando ella además le bajó del todo los pantalones y comenzó a acariciarle el interior de los muslos y el ano. Controla los gemidos -le dijo ella-, y él se mordió los labios. No puedo mantener este ritmo, no puedo. Y con la mano, todavía húmeda por ella tapó su boca y la empujó despacio hacia atrás. Se agachó y la tumbó boca arriba. Levantó su falda hasta su cintura y la miró a los ojos directamente, la miró por primera vez de verdad y le dijo “ahora te la voy a meter, pero no gimas, te voy a hacer gozar, pero no grites, aunque te mueras de placer solo te dejo me mires silenciosamente y a los ojos”. Y ella obedeció y le abrió su puertas. Durante varios minutos se mordieron los labios sin apartar las miradas, y cuando al fin una lágrima de contención brotó de los ojos de ella él permitió que su cuerpo que fuese detrás, que se acompasaran los fluidos y que el calor y la humedad se adueñaran del momento y de la sala.
Luego se encendieron las luces y se giro cada uno hacia la butaca del otro. Las manos apretadas sobre sus regazos, recogieron las cosas y se dispusieron a salir de la sala. De camino al coche ella le preguntó si le había gustado la película, él le respondió que no se podía imaginar cuánto, ella susurrando le dijo, tú no sabes lo que puedo llegar a imaginar.

Kiki, el amor se hace

Trabajo alegre y vitalista donde hay una gran explosión de color

El pasado 1 de abril se estrenó Kiki, el amor se hace. Un nuevo éxito en taquilla que solo durante el fin de semana superó los 700.000€ de

Bea Martínez
Por Bea Martínez

recaudación y que tras la publicación de esta crítica esperamos que ya haya superado el millón de euros. (Lo mejor es que según datos de Rentrack Spain ha logrado superar en algunas zonas al blockbuster americano Batman VS Superman). Una comedia que ha pasado a ser el segundo mejor estreno de cine español este año. El primero es el thriller Cien años de perdón de Daniel Calparsoro, que sigue en taquilla y también os recomendamos.

El cine español vive un momento dulce. Nuevos directores se abren camino, mientras que los de mayor recorrido se mantienen y regresan con nuevos trabajos, como es el caso de Pedro Almodóvar que estrena Julieta el próximo 8 de abril y que será nuestra nueva crítica.

Kiki_el_amor_se_hace-949639720-largeEsta es la tercera película que dirige Paco León, una nueva comedia -pero esta vez de encargo-. Se trata de un remake de la película australiana ‘Little Death’, pero con el sello particular del director. Una producción de Vértigo Films y Telecinco Cinema con más de 2 millones de presupuesto. Fue rodada en verano del 2015 en Madrid, en los barrios de Lavapiés, Malasaña, La latina o Serrano. Barrios de gran personalidad y encanto que quedan reflejados en la película.

En el reparto, actores conocidos por el espectador entre los que destacamos Álex García (La Novia, Tierra de Lobos), Natalia de Molina, (reciente ganadora del Goya como Mejor Actriz en Techo y Comida), Luis Callejo (El barco, serie de tv) Candela Peña, Luis Bermejo,  Alexandra Jiménez (Embarazados o Anacleto), Javier Rey (Velvet, serie de tv) y justo entre ellos a Paco León como maestro de ceremonias.

Con Kiki,el amor se hace, el público vuelve a disfrutar de una película española en una sala de cine. Risas compartidas, situaciones disparatadas, sexo, parafilias y tras 102 minutos, aplausos y un buen sabor de boca para el espectador. Quizás este sea el resumen que más concuerda con una película que os invito a ver si queréis pasar un buen rato. Eso sí, hay que ir con una mente abierta y dejando los prejuicios a un lado porque es una película para disfrutar; cinco historias donde el punto común es el sexo, y a pesar de lo surrealista que son algunas de las situaciones donde quedan de manifiesto las filias, en la20150831-11061264w película no aparece en ningún momento ni de forma gratuita ningún pene ni vagina, como muchos pueden pensar de manera errónea. Eso sí, el cuerpo femenino es una manifestación de belleza y lujuria. Diferentes formas de enfrentar la sexualidad, de forma libre, particular y única como lo somos todos los seres humanos.

