Se requiere mecenas. Dejen su currículum en la pestaña de contacto.

Se me vencen los tiempos, no es broma. Acumulo audios de conferencias, relatos de mis neuras, anécdotas de anécdotas y comentarios de libros que no consigo sentarme a escribir. Lo fácil es decir que no tengo tiempo, y no sería mentira pero la realidad es que llevo tal acumulación de tareas en la mente que cualquier acto creativo se bloquea a mitad de camino. Es una especie de orgasmo mental abortado: viene, viene, vieneeee y pum, se corta. Y se corta porque de donde no hay no se puede sacar y lo que no hay es tiempo para pensar ni para crear, solo para producir.

Produce, me dice la cabeza -y el director del banco del que ahora soy propiedad-, produce… y ya no puedo producir más. Porque lo triste de la vida es que producir no es crear, no para mí y no por ahora. Mi novela está abortada, mi editorial en standby, mis horas de sueño recomendadas por la OMS…¿dónde quedaron? se fueron con las oscuras golondrinas. Y todo, ¿por qué? por una razón sencilla: porque hay que pagar facturas.

Necesito un mecenas.

Encuentro con Ignacio Martínez de Pisón

Hace seis años, dentro del ciclo “Cada cual. Encuentros con escritores hispanos contemporáneos” organizado por el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, tuvimos la suerte de disfrutar, del 14 de febrero al 14 de marzo, de cinco autores que dejaron una huella muy especial en el público de esta ciudad y, particularmente, en esta que les habla. Les estoy hablando de Soledad Puértolas, Rosa Montero, Julio Llamazares, José Mª Guelbenzu y, cómo no, Ignacio Martínez de Pisón

La velada no tuvo desperdicio, entre otras cosas porque Ignacio se sentía como en casa en aquél salón de ADDA y contó, con mucho sentido del humor, detalles de su obra y de su vida que no suelen figurar en las solapas de los libros ni en ningún anecdotario que se precie.

Allí descubrí, como dice José Carlos Mainer, que Martínez Pisón concibe la novela como un desvelamiento paulatino de la complejidad, como un descubrimiento del mundo visto con los ojos de quien acaba de llegar a él. Así, la primera novela: La ternura del dragón, se gesta como imagen literaria desde un principio y sin que el autor disimule el juego. Lo vemos en personajes como el escritor adolescente, la abuela, el abuelo identificado con el dragón, figuras todas muy ambiguas, y en tránsito impredecible de lo admirable a lo abominable. Era su primera novela, pero había ya en ella un universo novelístico cifrado dentro de una mansión: paraíso y reclusión al mismo tiempo, misterio y cotidianeidad, lo ajeno y lo conquistado, el pasado y la familia pero, sobre todo, los espacios inmunes de la infancia, que sin quedarse en eso (como ocurriría después con todas las obras de Ignacio) acabarían siendo la metáfora de una sociedad y de un país: España al final del franquismo. 

Conozco a muy pocos escritores tan leales a esa visión primera, a su concepción de la literatura y de la vida como ya dejó marcada en 1984 con aquel primer libro publicado en Anagrama. 34 años después, han pasado muchas cosas y muchos libros. Sólo por refrescar la memoria citaré: Alguien te observa en secreto (1985), Antofagasta (1987), El fin de los buenos tiempos (1994), Carreteras secundarias (1996), María bonita (2001), El tiempo de las mujeres (2003), Enterrar a los muertos (2005), Dientes de leche (2008), El día de mañana (2011), La buena reputación (2014), Derecho natural (Seix Barral, 2017) y Filek: El estafador que engañó a Franco (2017).

Es difícil entender la narrativa actual sin la presencia de Ignacio Martínez de Pisón, quizá porque ha construido una de las trayectorias más sólidas y singulares de la literatura contemporánea en español. Su mérito, a mi juicio y al de muchos, como decía al principio, es haber sabido combinar el retrato del mundo familiar y de los conflictos de la gente común con la evolución de la sociedad española en las últimas décadas, y conjugar la conquista de nuevos territorios literarios con la fidelidad a una estética coherente. Metódico, riguroso y casi patológicamente falto de vanidad, su conversación muestra la aspiración de claridad que vemos en sus ficciones, en sus ensayos y sus guiones cinematográficos. Lo van a comprobar.

