Atormentando, que es gerundio

Atormentando, que es gerundio

Hay noches como hoy, en las que me dan las cuatro de la mañana haciendo números, corrigiendo textos, actualizando redes sociales, atormentando a proveedores con mails que verán dentro de dos días porque estamos en jalogüín… en fin, cosas que pensaréis que podría hacer a otras horas pero que no puedo hacer porque, efectivamente, a otras horas también las estoy haciendo.

Lo que venía a contar es que no sé muy bien que contar, pero me viene estupendamente hablar con alguien que leerá este post pero no contestará nada. Es una forma cualquiera de expulsar a los fantasmas que lleva una dentro antes de irse a la cama -una forma sana-, en otras épocas no fui tan comedida.

El caso es que estaba aquí ya con mis ojos absolutamente secos y el nivel de consciencia -iba a decir en decadencia, pero no, en decadencia estaba hacer un par de horas-…bueno, el nivel de consciencia de encefalograma casi plano porque de pronto me he dado cuenta de que estaba sonando una música que venía de detrás de las pestañas del navegador -hecho imposible porque los altavoces están más cerca que la pantalla, pero lo de las alteraciones de perceptivas ya lo comentaremos en otro post-  y he tardado como cinco segundos en reaccionar y acordarme de que en algún momento de la noche busqué en youtube una canción que hacía cerca de 15 años que no escuchaba. La realidad es que no me debí dar cuenta de que había pulsado algo que había reactivado la música y ese asalto por la espalda de Here Today me ha traído a la mente mis años de instituto.

No sé si conocéis la canción, es un tema que compuso Paul McCartney un año después de la muerte de John Lennon a modo “conversación de viejos amigos”. En esta canción, además del título, se repite una frase que dice “And if i say…” o sea “Y si yo dijera…”. Bueno, esa frase fue mi correo electrónico de los 13 a los 18 años (todavía lo utilizo a veces para registrarme en sitios que sé que me enviarán spam aunque marque la casilla de que no me manden spam). La cuestión es que la frase me obsesionó durante años, no solo por el contenido general de la canción, que me resultaba emotivo por mi beatlemanía, sino porque me hacía pensar en todas esas veces en las que pensamos algo que podríamos decir pero no decimos por miedo a las consecuencias, por no discutir o, sencillamente, porque es una gilipollez. La tontería me dio en aquellos años de adolescente insoportable para escribir varios relatos, un guión de un cortometraje que nunca se rodó porque era “muy bonito pero muy caro de producir”, y también para muchas noches de insomnio pensando en la frase que, años después en la carrera de psicología, me dirían mil veces que había que prohibirla a los pacientes con ansiedad rasgo (o sea, yo): el maldito “y si…”.

Ahora os estaréis preguntando -o no- que cómo es que aquella canción de 1981 marcó mi adolescencia en 2003. Pues bien, mi psiquiatra diría -con toda la razón del mundo y porque es su diagnóstico escrito en una ficha de paciente- que soy una outsider, vamos, lo que viene siendo una tia rara de narices que no encaja en ningún sitio, y menos si ese sitio está en su época. Pero como además soy una outsider mala os voy a colocar aquí el enlace de la canción para que empecéis a atormentaros vosotros, tengáis o no ansiedad rasgo. Y, además, os pongo una versión del vídeo traducida al español que atina en pocas tildes. Ale, porque como me decía mi abuelo “si vas a hacer algo, hazlo bien, aunque sea joder”. Buenas noches

La información

La información

Lo que sigue a continuación es una historia de espías: las cosas que se relatan aquí suceden y volverán a pasar, aunque rara vez se publiquen. El protagonista real del relato es la información. Se trata de obtenerla, no de impartir justicia ni meter a los malos entre rejas.