La película atrapa el interés del espectador desde el inicio gracias a una colorida cabecera donde la contraposición de imágenes sirve de punto de partida para presentar la historia y algunos de sus personajes. Otro aspecto positivo es su banda sonora -que estamos seguros de que pronto podremos escucharla en nuestra vida diaria-.

Es un trabajo alegre y vitalista donde hay una gran explosión de color, divertidos dobles sentidos -sobre todo con fruta-, pero tratados de una forma llana y con buen gusto.

Kiki_MDSIMA20150902_1797_43Paco León es actor, productor y director. Su primera incursión en televisión fue en 1999 en una cadena autonómica. En 2003 ya en una cadena nacional comenzó a llamar la atención con el programa Homo Zaping donde interpretaba a varios personajes. Su gran éxito, y el corazón de muchos españoles llegó el 16 de enero de 2005 con su personaje de Luisma en la serie Aida que estuvo en emisión hasta el 2014. Un hombre polifacético que cuenta con más de medio millón de seguidores en twitter y que no le importa desnudarse para celebrarlo como recientemente hizo también en Instagram. Con este nuevo trabajo da un salto exponencial tras sus «Carminas», trabajos que saco adelante sin apenas presupuesto, dónde su madre y su hermana eran las protagonistas de la historia que en clave de comedia se trataba la muerte. Una particular visión de ver el cine como un producto, que se ha de adaptar a las nuevas formas de consumo y se estreno de forma a la vez en salas de cine, formato domestico y plataformas digitales.

Trailer https://youtu.be/4KJHuu8Lxmk

CANCIONES COMPLETAS DE LA BANDA SONORA

Canción completa Enamorada singles extraídos de Canciones sin ropa, el CD del dueto Pedrina y Rio Aquí

Canción ‘Foto pa ti’ de la artista chilena Mariel Mariel https://www.youtube.com/watch?v=0c5V96p43gA

Nota: «Se han contabilizado más de 500 parafilias, patrón de comportamiento sexual en el que la fuente predominante de placer se encuentra en objetos, situaciones, actividades o individuos atípicos, pero en la película se muestran cuatro dacrifilia (excitarse con las lágrimas), somnofilia (llegar al orgasmo gracias a alguien que duerme), la harpaxofilia (experimentar placer al ser robado) o la elifilia (Experimentar placer con determinados tejjidos).»

LA JUVENTUD –YOUTH- (2015)

Por Luis López Belda

LA GRAN BELLEZA DE LA VEJEZ, LA FRUSTRACION Y LA REDENCION

Calificación: 3,5/5

Paolo Sorrentino, el director de ese placer estético llamado La gran belleza mantiene el pulso en su nuevo film y, conservando el alto nivel de éxtasis visual, se adentra en senderos narrativos bastante diferentes pero complementarios con los de su anterior e inolvidable obra. Si en aquel film ganador del Oscar reflexionaba sobre la decadencia de la ciudad eterna y, por extensión, de toda una cultura y una forma de ver la vida esencialmente mediterránea, aquí su foco de interés es bien diferente. Su bisturí nada indoloro con el alma se centra en tipos anglosajones y las preocupaciones discurren por los terrenos de la decrepitud, la frustración, las oportunidades perdidas, la redención, la dificultad de conciliación de carrera profesional y vida personal, el perdón, la reconciliación con los errores del pasado, la inevitable desconexión con el progreso imparable que se lleva por delante la educación sentimental y la cultura popular de generaciones enteras…

Youth-1-e1432217131429Esta amplitud de temas e inquietudes lleva obviamente a la dispersión y a la ambición desmedida y, por tanto, los detractores del italiano tienen espacio de sobra para defenestrarlo. No sólo se le puede achacar un exceso de ambición sino también algunos pueden ver toneladas de pedantería. Si no se entra en la propuesta del director italiano más destacable del cine actual, el film puede resultar aburrido, hueco y pedante. Sin embargo, y en mi caso, disfrute enormemente de la propuesta por su riesgo, su belleza, su nulo temor a tratar temas incomodos sobre las relaciones personales y sentimentales.

