Volver a ti: empiezo la espera.

Volver a ti: empiezo la espera.

No mentiría al decirle al lector que yo sería la última persona que invertiría su tiempo en leer este post. Escribir desde el dolor es lo menos recomendable que existe y a pesar de eso, de que los expertos recomiendan siempre tomar distancia antes de enfrentarse a la página en blanco, aquí estoy, tratando de sacar a golpe de letras el dolor que se va atascado en todos los poros de mi cuerpo.

44143573_2218984388346631_2810294992667410432_nLa verdad es esta: Blas ha muerto. Evoco las palabras de mi amigo Alejandro Palomas porque no hay certeza mejor expresada en una frase tan sencilla. Lo que no es tan sencillo de calcular es la dimensión de esa verdad, tan -en apariencia- simple y natural como la vida misma.

Cuando hace 9 años paseaba por Benito Pérez Galdós, mi mirada se cruzó con unos ojos azules que la seguían. Me paré en seco -Perdone, este gato se vende?- Pregunté estúpidamente porque era una pajarería, pero la respuesta no resultó tan obvia -No, no es de raza ni nada, lo han traído unos criadores que por un error se les han cruzado una angora y un siamés, se va a la perrera- Le pedí que me vendiera entonces un transportín, comida, arenero y arena y me volví a casa de mi padre con mi gato en el asiento del copiloto explicándole que creía que le iba a llamar Blas, si no tenia objeción, que podía dejar de maullar o de estar asustado. Le prometí cuidarle siempre.

Creo que me entendió, porque desde ese momento no nos despegamos. Al entrar en casa me seguía, fuera donde fuese, compartimos libros, películas, estudió la carrera entera de psicología a mi lado y nunca faltó a una llamada, ni se separó de mí en momentos de enfermedad.

Pocos años después -tres-, entré con Epi en casa en estado crítico. Cualquier macho lo hubiera repudiado e intentado expulsar de su territorio de niño mimado de mamá, que era en el que él vivía. Pero no, Blas no era así. Olisqueó a Epi, vio las heridas, los dolores, los ojos infectados que traía de la calle… y con una pata lo empujó a su abdomen para darle calor. Le enseñó a bañarse, a ir al arenero… Él era mi bebé, y Epi se convirtió en el suyo. La cadena perfecta y él, siempre, el eslabón central, repartiendo cariño en todas direcciones.

Después de nueve años de amor incondicional nos ha dejado solos para siempre. Sin44108608_2218985428346527_7680773019974762496_o.jpg avisar, sin hacer ruido, sin dejar que le viéramos morir y sin dar un maullido más alto que otro. Nueve años son muy pocos para un gato, pero si la bondad y la belleza interior se reparten a lo largo de la vida, bien es cierto que él había repartido de sobra a su corta edad. Ha sido lo mejor de mi vida en la última década, mi pequeño bebé, gato-perro, mi fierecilla, mi muñeco para dormir. Me dueles tanto y te voy a echar tanto de menos que no puedo ni imaginarme que mañana al despertar no estarás a mi lado.

Espérame, te lo ruego, en el cielo de los gatos, en el espacio o en la otra orilla, sea donde sea, te juro que nunca dejaré de buscarte.

Te amo mi bebé, con el amor más puro que soy capaz de sentir, y mientras no vuelva a tenerte será imposible reconstruir la parte de mí que te llevas.

Gracias por la vida, por tu vida y por la mía, por la que hemos construido juntos. Te sostengo en un abrazo eterno y te beso esa naricilla rosa y húmeda. Descansa esta noche, mañana quedará un día menos para que volvamos a estar juntos.

Bendito descuido el de aquellos criadores.

 

 

 

 

 

 

A LAS CINCO DE LA TARDE

A LAS CINCO DE LA TARDE

eduardo Boix
Por Eduardo Boix

No soy un funcionario del Ministerio del tiempo, pero a veces, me veo en una obligación mas moral que laboral, de sacar a la luz a personajes que fueron claves en ciertos momentos de la historia. Existe un torero que parece más una leyenda que un diestro común. Ignacio Sánchez Mejías, fue torero y escritor, tal vez sea una de las figuras destacadas de aquella famosa generación del 27, y posiblemente aquella unión de poetas no existiría sin su presencia. Poca gente sabe que ejerció de mecenas y consejero de la mayoría de aquellos entusiastas poetas, y se desconoce o no se quiere acabar de reconocer, que fue el verdadero motor de aquel homenaje a Góngora del 17 de diciembre de 1927.

