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Hacía calor, un calor de mil demonios, y su tanga sudoroso me tapaba el horizonte. Se

rafa
Rafa Zamorano

había sentado en uno de mis bordes, justo en el que daba al mar. Era lo único que veía, el mar; porque detrás de mí había un muro y, a mis lados, en dos hileras cuya extensión jamás llegué a conocer con exactitud, otras macetas como yo. Sus diversas plantitas-cabelleras obstruían toda visión lateral, con lo que sólo me quedaba el frente, y ahora el frente era la raja de un culo pringoso y bien entrado en años. Era asqueroso. Ser una maceta del paseo marítimo es una mierda. Uno no tiene potestad alguna. A veces también me toca ejercer la función de cenicero. Pasan por mi lado y me echan los cigarros encima. Cuando tengo suerte, se cercioran de apagarlos; cuando no, se limitan a dejar que se consuman lentamente sobre mis terrosas carnes. No saben lo que duele. La primera vez, si no llega a ser por un fulano que me escupió en toda la cara e hizo blanco en el cigarro que me estaba abrasando la nariz, me habría desgañitado la garganta. En comparación, soportar culos humanos no está tan mal. Sin embargo, las cosas siempre se pueden poner peor, y en ese momento yo estaba rezando por que no sucediera la catástrofe. Una catástrofe muy temida por todas las criaturas de mi género. Suele ser una catástrofe silenciosa, sin mucha alarma, cálida la mayor de las veces, fétida otras tantas. Su trasero se agitaba incómodo. Se inclinaba de un lado, se levantaba del otro. Yo no entendía muy bien qué significaba ese ritual; pero había escuchado historias de mis macetas vecinas, y todas coincidían en que ese balanceo precedía a la catástrofe, como cuando llega un tsunami y el agua de las playas se retira hacia dentro. Eso era, se acercaba la gran ola. Un último balanceo culminó la acción. A todas nos tocaba, y yo no iba a ser menos. La peste se extendió por todo mi cuerpo con rapidez, y tambaleó mi cabello-geranio. Nadie más se había percatado. La confidencia quedaría entre el culo y yo. La mujer se alejaría momentos después y yo nunca habría existido para ella. El olor persistió, al menos, dos horas. Ser una maceta es una mierda.

Lo que el viento se llevó

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Por Rafa Zamorano

Y sabéis que los domingos toca reírse un raro con Pajas mentales y otros cuentos y aquí va, en resumen, «la vida y la obra de un pedo» según nuestro cronista dominguero Rafa Zamorano.

LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ

Hola, soy un pedo; o como a los humanos os gusta decir en las cenas de gala, una flatulencia. Yo, personalmente, creo que flatulencia es una palabra más obscena que pedo, pero hace tiempo que dejó de importar lo que dijera, y mucho más lo que pensase. Ahora me encuentro en una de las capas de la atmósfera -no sé cuál-, flotando sin rumbo y expandiéndome junto con otros compañeros de viaje. El lento trayecto hasta estas alturas, largo y sin esperanza, me ha dado la oportunidad de sumirme en una reflexión sobre mi existencia. Esto era, realmente, lo que venía a contar.

Nací con disimulo, de tinieblas volcánicas, sin temblores ni gemidos, un parto indoloro. No 240_F_40650792_77JY0Y9pA0XHvgmO8dGWisCkyKl9ziywsé si de hombre o de mujer -o cualquier otro animal sobre la faz de la tierra-, pero prefiero pensar que fui engendrado en vientre humano, por eso que dicen por aquí arriba de la sangre azul. Los pedos de vaca están muy mal considerados; de igual modo lo están los de perro y los de cabra. Los de humano tenemos un porte nobiliario, y somos respetados. Quizá, algún día, nos llegue el turno de la veneración.

La vida de un pedo es corta y desagradable. En muchas ocasiones, somos maltratados por ráfagas de viento y golpes de sábana incomprensibles, por el repudio de nuestros progenitores, su silencio descabellado y atroz, su inhumana indiferencia; porque todos saben que estamos ahí, pero nadie habla, nadie se atreve a mencionar nuestro nombre. Somos los innombrables, los que aman sin ser amados.

Nada más llegar al mundo, normalmente tras un mal empacho, comienza nuestro dolor. Es por esto que muchos pedos se han unido en congregaciones y desarrollado corrientes de pensamiento. Algunos, ya en el límite de su tormento, han llegado a afirmar que el mundo no existe y que en realidad no somos pedos, sino malas reencarnaciones, pero que en una vida futura seremos de nuevo dignos de existir.