De esta manera Sorrentino me atrapó desde el primer minuto gracias también a un perfecto ritmo interno coherente con lo que se está contando, unas prodigiosas interpretaciones (recomendable verla en versión original) y un inteligente uso del lenguaje cinematográfico. Sólo algunos bajones de ritmo y ciertas escenas prescindibles alejan al film de la excelencia.

FICHA ARTISTICA Y SINOPSIS

Italia-Suiza-Francia-Reino Unido, 2015.- 121 minutos.- Director: Paolo Sorrentino.- Intérpretes: Michael Caine, Harvey Keitel, Rachel Weisz, Paul Dano, Jane Fonda, Tom Lipinski, Poppy Corby-Tuech, Madalina Diana Ghenea.- DRAMA.- Fred Ballinger, un gran director de orquesta, pasa unas vacaciones en un hotel de los Alpes con su hija Lena y su amigo Mick, un director de cine al que le cuesta acabar su última película. Fred hace tiempo que ha renunciado a su carrera musical, pero hay alguien que quiere que vuelva a trabajar; desde Londres llega un emisario de la reina Isabel, que debe convencerlo para dirigir un concierto en el Palacio de Buckingham, con motivo del cumpleaños del príncipe Felipe.

Rebelde sin causa

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Un relato de Jose Luis Ferris

El amor, como cualquier otro destino, tiene sus misterios. Nadie puede ampararse en la lógica o en los procesos cabalísticos de la razón para hallar el sentido de relaciones tormentosas, pasiones ciegas o encuentros insospechados entre seres que se buscan, que se ven atraídos por compulsivos deseos, por una fuerza de origen tan desconocido y opaco como el tortuoso final hacia el que arrastra, llámese olvido, desengaño o locura simplemente. Eso debió pensar Laura Miranda repetidas veces. Su vida había sido una anodina sucesión de hechos irrelevantes y simples. Tuvo una infancia yerma, sin ningún acontecimiento digno de ocupar espacio en su memoria, irrelevante para el recuerdo. Había sido una niña como tantas, educada en una familia de clase media, sin abundancias ni apuros, y adiestrada para la vida en un colegio religioso que modeló su alma y le prestó los medios necesarios para hacerse de valer, para preservar su virginidad hasta el matrimonio y defender los valores familiares por encima de cualquier lance de infidelidad o desafecto. Aspirantes no le faltaron, pero acabó entregando su futuro a un opositor a Notarías que le garantizaba una amplia estabilidad y un amparo nada desdeñable. Su matrimonio, como todo lo anterior, fue de los corrientes, pero con piso céntrico, asistenta doméstica tres días por semana y salidas a cenar con matrimonios amigos casi todos los sábados. Hasta que vinieron Leticia, Ricardo y Elena, por ese orden. Tres hijos que aliviaron muy pronto lo que se prometía una soledad irrespirable y lenta, con un marido que casi siempre comía fuera del hogar y que jamás regresaba antes de las diez. Ellos, sus tres hijos, fueron la labor de sus días, pero también una dulce esclavitud que asumía como parte del juego, como norma irrefutable de esa vida para la que había sido educada desde que vino al mundo.