Hoy dia que el toreo está tan cuestionado y los toreros se las dan de artistas, la sombra de Ignacio Sánchez Mejías sobrevuela sobre la mente de tantos. Posiblemente, Sánchez Mejías fue el impulsor de la obra artística de la mayoría de poetas reunidos en aquel homenaje y muy probablemente, aquella generación no se hubiese unido si él no hubiese realizado aquel acto. Además su muerte fue la inspiración para el célebre poema de Lorca Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.

El 11 de agosto de 1934 reapareció en la plaza de Manzanares (Ciudad real), donde encontró la muerte por el pitón de un toro de nombre Granaíno. El mito dice que harto de ver mundo, buscó la muerte como si de una tragedia griega se tratase. Harto de escribir, ser rapsoda, dar conferencias en Nueva York, de ser presidente del Betis o de la Cruz Roja de Sevilla. Estaba harto de su mundo o del mundo, su muerte pudo ser la señal de lo que vendría dos años después. Quiso ser leyenda.
Murió como él soñaba morir, no concebía otro final más que ese. Con sangre y arena. En un ruedo, a las cinco de la tarde.

Miguel Hernández 74 años de su muerte

No es bueno olvidar. Nunca hay que olvidar.

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Por Jose Luis Ferris

A las 5’30 horas de la mañana del día 28 de marzo de 1942, según consta en el parte extendido por el jefe de los Servicios Médicos del reformatorio de adultos de Alicante, falleció «el recluso hospitalizado en esta Enfermería, Miguel Hernández Gilabert, a consecuencia de Fimia pulmonar según el médico auxiliar recluso. Ha recibido los Auxilios Espirituales».

Era sábado, víspera de domingo de Ramos. Aquel amanecer fue aprovechado por los más íntimos amigos de Miguel para poner a salvo los poemas y escritos que el poeta conservaba entre sus objetos personales. Tenía los ojos abiertos como dos piedras azules. Quienes le amortajaron, quienes vieron su rostro sin vida aseguran que quedaron conmovidos por aquella mirada firme, por aquellos ojos abiertos, como fijos en la nada, que nadie, lograrían cerrar.

El cuerpo del poeta fue conducido hasta el patio de la prisión, donde a media tarde, formada la población reclusa en perfecto duelo, la Dirección del establecimiento permitió que los presos desfilaran ante el poeta muerto y que la banda del reformatorio  interpretase la Marcha fúnebre de Chopin. El humilde ataúd fue sacado a hombros por Antonio Ramón Cuenca, Luis Fabregat, Ambrosio, Monera y Ramón Pérez Álvarez hasta el exterior del recinto, donde fue entregado a la empresa de pompas fúnebres y a la familia de Miguel. Allí esperaba un modesto coche de caballos y seis personas: Elvira y Vicente Hernández, hermanos del poeta, Consuelo (una vecina de aquélla), Miguel Abad Miró, Ricardo Fuente y la esposa de Miguel. «El largo camino al cementerio era de bancales a un lado y a otro. Los campesinos, en el barbecho, se incorporaban apoyándose en los riñones quitándose el sombrero. Muchos de ellos se quedaban largo rato mirando el cortejo fúnebre». Llegados a este lugar, al camposanto alicantino de Nuestra Señora de los Remedios, el cuerpo del poeta debía esperar hasta el día siguiente, domingo 29 de marzo, para darle sepultura.

Al parecer, Josefina pidió quedarse junto al cuerpo de su esposo para velarlo toda la noche, pero las autoridades se lo impidieron. Las razones se supieron después: era precisamente por las noches cuando traían al cementerio a presos y a gente que fusilaban junto a las tapias de este recinto, y no querían testigos de aquella sangría.
Fue a la mañana siguiente cuando se le dio sepultura en el nicho 1.009. El pintor Abad Miró relata, con sentida dureza, que él y Ricardo Fuente, antes de introducir el ataúd en el hosco agujero, decidieron “abrir la caja porque no sabíamos si estaba desnudo, si estaba vestido, porque nos lo entregaron cerrado en un féretro… me encontré con esa cosa que aún me obsesiona: el cadáver de Miguel era una especie de ninot de falla, tan flaco, tan extremadamente flaco y con los ojos abiertos…”

Con los ojos abiertos, Miguel, unos ojos que se apagaron para siempre en aquella última prisión de Alicante; unos ojos que dejaron de mirar, según el parte médico, porque una tuberculosis minó su vida. Pero la verdad la sabemos muy bien: Miguel murió de olvido, de desidia, de venganza…, murió por no vender su alma al diablo del fascismo, por no comulgar con ruedas de tiranos, por no renunciar a la verdad…
La realidad, en toda su extensión, se ajusta únicamente a la soledad de un hombre que supo esperar, hasta el último momento, la gran promesa que fue para él la vida; una criatura atravesada por un rotundo amor hacia las cosas que vio con entera amargura cómo se vulneraban cada uno de sus sueños; un hombre generoso que no recibió mayor pago que la inclemente maza del desamor y la impiedad.

