Ícaro

Ícaro

Todo hombre ha experimentado mientras dormía, la sensación de flotar en el espacio.

José Luis Escobar
Por José Luis Escobar

Acaso la inefable sensación de libertad que experimenta dormido sea la causa de que despierto, todo hombre haya soñado con volar.

Ovidio, fijó en verso el mito de Ícaro en el libro VII de las Metamorfosis. Dédalo construyó unas alas como de pájaro, fijando las plumas con cera. Acopló este ingenio a su hijo Ícaro que pudo así conquistar el aire y desde él, la libertad de la que ambos se hallaban privados por el rey Minos.

Dédalo advirtió a su hijo que si volaba bajo, las olas podían mojar las plumas y se precipitaría al mar. Si volaba muy alto, el calor del sol derretiría la cera y caería desde muy alto.

Ícaro voló y se emocionó ante la visión que ofrecía la altura. Ovidio describe que contempló un hombre pescando, un pastor y sus ovejas ramoneando y un labriego apoyado en la esteva del arado removiendo la tierra. Subió más y más alto, como cualquier necio que descubre un mundo bajo sus pies. La cera se derritió, las plumas se dispersaron e Ícaro se precipitó en el mar. Pieter Brueghel, El Viejo, inmortalizó esta caída en 1554. Cuesta trabajo encontrar a Ícaro en la pintura (abajo a la derecha del cuadro) porque el mundo no se entretuvo en compadecerle. Ni siquiera reparó en su aventura.

En el siglo de los satélites y los aviones, son las alas de la fama las que atraen el sueño de los hombres y la pasión voladora de los necios. Trenzadas las plumas con ondas hertzianas y sujetas con cera electromagnética, cientos de Ícaros vuelan por la estratosfera, flotando sobre el eter televisivo. Tras contemplar el mundo desde lo alto, son abrasados por el sol de su estulticia y caen desplumados, al abismo del olvido, sin escándalo ni alharacas, como pintó Brueghel.

Es propio de necios elevarse más allá de lo razonable y abandonar su contacto con la tierra. Los medios técnicos ofrecen unas posibilidades excelentes al pazguato que exhibe mezquino y soberbio, sus habilidades inicuas ante una multitud que aplaude enardecida su gesta voladora. Visibles ahora desde todos los ángulos parece que el número de zascandiles, se ha multiplicado. Veamos si la percepción nos engaña:

Cicerón ya recogió la máxima Stultorum sunt plena omnia” esto es: todos los lugares están repletos de tontos (Ad familiares 9,22,4) Este pensamiento fue acogido con tanto entusiasmo que San Jerónimo lo introdujo en la Biblia Vulgata, hacia el 384 d.C, concretamente en el Eclesiastés 1,15: “Stolturum infinitus est numerus” el número de tontos es infinito.

Esta máxima de uno de los llamados Libros Sapienciales, estuvo vigente durante 1.500 años. Fue acogida nada menos que en la Biblia como uno de los pensamientos indiscutibles atribuídos a Salomón, el Rey Sabio. En 1979, a instancias de Pablo VI, se realizó otra traducción que miraba más a la tierra: “quod deficiens est, numerari non potest” lo que falta, no se puede contar.

En las fechas de esta última traducción, ya faltaban en el ámbito terrenal todos los Ícaros necios que habían escapando a la estratosfera hertziana. Eran ya incontables. Acaso la palabra de la Biblia y de Cicerón sean inmutables por muchas traducciones que sufran.

Si desea leer Las Metamorfosis de Ovidio pinche aquí:

http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/o/Ovidio%20-%20Metamorfosis.pdf

Ilustración de Pieter Brueghel, El Viejo, la Caída de Ícaro sobre 1554

La hija del tiempo

Autor: José Luis Escobar
Editorial: Ediciones Andante

La Hija del Tiempo es una trama de intriga policíaca, entretejida con las ideas de los grandes pensadores clásicos y ambientada en S. Cristobal de la Vega, un pueblo de Castilla.

Rocío, como toda joven de cualquier edad, siente pasión por conocerse a sí misma y a su universo.

Unos acontecimientos inesperados, injustos y crueles, agudizan su ingenio e incendian su pasión por el saber.

Martín-Miguel, un culto y enigmático personaje del mismo pueblo, va introduciendo a Rocío en el saber cultural: la información que se transmite de cerebro a cerebro.

Si el idiotes, el idiota homérico, es aquél que se instruye solo por sus propios acontecimientos, el hombre culto es aquél que se instruye con lo que otros pensaron antes que él y el hombre sabio es aquél que se instruye con las ideas de los grandes genios de la historia de la humanidad. Martín-Miguel guía a Rocío por este camino.

Las aventuras de la protagonista, se van entretejiendo con las ideas de los grandes genios. Rocío, seguirá el mismo método de conocimiento que utilizó Heródoto y de su mano aprenderá qué es la costumbre y cómo influye en nuestra concepción de lo que es bueno, en nuestra moral. Esta investigación provocará un incendio que abrasa todo mundo de Rocío y se verá arrastrada, con Ulises, a la Gruta de las Ninfas, para transformarse como él, en Utis, en nadie.

Las aventuras conducirán a Rocío al terrible dilema de Antígona de la mano de Sófocles y conocerá que es el mismo amor el que une a los vivos y a los muertos.

En compañía de Esquilo, sabrá que hay dos métodos para analizar las circunstancias en las que se ve envuelta: El del idealista, inteligente y generoso Prometeo o el del egoísta, corto y ruin Epimeto.