5lq5bf4xatlwAhora, a sus cuarenta años, se consideraba igual a muchas otras, pero atrapada también en una normalidad a veces excesiva que la conducía gradualmente a un tipo muy común de abandono, al olvido práctico de sí misma, a una dependencia enfermiza de los otros, de su marido y de sus propios hijos. Sin embargo, todo comenzó a cambiar el día en que en su misma calle, a escasos metros del portal de su casa, abrieron uno de esos locales de 24 horas que te resuelve más de un apuro material en medio de la madrugada. Una de aquellas noches, aprovechando el recorrido habitual que se concedía antes de acostarse para sacar a Luna, su perra dálmata, se acercó hasta la puerta de la tienda atraída por el neón del escaparate y echó un vistazo a su interior. En los estantes se exhibían revistas y periódicos, objetos de regalo de escaso valor y alimentos enlatados para cubrir alguna necesidad nocturna. A la vuelta de su paseo, tentada por la curiosidad, entró en aquel abigarrado espacio, se acercó al mostrador y pidió una tableta de chocolate y un paquete de Fortuna. El muchacho que se apresuró a atenderla le recordó rabiosamente a alguien, puede que a un personaje muy cercano a la ficción, como extraído de alguna película que trató de recordar allí mismo, mientras recogía el cambio y se dirigía hacia la puerta, hacia su casa, envuelta y distraída en un abrigo oscuro. La acción se repitió durantes muchas noches. Ella esperaba, con un extraño deseo, esa última hora del día para sacar a Luna, emprender el paseo habitual y, a la vuelta, encontrarse de nuevo con el rostro de aquel joven que poco a poco iba ocupando espacio en su imaginación y forma amable entre sus sueños. Le imantaba su extraordinaria belleza, el modo enérgico y tierno con que extendía su mano para devolverle el cambio, la manera de entornar sus ojos, de acariciarla involuntariamente con su mirada apacible y azul. Hasta que el juego se convirtió en necesidad y uno de aquellos días en que la lluvia arreciaba, sin propósito de renunciar a su paseo con Luna, se introdujo en el local con el pelo mojado y una extraña zozobra que creció de pronto cuando el muchacho, consciente de que estaban solos en la tienda, cerró con llave la puerta de entrada, la tomó levemente de la mano y la condujo a la trastienda con pasmosa naturalidad. En aquel interior repleto de penumbra, agarrado a sus hombros, la miró fijamente y la besó despacio, sin recurrir a la urgencia, con una laboriosidad de labios luminosos y expertos. Ocurrió allí mismo, entre embalajes y cajas precintadas. Ella sintió un deseo irrefrenable de abrazar, de perderse entre las manos de Luis –sólo entonces escuchó su nombre– sin reparar en aquella fidelidad que había arrastrado como su propia sombra durante toda una vida y que ahora se diseminaba por completo ente el éxtasis y el deleite de saberse deseada, poseída del modo más tierno y absoluto, como nunca había sentido, como nunca había llegado a imaginar. Cuando regresó a su casa, los niños dormían profundamente y su marido ordenaba frente al televisor su colección de sellos sin reparar siquiera en su ausencia o su presencia. Lo besó en la mejilla y se acostó como una adolescente feliz, rejuvenecida de pronto, como abrigando un secreto entre las manos.

Tardó tres meses en decidirse a entrar de nuevo en la tienda de 24 horas, el tiempo que creyó necesario para apagar la fiebre fugaz de aquella experiencia que la mantuvo en vela tantas noches. Se encontró tras el mostrador con una mujer de su misma edad, perfectamente uniformada, que le sonrío con cierta complicidad y, sin mediar palabra, le despachó una tableta de chocolate y un paquete de Fortuna. La perplejidad de Laura alcanzó proporciones devastadoras cuando, tras dudar unos segundos y sin poder evitarlo, preguntó por el joven dependiente que la había atendido meses atrás.

–Cómo dice –inquirió la encargada con un mohín de humor o de sorpresa.

–Le hablo de Luis, el chico que trabajaba aquí, su compañero.

–No comprendo, perdone –la mujer miró a Laura de arriba abajo, como tratando de encontrarle sentido a aquella broma o al amago de locura de su cliente.– Yo soy quien la ha atendido desde el primer día. ¿No me recuerda? No conozco a ningún Luis y, que yo sepa, nadie me ha sustituido en mi turno de noche desde que abrieron el local. Qué más quisiera.

Laura Miranda palideció de golpe, esbozó una disculpa y, tirando de la correa de Luna, se dio media vuelta. Al salir a la calle, tomó aire y alzó vista hacia algún lugar de la noche. Fue entonces cuando algo la detuvo, petrificada ante la imagen que se alzaba a escasos metros de la tienda, inundándole los ojos. Frente a ella, un joven con el torso desnudo y una sonrisa de celuloide que le recordaba rabiosamente a James Dean, la miraba con deseo desde el cartel publicitario de una cabina telefónica mientras apuraba un Fortuna y le prometía de nuevo una vida diferente, rebelde y fascinante, repleta para siempre de aventura.