Era el año de 1942. Era un 29 de marzo que ninguno de vosotros ha querido o ha sabido olvidar. Los poetas mueren pero dejan una senda abierta para que los hombres, las mujeres, la humanidad entera la recorra. Vosotros habéis andado, moral y físicamente esa senda, y el poeta lo sabe desde ese lugar donde su amante cuerpo sueña y yace.
Han pasado 74 años de cárceles y cárceles para olvidar y no olvidar.

lustración: Boceto de Max Hierro para el libro “Mi primer libro sobre Miguel Hernández”

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La cosmogonía del sushi

Me disponía a abrir una nueva sección que no sabía como titular. Tras recibir el primer relato he tenido claro qué escribir en la caja:  Pajas Mentales y otros cuentos. Ahí va la primera:

LA COSMOGONÍA DEL SUSHI
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Rafa Zamorano

Nacemos, vivimos y morimos. Ese es el colofón que uno puede extraer de nuestras Escrituras: La Cosmogonía del Sushi, que fueron creadas en tiempos inmemoriales, e incluyen títulos tan significativos como El Génesis del Sushi o El Apocalipsis Bucal del Sushi. Según el primero, fuimos creados por el Dios de los Cinco Dedos en un mundo ajeno a la cinta, donde ahora damos vueltas con una sentencia de muerte sobre la cabeza. El último es más atroz, si es que esa palabra puede incluir un grado más alto de ignominia, y en él se narra la llegada temprana de los Dos Palillos de la Muerte. Los Dos Palillos nos arrancan de los platos, nuestra base natural, como lo es del molusco la concha, y nos arrojan a las fauces de seres terroríficos, donde somos machacados y enviados a un viaje sin retorno hacia la muerte ácida. Algunos dicen que si rezas con ahínco al Dios de los Cinco Dedos, tu muerte puede ser sazonada con una sustancia verde, que para nosotros es paliativa del dolor, o incluso puedes tener la suerte de que tu devorador se encuentre enfermo y te vomite, tras lo cual el destino se vuelve todavía más incierto.

Yo, como soy agnóstico, no me creo estas historias religiosas, aunque tampoco las niego. Me dedico a girar en la cinta y a contemplar la muerte de mis compañeros, tratando de wall_big_Curso-de-sushi-en-Taller-Andaluz-de-Cocinadilucidar la vedad profunda que oculta la existencia. Quiero decir, ¿qué sentido tiene todo esto? ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos? Un filósofo afirmaba que sólo somos piezas de maki en un mundo giratorio, donde cada segundo es igual que el anterior, y que nada puede hacerse para escapar al genocidio del Dios de los Cinco Dedos. Es una postura demasiado existencialista. Yo prefiero pensar que aún hay esperanza, como afirman los rollitos de primavera. Ellos son grandes vitalistas -a veces he tenido la suerte de girar al lado de uno- y reafirman cada instante de su existencia con cánticos que los demonios apocalípticos no pueden escuchar. Lo cierto es que los sones de una cuadrilla que ya ha pasado a mejor vida me ayudaron mucho a superar la muerte de un pariente muy cercano.

Era un nigiri de pez mantequilla. Se encontraba un plato por delante de mí, girando, como de costumbre vital, en la cinta; cuando los Dos Palillos del Apocalipsis lo agarraron de los costados, oprimiendo su respiración, y lo arrojaron sin piedad -no lo untaron en la salvación verde- a las fauces de una criatura chillona que se había pasado con el vino -pueblo que también es víctima de un genocidio sistemático-. Los desgarradores gritos de mi pobre pariente levantaron un motín entre el resto de nigiris de pez mantequilla, al que se unieron los de salmón y notros mismos, los makis. Todos, sin excepción y antes de que pudieran siquiera saltar de sus platos, fueron ejecutados por los Dos Palillos. Yo, sin embargo, conseguí lanzarme al vacío abismal -el Mundo Desconocido que mencionan nuestras Escrituras, un hueco que se abre en el centro de la cinta-, y ahora me refugio en las sombras, desde donde he podido comprobar, para mi horror y desesperación, que los Dos Palillos del Apocalipsis eran tan solo las herramientas del Dios de los Cinco Dedos al que tanto rezábamos.