«bueno, da igual, no funcionaría»

Desde la ventana de la habitación donde está mi imac me surgen muchas metáforas. Cada día miro el mar, sentada en mi sillón  de mimbre y veo las olas romper en la arena, las escucho, casi las puedo sentir en mis pies. Hay veces en las que llego a pensar que conozco el mar y su carácter; unos días parece enfadado, otros inquieto, otros está en paz…Se convierte en un personaje más de mi vida, un amigo del que recibo todo pero al que apenas puedo dar nada.

Hoy parece que está inquieto, igual que yo. El ruido de las olas se podría considerar la banda sonora de mi cabeza; de un lado para otro, rompiendo sin parar, con una fuerte corriente que lleva todo lo que pretenda entrar en ella hacia el fondo, hacia la oscuridad, hacia los rincones más perdidos y tristes de la memoria.

Me replanteo muchas cosas, está siendo un año muy complicado. Los que escucháis el programa de radio podréis deducir a raíz de qué sucesos viene mi inquietud y mi tristeza generalizada. Por otro lado, y aunque eso ocupa un gran espacio en mi cabeza no puedo mantenerme al margen del mundo, de las relaciones, del amor y de la vida.

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Foto extraída de: https://www.flickr.com/photos/rein-e-art/

Después de tanto golpe te vuelves intransigente, es verdad. A veces lo hablo con mis pacientes y siempre acabamos concluyendo que no puedes pagar con una relación los miedos que te han generado las anteriores, pero sí, es imposible, al menos en un primer impulso. Me he comido tanto la cabeza con los chicos a lo largo de mi vida que mi cuerpo rechaza bruscamente todo aquello que le haga pensar más de la cuenta o le exija un nivel de comprensión que perturbe su paz y su descanso. Quizá no sea justo. Quizá el hecho de que otros hayan quemado esos cartuchos de mi mente no justifique que ahora no sea capaz de luchar por nuevas relaciones. Para ello, no sé si os ocurre, hay un atajo mental, una llave que por un momento te devuelve la paz: «bueno, da igual, no funcionaría». Son las palabras que te dan la excusa perfecta para no pensar y cambiar de tema, no correr el riesgo de luchar y volverte a sentir decepcionada. Y de pronto tu humor vuelve a cambiar y por un rato te sientes segura de nuevo. Pero es mentira, llegas a la cama por la noche, te quedas mirando el techo y escuchando de nuevo al mar. Su banda sonora se vuelve a fusionar con las sinapsis de tu razón y entonces te planteas por qué las olas siguen llegando a pesar de conocer su inminente destino, y que si ellas siguen teniendo esperanza después de tantos milenios te dejan sin motivos ni llaves para justificar tu derrota.

¿Y si no pasa nada? (#cajas terapéuticas)

Me sale de nuevo la vena de psicóloga y la verdad es que estoy harta de que algunas situaciones no se afronten por las posibles consecuencias. Posibles no significa seguras y en muchos casos la gente se plantea cosas que son casi improbables, sin embargo les impide igualmente afrontar determinadas situaciones.

Demasiadas son las personas que conocemos que viven constantemente preocupadas por todo lo que les pasa o, lo que es peor, por lo que en algún caso les podría pasar. Viven con una tendencia constante a la previsión de una amenaza que muy posiblemente no se cumplirá nunca. Hablo de la gente del famoso “y si…” Personas que entran en un estado de preocupación permanente, de una rutina que aniquila su felicidad y que son incapaces de dominar. Personas que entran en un estado de ansiedad que los sumerge en una dinámica en la que la atención es absorbida sin piedad y el intelecto es entorpecido hasta lograr el fracaso en cualquier tarea que tenga un mínimo de complejidad.

Sin embargo, saber controlar esa ansiedad y utilizarla de forma anticipatoria puede servir como elemento motivador que lleve al éxito. Conseguir equilibrar la activación que supone la ansiedad con el pensamiento resolutivo y un estado de ánimo positivo lleva a un estado ligeramente eufórico ideal para profesiones creativas. Por el contrario, la frustración que conlleva la falta de este equilibrio del que hablo conduce a lo opuesto, pudiendo sumergir al creativo en un trastorno maníaco depresivo en el que las ideas fluyen descontroladamente, las preocupaciones inundan el cerebro con la rumiación y la atención es incapaz de focalizarse en nada.

¿Qué solución podemos dar a este problema? Resulta sorprendente cómo un simple cambio en el estado de ánimo puede facilitar la visión clara de soluciones. El pensamiento positivo puede desencadenarse desde una simple sonrisa, y eso puede facilitar el equilibrio del que hablaba antes. Por tanto, no sería descabellado que ante una preocupación que nos bloquea le pidiéramos a alguien que nos contara un chiste.

No mires atrás #cajas desilusionadas

September 17, 2014

Trato de que esta web sea bastante fluída, pero a modo de diario no sé si consigo que mi vida sea tan interesante como cabría esperar para generar tráfico.

Estamos a miércoles y el fin de semana pasado al final no salí de camping. Este fin de semana tampoco lo haré. Hoy tengo un dolor de cabeza tremendo y no me apetece pensar en nada. Lo bueno de vivir junto al mar es que en estos días horribles en los que parece que te va a explotar el cerebro y sientes ese dolor punzante encima de las cejas puedes bajar, caminar y caminar hasta que las piernas digan basta y sentir la compañía del agua, que va y que viene y que no te pregunta por qué estás allí. Es más, si lo deseas hasta te abraza.

Siempre digo que si miras hacia atrás es porque todavía no estás segura de que el camino por el que andas sea el correcto, pero a veces complicado no girarse. A días te invade la inevitable nostalgia, la necesidad de cariño, de que te toquen, te besen o te abracen y necesitas que tu mente se pare, haga un anclaje, diga STOP y abra la #caja de las desilusiones, las relaciones son muy bonitas hasta que…:

-Te das cuenta de que no compartes objetivos o aficiones. Que o dedicas tiempo a lo que te gusta o a la pareja que lo exige.

-Que la pasión se termina y que el deseo muere lentamente porque la rutina, los roces y los desacuerdos se hacen diarios.

-Que ya no tienes intimidad. Que te miran el móvil, el ordenador y controlan tus pasos.

-Que las manías de uno son incompatibles con las del otro y te sorprendes esperando a que él falte a una de tus normas para saltar con un grito y montar la bronca de la semana.

-Que al final parece que te sientes más cómodo en el conflicto que en la cordialidad y que hace falta pelearse para que la pareja tenga sentido.

-Que no te gustan sus amigos y que con el tiempo los soportas menos.

-Que tus costumbres familiares y las suyas son tan dispares que te entran nauseas de pensar cómo educaréis a vuestros hijos.

Y todo eso (que es mi experiencia y no tiene por qué ser la de nadie más) es importante no sólo recordarlo, hay que exagerarlo, dramatizarlo e interiorizarlo para que así esa necesidad de cariño que sientes y que piensas que solo él te podría calmar… se te pase automáticamente. Creo que ya me encuentro mejor y no pienso girarme a mirar cuántos kilómetros de playa me ha costado.