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Encuentro con Juan Eslava Galán

Los amigos de Juan Eslava Galán, desde Arturo Pérez-Reverte a Ángeles Caso, Carlos Pujol o Rafael de Cózar coinciden, al hablar de Juan Eslava, en dos adjetivos: talento y generosidad. 

Y es que, Juan Eslava Galán es un novelista de raza, un delicioso contador de historias, un profesional del relato, un tipo que vive inventando historias (…) Pero además, Juan es un narrador instintivo, un narrador nato, un narrador que no concibe su vida sin el pedaleo diario de escribir. Y cuando la bici se descompone ya de vieja y desvencijada (cuando da por terminada una de sus novelas), se monta inmediatamente en otra, y pedalea de nuevo hacia otros paisajes y otras caminos a la velocidad y el ritmo que le pida la narración que acaba de empezar. 

Arturo Pérez-Reverte contó no hace mucho cómo conoció a Juan Eslava. Fue a través de la lectura de En busca del unicornio (hagan memoria, premio Planeta de 1987). «Leí En busca del unicornio –decía Arturo– y me quedé fascinado». A partir de entonces trató de conocer personalmente al autor de aquella novela con la que tanto había disfrutado. Y desde el momento en que se vieron –sigue relatando Pérez Reverte– «Somos más que amigos. Somos hermanos (…) Nos hemos reído muchísimo hasta llorar de risa. Juan es un tipo generoso. Tengo con él una amistad muy intensa, hecha de silencios. Te tomas una copa, miras pasar a una chica, vas a una librería… La amistad de verdad está hecha de silencios. Puedes compartir silencios más que palabras con los que son amigos verdaderos. Con Juan Eslava siempre me ocurre».

Ángeles Caso insistía en la mismo: que el novelista jiennense que tengo a mi lado tiene «una personalidad generosa, en absoluto retorcida. Y acaso lo mejor, no conoce la envidia». 

Carlos Pujol, miembro del jurado que le otorgó el premio que le dio a conocer, el Planeta de aquel octubre de 1987, recuerda que, en contra de lo que suele ser habitual, la lectura de En busca del unicornio le ofreció «uno de los momentos más gratos de su vida de lector» y de su «largo recorrido como miembro del jurado». «Es un hombre generoso, humanísimo, abierto y simpático», decía de él.

Por no insistir en las citas, acabo con una de Rafael de Cózar, que creo que define de un modo más directo y elocuente la clase de persona y de escritor que es Juan: “Eslava Galán es «un cachondo absoluto, un cachondo muy serio». 

Bien, Hace 20 años, en unas circunstancias muy especiales, viví muy de cerca la experiencia que cambió providencial y profundamente la vida de mi padre: ganó el premio Azorín de Novela y superó un grave trance de salud. Desde aquel mes de marzo de 1999 su oficio no ha sido otro que el de la escritura diaria y sus clases en la universidad. Y ese encuentro o ese reencuentro con la literatura (que no era sino su vuelta a la verdad, al estado natural que le correspondía) fue posible –nunca lo ha dejado de pensar– gracias a que uno de los miembros de aquel jurado era Juan Eslava. Con él, ciertamente, encontró el unicornio que buscaba y desde entonces –salvando las distancias que siempre suelen mediar entre maestro y aprendiz– compartan la misma editorial o el mismo Grupo editorial, los mismos editores, ciertos espacios de una geografía común, el amor a la frase casi perfecta, a la Historia y a las buenas historias y, sobre todo, comparten –y aquí me sumo yo– un afecto lleno de palabras y, cómo no, también de hermosos silencios. 

Aquí podéis escuchar el audio del encuentro

Entrevista a Juan Eslava Galán

Atormentando, que es gerundio

Hay noches como hoy, en las que me dan las cuatro de la mañana haciendo números, corrigiendo textos, actualizando redes sociales, atormentando a proveedores con mails que verán dentro de dos días porque estamos en jalogüín… en fin, cosas que pensaréis que podría hacer a otras horas pero que no puedo hacer porque, efectivamente, a otras horas también las estoy haciendo.

Lo que venía a contar es que no sé muy bien que contar, pero me viene estupendamente hablar con alguien que leerá este post pero no contestará nada. Es una forma cualquiera de expulsar a los fantasmas que lleva una dentro antes de irse a la cama -una forma sana-, en otras épocas no fui tan comedida.