Aprenderá con Eurípides, el sabio doctorado en el alma femenina, que no hay mujer vulgar. Que en el pecho de toda mujer late el corazón libre, generoso y amante de Alcestis y el de la sabia, astuta y cruel Medea.

Sabrá que la humanidad gustaba de esculpir a dioses y héroes y que los primeros hombres en ser esculpidos fueron dos tiranicidas, porque el hombre aprendió a amar la libertad mucho más que a los dioses, porque solo quien es libre puede llamarse hombre con propiedad.

Rocío aprende a solventar los graves problemas de la trama con la sabiduría de los grandes sabios.

Sin darse cuenta, analiza, interioriza y aplica estos conocimientos para convertirlos en sabiduría.

De Pitágoras, Rocío aprende el rigor del pensamiento. De Theano, esposa de aquél, aprende el rigor en el obrar. De uno y otro aprende el valor del silencio para ser instruido y el valor de la audacia para ser sabio y para ser leal.

Rocío sale así de la manada del idiotes moderno, que es un idiota homérico apasionado y voluntario. Jamás el ser humano disfrutó de tanta información a su alcance y jamás la información estuvo tan mal utilizada. El idiota homérico actual es un apasionado de su opinión de su verdad y desprecia el criterio y el método para afrontar la realidad. Ha malogrado los ladrillos del pensamiento -los conceptos- para no tener que comparar su opinión y su verdad con la razón y el pensamiento de otros. Por ello se encuentra aislado en medio de la manada. Es el idiota por antonomasia. Es el idiota apasionado que prescinde de las humanidades para sí y obliga a sus hijos a prescindir de ellas para perpetuar así la idiocia. Es el camino de sentido contrario al elegido por la protagonista..

Con los clásicos, Rocío pule los conceptos que alcanzan así el lustre y la pulcritud que lucían al ser creados. De este modo, camina contemplando el mundo con asombro en medio de las tribulaciones, por la senda que conduce a los aledaños de la verdad: la Hija del Tiempo.

La cosmogonía del sushi

Me disponía a abrir una nueva sección que no sabía como titular. Tras recibir el primer relato he tenido claro qué escribir en la caja:  Pajas Mentales y otros cuentos. Ahí va la primera:

LA COSMOGONÍA DEL SUSHI
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Rafa Zamorano

Nacemos, vivimos y morimos. Ese es el colofón que uno puede extraer de nuestras Escrituras: La Cosmogonía del Sushi, que fueron creadas en tiempos inmemoriales, e incluyen títulos tan significativos como El Génesis del Sushi o El Apocalipsis Bucal del Sushi. Según el primero, fuimos creados por el Dios de los Cinco Dedos en un mundo ajeno a la cinta, donde ahora damos vueltas con una sentencia de muerte sobre la cabeza. El último es más atroz, si es que esa palabra puede incluir un grado más alto de ignominia, y en él se narra la llegada temprana de los Dos Palillos de la Muerte. Los Dos Palillos nos arrancan de los platos, nuestra base natural, como lo es del molusco la concha, y nos arrojan a las fauces de seres terroríficos, donde somos machacados y enviados a un viaje sin retorno hacia la muerte ácida. Algunos dicen que si rezas con ahínco al Dios de los Cinco Dedos, tu muerte puede ser sazonada con una sustancia verde, que para nosotros es paliativa del dolor, o incluso puedes tener la suerte de que tu devorador se encuentre enfermo y te vomite, tras lo cual el destino se vuelve todavía más incierto.

Yo, como soy agnóstico, no me creo estas historias religiosas, aunque tampoco las niego. Me dedico a girar en la cinta y a contemplar la muerte de mis compañeros, tratando de wall_big_Curso-de-sushi-en-Taller-Andaluz-de-Cocinadilucidar la vedad profunda que oculta la existencia. Quiero decir, ¿qué sentido tiene todo esto? ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos? Un filósofo afirmaba que sólo somos piezas de maki en un mundo giratorio, donde cada segundo es igual que el anterior, y que nada puede hacerse para escapar al genocidio del Dios de los Cinco Dedos. Es una postura demasiado existencialista. Yo prefiero pensar que aún hay esperanza, como afirman los rollitos de primavera. Ellos son grandes vitalistas -a veces he tenido la suerte de girar al lado de uno- y reafirman cada instante de su existencia con cánticos que los demonios apocalípticos no pueden escuchar. Lo cierto es que los sones de una cuadrilla que ya ha pasado a mejor vida me ayudaron mucho a superar la muerte de un pariente muy cercano.

Era un nigiri de pez mantequilla. Se encontraba un plato por delante de mí, girando, como de costumbre vital, en la cinta; cuando los Dos Palillos del Apocalipsis lo agarraron de los costados, oprimiendo su respiración, y lo arrojaron sin piedad -no lo untaron en la salvación verde- a las fauces de una criatura chillona que se había pasado con el vino -pueblo que también es víctima de un genocidio sistemático-. Los desgarradores gritos de mi pobre pariente levantaron un motín entre el resto de nigiris de pez mantequilla, al que se unieron los de salmón y notros mismos, los makis. Todos, sin excepción y antes de que pudieran siquiera saltar de sus platos, fueron ejecutados por los Dos Palillos. Yo, sin embargo, conseguí lanzarme al vacío abismal -el Mundo Desconocido que mencionan nuestras Escrituras, un hueco que se abre en el centro de la cinta-, y ahora me refugio en las sombras, desde donde he podido comprobar, para mi horror y desesperación, que los Dos Palillos del Apocalipsis eran tan solo las herramientas del Dios de los Cinco Dedos al que tanto rezábamos.