Inés y don Alonso

Este es el último relato de la serie «La carne de Eva» que nos deja Casaseca. Pronto volverá con una nueva serie basada en su segunda novela.

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Por Casaseca

Don Alonso se casó sin amor como antes de él lo habían hecho sus padres, y mucho antes sus abuelos y todas las generaciones anteriores a la suya desde que la diosa fortuna los llenó de dinero y hubieron de empezar a preocuparse por la clase de personas con la que habrían de compartir sus riquezas, en vez de hacerlo de los latidos que en ocasiones habitan en el corazón y lo descompasan.

A pesar de todo, a don Alonso le fue bastante bien. Inés era dócil, era bella y era conocedora del lugar que ocupaba y de cómo tenía que comportarse tanto en la casa como en la calle. A don Alonso también le agradó de su recién estrenada esposa la capacidad organizativa que mostró desde el primer día de casada. La muchacha, a pesar de su extrema juventud, tomó las riendas de una casa que no había visto por dentro antes de la noche de bodas y dejó a todo el servicio perplejo con sus dotes de mando y su carácter risueño de niña a medio terminar. Inés no solo sorprendió gratamente a su marido y a los criados de la casa, también se ganó en poco tiempo el beneplácito de su suegra, que había sido la que la había escogido para su único hijo de entre todas las muchachas casaderas del pueblo y alrededores, aunque jamás, ni en sus más optimistas augurios, llegó a pensar que hubiese acertado tan de pleno con la mejor de las candidatas.

Don Alonso y su madre comentarían desde el mismo día de la boda el feliz acierto que había tenido esta al escogerla, y desde ese momento fueron muchos los encantos de Inés que entre los dos sacaron a colación en sus parlamentos de confesionario a media voz. Pero lo que don Alonso jamás le contó a su madre fue que la más grata y dulce de las sorpresas se la había llevado en el tálamo. Y que en la intimidad era tan feliz que las sonrisas se le derramaban a cualquier hora del día y en los momentos menos pensados: trabajando una madera, conversando con un oficial ebanista, tratando con un proveedor o con un cliente…

Una vez pasado el primer y amargo trago de la desfloración, donde los nervios y la inexperiencia jugaron en contra de la recién casada, Inés se desenvolvió siempre en el lecho conyugal con la soltura y la disposición de los que se preocupan más del placer dado que del recibido. La chiquilla disfrutaba de su cuerpo y del de su marido con cada juego, con cada caricia…, y a don Alonso le complació tanto que su mujer holgase con él de manera tan natural, que se olvidó por completo de frecuentar las casas de putas de las que había sido cliente habitual desde antes incluso de necesitar barbero.

La inagotable luna de miel se prolongó a lo largo de varios meses. Cada noche don Alonso acudía con su incendio de amor y sexo, y cada noche quedaba colmado y extinguido por igual en el pozo sin fin que había resultado Inés.

La muchacha fue complaciente al principio, mientras no supo que otra cosa ser, pero luego, una vez hubo aprendido a libar del néctar del amor compartido y la confianza entre los amantes se hizo firme y libre de fisuras, se volvió exigente con su cuerpo, y quiso suplir con imaginación lo que de experiencia le faltaba. El cambio fue tan gradual, tan sutil, que el esposo no lo notó hasta que la metamorfosis fue completa. Y entonces, lejos de enfadarse por haber perdido a manos de su esposa el cetro que se suponía que debía sustentar, aprendió a ser siervo del placer y a disfrutar con cada asalto que perdía bajo el peso siempre liviano de su única dueña, a dejarse acunar por los orgasmos y a vencer con cada derrota de su virilidad, con cada éxtasis y con cada noche de aprendizaje entre las firmes caderas de Inés, entre sus tersos pechos, bajo su vientre de algodón…

La felicidad fue plena y no necesitó más que de sus cuerpos para existir hasta que a mediados de otoño, y durante veinte días seguidos, ella no pudo complacerlo, a pesar de haberlo intentado con todas sus fuerzas. No fue culpa de la muchacha, sino de una gripe que casi la arranca de este mundo.