¡Malas reencarnaciones! Pero ¿qué puede ser mejor que un pedo? No hay nada malo enSM058S-Hojas-al-viento-Posteres flotar y expandirse; aunque sí es verdad que pasados unos instantes desde nuestro nacimiento, perdemos nuestra principal facultad: el olor. Algunos hasta nacen sin ella. Este hecho ha llevado a pensar a muchos pedos que la juventud es efímera, y han compuesto poemas al respecto. Otros han desarrollado teorías eugenésicas, con las que dan a entender que sólo los pedos más olorosos tienen derecho a reproducirse.

Todo es un sinsentido. Ni siquiera sé si es cierta la muerte. Nosotros llamamos muerte a cuando un pedo se ha expandido tanto que no puede articular palabra o moverse por sí solo. Pero quién sabe si seguirá sintiendo, y pensando. Tengo miedo de que llegue ese día. Tengo miedo, y temo que ese momento ya haya llegado.

La cosmogonía del sushi

Me disponía a abrir una nueva sección que no sabía como titular. Tras recibir el primer relato he tenido claro qué escribir en la caja:  Pajas Mentales y otros cuentos. Ahí va la primera:

LA COSMOGONÍA DEL SUSHI
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Rafa Zamorano

Nacemos, vivimos y morimos. Ese es el colofón que uno puede extraer de nuestras Escrituras: La Cosmogonía del Sushi, que fueron creadas en tiempos inmemoriales, e incluyen títulos tan significativos como El Génesis del Sushi o El Apocalipsis Bucal del Sushi. Según el primero, fuimos creados por el Dios de los Cinco Dedos en un mundo ajeno a la cinta, donde ahora damos vueltas con una sentencia de muerte sobre la cabeza. El último es más atroz, si es que esa palabra puede incluir un grado más alto de ignominia, y en él se narra la llegada temprana de los Dos Palillos de la Muerte. Los Dos Palillos nos arrancan de los platos, nuestra base natural, como lo es del molusco la concha, y nos arrojan a las fauces de seres terroríficos, donde somos machacados y enviados a un viaje sin retorno hacia la muerte ácida. Algunos dicen que si rezas con ahínco al Dios de los Cinco Dedos, tu muerte puede ser sazonada con una sustancia verde, que para nosotros es paliativa del dolor, o incluso puedes tener la suerte de que tu devorador se encuentre enfermo y te vomite, tras lo cual el destino se vuelve todavía más incierto.

Yo, como soy agnóstico, no me creo estas historias religiosas, aunque tampoco las niego. Me dedico a girar en la cinta y a contemplar la muerte de mis compañeros, tratando de wall_big_Curso-de-sushi-en-Taller-Andaluz-de-Cocinadilucidar la vedad profunda que oculta la existencia. Quiero decir, ¿qué sentido tiene todo esto? ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos? Un filósofo afirmaba que sólo somos piezas de maki en un mundo giratorio, donde cada segundo es igual que el anterior, y que nada puede hacerse para escapar al genocidio del Dios de los Cinco Dedos. Es una postura demasiado existencialista. Yo prefiero pensar que aún hay esperanza, como afirman los rollitos de primavera. Ellos son grandes vitalistas -a veces he tenido la suerte de girar al lado de uno- y reafirman cada instante de su existencia con cánticos que los demonios apocalípticos no pueden escuchar. Lo cierto es que los sones de una cuadrilla que ya ha pasado a mejor vida me ayudaron mucho a superar la muerte de un pariente muy cercano.

Era un nigiri de pez mantequilla. Se encontraba un plato por delante de mí, girando, como de costumbre vital, en la cinta; cuando los Dos Palillos del Apocalipsis lo agarraron de los costados, oprimiendo su respiración, y lo arrojaron sin piedad -no lo untaron en la salvación verde- a las fauces de una criatura chillona que se había pasado con el vino -pueblo que también es víctima de un genocidio sistemático-. Los desgarradores gritos de mi pobre pariente levantaron un motín entre el resto de nigiris de pez mantequilla, al que se unieron los de salmón y notros mismos, los makis. Todos, sin excepción y antes de que pudieran siquiera saltar de sus platos, fueron ejecutados por los Dos Palillos. Yo, sin embargo, conseguí lanzarme al vacío abismal -el Mundo Desconocido que mencionan nuestras Escrituras, un hueco que se abre en el centro de la cinta-, y ahora me refugio en las sombras, desde donde he podido comprobar, para mi horror y desesperación, que los Dos Palillos del Apocalipsis eran tan solo las herramientas del Dios de los Cinco Dedos al que tanto rezábamos.