Normalmente, y para los que se ocupan de inteligencia exterior, se busca la información de interés estratégico. Los que trabajan en contraespionaje intentan parar las amenazas con ella. Desde el comienzo de los tiempos, la información ha sido la mercancía más cara que existe, y también la más barata: puede valerlo todo, incluso no tener precio por su extraordinaria importancia. O no merecer ni el tiempo de escucharla o leerla. La información no es necesariamente la verdad. Es posible que, en un momento determinado, ni siquiera exista tal cosa, solo la información en sí misma. Echen un vistazo a la definición léxica de información. Es bastante insuficiente si tenemos en cuenta que se trata de un producto mucho más preciado que el afamado petróleo. Así es: la información puede hacer que, algún día, ese combustible no sirva para nada, ni nada justifique el soportar durante un solo minuto su mal olor.16 

La información es un producto altamente inestable, cambiante y multiforme. Su poder suele ser efímero, como una escultura de humo tallada en el aire. Y está íntimamente asociada a la confianza. Puede inventarse de la nada, y también puede inducirse. Es posible llegar a creer erróneamente que, después de trabajar duro, hemos conseguido probar la hipótesis a la que dimos vida en nuestra cabeza y en la de nuestros colaboradores, pero que no tenía que ver con la realidad. A eso se le denomina efecto Pigmalión.

La gestión de este fenómeno forma parte de las tareas habituales de cualquier servicio de inteligencia. Pero también afecta al día a día de nuestras vidas; a veces, durante un corto periodo de tiempo y, en ocasiones, a lo largo de toda una existencia.

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Mis días bordes

Mis días bordes Si me paro a pensar en la cantidad de horas diarias que invertimos algunos, por nuestro oficio, en crear contenido para compartir o en corregir contenido creado por otros, entiendo perfectamente el debut de mis migrañas. Hace 5 años, creía que era inmune al trastorno familiar que mis tías, mi padre y hasta mi pobre hermano venían sufriendo desde muy pequeños. Pero no. Ja! pura ilusión. No sé si conocéis algunos de qué va el rollo de las migrañas, no tiene nada que ver con un simple dolor de cabeza. No es ni parecido a la comúnmente citada “jaqueca”. La migraña es un dolor incisivo y debilitante que suele surgir sobre los ojos y que se extiende hemicranealmente hasta dejarte tumbado en la cama, huyendo de la luz y el sonido.  Y no, una ve empieza no se para, se va cuando quiere. Hay medicación preventiva y esas cosas, pero a mí, hasta ahora no me ha librado nada del dolor una vez el ojo empieza a notar que algo amenaza. Por tanto, si algún día me veis por la calle y no os saludo o tengo la cara especialmente blanca o un gesto de dolor en la mirada ya sabéis…habladme flojito, o al menos si reacciono con mal gesto, no penséis que soy una borde. Que lo soy, pero no lo penséis.

Jueves, seguimos currando

Jueves, seguimos currando

Son las 11:25 de la mañana y lo único que he hecho de utilidad ha sido ducharme. Cómo cuesta arrancar cuando una está triste. Aunque esa tristeza parece que te exculpa a ti contigo mismo para trabajar o avanzar faena desde la cama y eso sin embargo, para mí, es un placer. Con lo que la situación por ahora no llega a límites verdaderamente preocupantes.

portada principalComo sabéis, llevamos las últimas semanas dedicados en cuerpo y alma a la promoción del libro Ciudad para ser herida. No solo a través de las redes sociales, sino de la prensa nacional, con la que cuesta hacer un seguimiento e insistir diariamente cuando tu editorial todavía no suena mucho. Pero es un reto.

La novela de espionaje es un género con poca tradición en nuestro país y eso dificulta en gran medida la tarea de definir un público objetivo. Y lo más difícil: cómo llegar a él. Por suerte estamos trabajando con grandes profesionales en el mundo de la distribución que nos ayudan indiscutiblemente en esta tarea.

Al final, lo que cuenta es que la gente que está implicada en la implantación de un producto en el mercado, sea un libro, un patinete eléctrico o un slime es que crea en él. Todos estamos seguros de que nuestra apuesta es buena, de que el texto tiene un nivel literario y una buena edición. Que el sello empiece a sonar es cuestión de tiempo, y que los autores que se pasan de grandes firmas a nuestra marca se sientan orgullosos de estar aquí es el objetivo real, a fin de cuentas.