Contrariamente a lo que los hombres del pueblo pensaron, no fue la falta de sexo y el aburrimiento conyugal lo que llevó a don Alonso de vuelta a los prostíbulos, ni mucho menos, sino las exigencias de las costumbres de su tiempo, de las que era tan prisionero como todos los demás. El pueblo entero era consciente de que los burdeles estaban llenos de hombres casados, y de que sus esposas lo sabían y transigían con ello porque así había sido siempre.

Habían pasado seis meses completos desde la noche de bodas, y en ese tiempo no había sentido la necesidad de engrosar la nómina de los infieles consentidos que se encuentran sin más en las casas de perdición. Pero durante la primera de las tres semanas que tuvo que sobrevivir sin el sexo de Inés, en la que las energías sin usar le estorbaban para dormir y la cercanía del cuerpo yacente de la joven esposa lo mantenía en un fuego eterno que consumía su pensamiento y despertaba sin avisar al dragón que reinaba en su entrepierna desde la noche de bodas, le dio por pensar que seguramente se había convertido sin saberlo en el centro de las burlas de sus antiguos compañeros de farra, que todos se estarían preguntando por qué aún no había vuelto por el lupanar tras más de medio año de ausencia, y que a ese asunto habría que ponerle remedio más pronto que tarde. Luego, en un afán por justificarse que no necesitaba, se convenció de que la enfermedad de Inés podía muy bien deberse a un uso excesivo del consagrado matrimonio que compartían, y que era por eso para lo que existían las putas, todas ellas bien entrenadas en los menesteres de los negocios de la carne, para absorber las necesidades de los libidinosos maridos que de verdad aman a sus mujeres y no desean provocarles enfermedades innecesarias, o incluso, en última instancia, la muerte.

Estaba decidido, tras la cena a la que la esposa no pudo acudir por falta de fuerzas que la sostuvieran, abandonó el hogar, caminó unos cuantos centenares de metros con el pensamiento aún rebuscando un resquicio de duda entre las sábanas conyugales y entró con paso firme al prostíbulo. Desde la mitad de la estancia que servía como recibidor, saludó a la parroquia, se bebió apenas la mitad del contenido del único vaso de vino que pidió que le sirvieran, aguantó con paciencia de Nazareno el chaparrón de chistes sin gracia que los amigachos que allí encontró le dedicaron y se metió a una de las habitaciones a fornicar un sexo sin vicio con una cualquiera de las putas que encontró desocupada.

La cópula fue tan insatisfactoria como cabía esperar que fuese. La desorientada meretriz no podía entenderlo como lo entendía Inés. No sabía como tocarle, ni tenía idea de las cosas que le gustaban. Don Alonso falseó un orgasmo de compromiso, se vistió en silencio, pagó y se fue. Mientras duró la enfermedad de su esposa, visitó el prostíbulo en otras dos ocasiones solo para demostrarse a sí mismo que no se había equivocado en su primera apreciación.

Una nube negra y despiadada se había adueñado de su alma desde el encuentro con la primera de las meretrices, y no había hecho sino crecer y solidificarse a lo largo de los días siguientes. Don Alonso no entendía cómo su mujer, una chiquilla supuestamente sin nociones de la vida nocturna, podía satisfacerle más y mejor que las profesionales que estaban acostumbradas a dar placer a cambio de dinero. Su imaginación se alió con las noches en blanco y los largos días sin una ocupación verdadera, y se convirtió en su peor enemiga.

La idea de que Inés tenía experiencia previa al matrimonio se había alojado sin remedio en sus pensamientos a pesar de que él mismo había visto con sus propios ojos el miedo reflejado en el rostro de su esposa en la noche de bodas y el manchurrón de claveles carmesíes en las sábanas nupciales a la mañana siguiente.