El caso es que estaba aquí ya con mis ojos absolutamente secos y el nivel de consciencia -iba a decir en decadencia, pero no, en decadencia estaba hacer un par de horas-…bueno, el nivel de consciencia de encefalograma casi plano porque de pronto me he dado cuenta de que estaba sonando una música que venía de detrás de las pestañas del navegador -hecho imposible porque los altavoces están más cerca que la pantalla, pero lo de las alteraciones de perceptivas ya lo comentaremos en otro post-  y he tardado como cinco segundos en reaccionar y acordarme de que en algún momento de la noche busqué en youtube una canción que hacía cerca de 15 años que no escuchaba. La realidad es que no me debí dar cuenta de que había pulsado algo que había reactivado la música y ese asalto por la espalda de Here Today me ha traído a la mente mis años de instituto.

No sé si conocéis la canción, es un tema que compuso Paul McCartney un año después de la muerte de John Lennon a modo «conversación de viejos amigos». En esta canción, además del título, se repite una frase que dice «And if i say…» o sea «Y si yo dijera…». Bueno, esa frase fue mi correo electrónico de los 13 a los 18 años (todavía lo utilizo a veces para registrarme en sitios que sé que me enviarán spam aunque marque la casilla de que no me manden spam). La cuestión es que la frase me obsesionó durante años, no solo por el contenido general de la canción, que me resultaba emotivo por mi beatlemanía, sino porque me hacía pensar en todas esas veces en las que pensamos algo que podríamos decir pero no decimos por miedo a las consecuencias, por no discutir o, sencillamente, porque es una gilipollez. La tontería me dio en aquellos años de adolescente insoportable para escribir varios relatos, un guión de un cortometraje que nunca se rodó porque era «muy bonito pero muy caro de producir», y también para muchas noches de insomnio pensando en la frase que, años después en la carrera de psicología, me dirían mil veces que había que prohibirla a los pacientes con ansiedad rasgo (o sea, yo): el maldito «y si…».

Ahora os estaréis preguntando -o no- que cómo es que aquella canción de 1981 marcó mi adolescencia en 2003. Pues bien, mi psiquiatra diría -con toda la razón del mundo y porque es su diagnóstico escrito en una ficha de paciente- que soy una outsider, vamos, lo que viene siendo una tia rara de narices que no encaja en ningún sitio, y menos si ese sitio está en su época. Pero como además soy una outsider mala os voy a colocar aquí el enlace de la canción para que empecéis a atormentaros vosotros, tengáis o no ansiedad rasgo. Y, además, os pongo una versión del vídeo traducida al español que atina en pocas tildes. Ale, porque como me decía mi abuelo «si vas a hacer algo, hazlo bien, aunque sea joder». Buenas noches

 

La información

Lo que sigue a continuación es una historia de espías: las cosas que se relatan aquí suceden y volverán a pasar, aunque rara vez se publiquen. El protagonista real del relato es la información. Se trata de obtenerla, no de impartir justicia ni meter a los malos entre rejas.

Normalmente, y para los que se ocupan de inteligencia exterior, se busca la información de interés estratégico. Los que trabajan en contraespionaje intentan parar las amenazas con ella. Desde el comienzo de los tiempos, la información ha sido la mercancía más cara que existe, y también la más barata: puede valerlo todo, incluso no tener precio por su extraordinaria importancia. O no merecer ni el tiempo de escucharla o leerla. La información no es necesariamente la verdad. Es posible que, en un momento determinado, ni siquiera exista tal cosa, solo la información en sí misma. Echen un vistazo a la definición léxica de información. Es bastante insuficiente si tenemos en cuenta que se trata de un producto mucho más preciado que el afamado petróleo. Así es: la información puede hacer que, algún día, ese combustible no sirva para nada, ni nada justifique el soportar durante un solo minuto su mal olor.16 

La información es un producto altamente inestable, cambiante y multiforme. Su poder suele ser efímero, como una escultura de humo tallada en el aire. Y está íntimamente asociada a la confianza. Puede inventarse de la nada, y también puede inducirse. Es posible llegar a creer erróneamente que, después de trabajar duro, hemos conseguido probar la hipótesis a la que dimos vida en nuestra cabeza y en la de nuestros colaboradores, pero que no tenía que ver con la realidad. A eso se le denomina efecto Pigmalión.

La gestión de este fenómeno forma parte de las tareas habituales de cualquier servicio de inteligencia. Pero también afecta al día a día de nuestras vidas; a veces, durante un corto periodo de tiempo y, en ocasiones, a lo largo de toda una existencia.

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