Gracias a los que estáis ahí cada día con vuestro apoyo, porque es por vosotros y vuestras recomendaciones por lo que dentro de poco tendremos que empezar a reimprimir los títulos.

Por otro lado, esta campaña de Navidad va a ser increíble. No le quites ojo al blog.

 

 

Volver a ti: empiezo la espera.

Volver a ti: empiezo la espera.

No mentiría al decirle al lector que yo sería la última persona que invertiría su tiempo en leer este post. Escribir desde el dolor es lo menos recomendable que existe y a pesar de eso, de que los expertos recomiendan siempre tomar distancia antes de enfrentarse a la página en blanco, aquí estoy, tratando de sacar a golpe de letras el dolor que se va atascado en todos los poros de mi cuerpo.

44143573_2218984388346631_2810294992667410432_nLa verdad es esta: Blas ha muerto. Evoco las palabras de mi amigo Alejandro Palomas porque no hay certeza mejor expresada en una frase tan sencilla. Lo que no es tan sencillo de calcular es la dimensión de esa verdad, tan -en apariencia- simple y natural como la vida misma.

Cuando hace 9 años paseaba por Benito Pérez Galdós, mi mirada se cruzó con unos ojos azules que la seguían. Me paré en seco -Perdone, este gato se vende?- Pregunté estúpidamente porque era una pajarería, pero la respuesta no resultó tan obvia -No, no es de raza ni nada, lo han traído unos criadores que por un error se les han cruzado una angora y un siamés, se va a la perrera- Le pedí que me vendiera entonces un transportín, comida, arenero y arena y me volví a casa de mi padre con mi gato en el asiento del copiloto explicándole que creía que le iba a llamar Blas, si no tenia objeción, que podía dejar de maullar o de estar asustado. Le prometí cuidarle siempre.

Creo que me entendió, porque desde ese momento no nos despegamos. Al entrar en casa me seguía, fuera donde fuese, compartimos libros, películas, estudió la carrera entera de psicología a mi lado y nunca faltó a una llamada, ni se separó de mí en momentos de enfermedad.

Pocos años después -tres-, entré con Epi en casa en estado crítico. Cualquier macho lo hubiera repudiado e intentado expulsar de su territorio de niño mimado de mamá, que era en el que él vivía. Pero no, Blas no era así. Olisqueó a Epi, vio las heridas, los dolores, los ojos infectados que traía de la calle… y con una pata lo empujó a su abdomen para darle calor. Le enseñó a bañarse, a ir al arenero… Él era mi bebé, y Epi se convirtió en el suyo. La cadena perfecta y él, siempre, el eslabón central, repartiendo cariño en todas direcciones.

Después de nueve años de amor incondicional nos ha dejado solos para siempre. Sin44108608_2218985428346527_7680773019974762496_o.jpg avisar, sin hacer ruido, sin dejar que le viéramos morir y sin dar un maullido más alto que otro. Nueve años son muy pocos para un gato, pero si la bondad y la belleza interior se reparten a lo largo de la vida, bien es cierto que él había repartido de sobra a su corta edad. Ha sido lo mejor de mi vida en la última década, mi pequeño bebé, gato-perro, mi fierecilla, mi muñeco para dormir. Me dueles tanto y te voy a echar tanto de menos que no puedo ni imaginarme que mañana al despertar no estarás a mi lado.

Espérame, te lo ruego, en el cielo de los gatos, en el espacio o en la otra orilla, sea donde sea, te juro que nunca dejaré de buscarte.

Te amo mi bebé, con el amor más puro que soy capaz de sentir, y mientras no vuelva a tenerte será imposible reconstruir la parte de mí que te llevas.

Gracias por la vida, por tu vida y por la mía, por la que hemos construido juntos. Te sostengo en un abrazo eterno y te beso esa naricilla rosa y húmeda. Descansa esta noche, mañana quedará un día menos para que volvamos a estar juntos.

Bendito descuido el de aquellos criadores.