Se le agrió el carácter, le retiró el saludo al mundo y decidió que no entraría a visitarla mientras durase la convalecencia.

Don Alonso solo volvió al lecho conyugal cuando fue demasiado obvio que Inés estaba completamente restablecida y ella entendió la vuelta del marido de la única manera que sabía: como el anuncio de la reanudación de su actividad sexual.

Su piel tenía hambre de la piel de su hombre, su cuerpo era fuego en busca de más fuego y su sexo era una súplica nerviosa y estremecida cuando extendió la mano para alcanzar el pecho al que llamaba su hogar y se encontró con una espalda fría, indolente y casi sin vida.

Con la punta de los dedos, llamó a una puerta a la que hasta aquel día nunca había necesitado llamar porque siempre la había encontrado abierta. Y él la rechazó haciendo uso del peor de los desprecios: la indiferencia.

—¿Qué te pasa? —Quiso saber Inés al borde del llanto.

—Nada —respondió don Alonso.

—¿Ya no me quieres? —Preguntó Inés disfrazando su inquietud de una risa nerviosa que soliviantó aún más a su marido.

Don Alonso se revolvió en la cama. Sabía que no podría dormir con aquel palpitante volcán respirando junto a él. Cuando la enfrentó empuñando una mirada que parecía forjada en las profundidades de un oscuro glaciar, la encontró envuelta en lágrimas. Un ligero temblor involuntario se había adueñado de su labio inferior. Descubrió que, a pesar de haberse ido cargado de razones para despreciarla, la deseaba con cada átomo de su maltratado cerebro. Sintió el deseo irrefrenable de lanzarse sobre ella y sentirse completo de nuevo. Pero se lo aguantó a duras penas, antes de nada, necesitaba saber, así la sabiduría adquirida le matase por dentro para siempre.

—¿Quién te enseñó a dar placer así? —Preguntó al fin escupiendo cada palabra con la rabia de un animal salvaje.

A Inés le llevó apenas un par de segundos entender la pregunta de su esposo, pero nunca llegó a comprender el significado real de lo que este le demandaba, entre otras cosas, porque él nunca quiso, después de esa noche, aclarar el malentendido.

Inés, durante los meses de lujuria que había durado la luna de miel infinita, había vivido en el convencimiento de que las cosas que le hacía a su marido y lo que él le hacía a ella lo habían disfrutado por igual, pero se ha llenado de dudas en un solo instante de incertidumbres mal sembradas.

—¿He hecho algo mal? —Quiere saber Inés.

—Deja de preguntar, y dime quién te ha enseñado.

Inés está asustada. Don Alonso nunca le había gritado. Le da miedo responder, y que su marido la golpee. Suspira con fuerza para reafirmarse en su interior. Sigue sin entender que ha podido hacer mal.

—¡Habla ya, mujer!

Don Alonso la agarra por los brazos con violencia y la zarandea.

—Tú. Tú me has enseñado —responde por fin a una pregunta que ella había tomado por retórica. Nuevas lágrimas de desconsuelo e incomprensión recorren su rostro. A don Alonso le parece que está más hermosa que nunca—. Solo dime qué estoy haciendo mal y trataré de hacerlo mejor.

No era la respuesta que don Alonso esperaba oír, o tal vez sí. Cierra los ojos para no tener que enfrentarse a los de Inés que suplican compasión mientras le busca la boca y lo besa. Una descomunal erección lo apresa. Ella se abraza a él en busca de un perdón que no entiende, pero que necesita y él entra en ella para encontrar el hogar que ya nunca abandonará. Ninguno de los dos vuelve a hablar hasta que el sol de la mañana los encuentra exhaustos y redimidos. Convertidos en anatomías sin tensión después de haber aguantado un asalto tras otro los golpes sordos que producen los cuerpos que se encuentran en cada respiración.

—¿Alonso?

Tienen los ojos cerrados.

—Dime.

Y cada poro dilatado.

—¿Lo he hecho mejor?

Casi no queda aire que respirar.

—Sí.

Pero aún intentarán buscar algún resto bajo las sábanas…

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