El hombre bueno

Si le preguntan a mi madre qué era su marido, ella responde “él era un hombre bueno”. Yo nunca se lo he

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Kate B

preguntado, como podrán comprender, pero he presenciado la conversación. De él se pueden decir muchas cosas, y más ahora que no está, pero ninguna mala -salvo un poco de mal genio los últimos años-; él era profesor, era filólogo, era traductor, era director de un colegio, era arqueólogo, era historiador, era especialista en arte, era poeta y hasta cura renegado. Padre de una hija natural y otros cuatro acogidos, pero esencialmente era un hombre bueno y eso no se le puede discutir a mi madre.

Yo lo conocí en dos mil dos, hacía pocos meses que habían instalado internet en casa y nos peleábamos por el ordenador cuando el reloj marcaba las seis.

-Esto es como cuando yo era pequeña -decía mi madre- y escribía a gente que dejaba su dirección en la radio o las revistas- se refería a gente a la que no conoció nunca pero de la que esperó con ansias una respuesta por carta y una foto que de vez en cuando sí llegaba -Solo que es inmediato, puedes conocer a cualquiera de cualquier parte del mundo y hablar como si estuvieran al lado-. Lo decía con la cara iluminada, como una niña a la que le acaban de presentar el mejor truco de magia imaginable. Pero lo cierto es que ella tenía toda la razón y yo tenía doce años y mucha curiosidad.

Descubrí un chat que se llamaba “el cafelito” dentro de la plataforma de Inicia y mi madre me copió la idea. -Venga, ya es hora de que te duches y cenes- me decía, y yo pensaba para mí -ya, de lo que es hora es de que te quedes tú el ordenador- era fiebre lo que teníamos por la novedad, como si en el fondo, las dos esperásemos que algo en nuestra rutina cambiase gracias a ella. Poco después descubrí el Messenger, me abrí una cuenta y esa fue la razón por la que dejé de lado a los desconocidos. Pero mi madre no, ella siguió cada noche 11081398_1598392660405810_224554783616013107_nentrando al cafelito y quitándose horas de descanso, navengando entre incógnitas y desvelando sueños con historias de amor que más tarde confesaría. Siempre imaginaba que si hubiera sido real ella hubiera abierto la puerta de un café victoriano y entre la mirada de decenas de personas sentadas solas en una mesa con una taza vacía y una cafetera recién preparada se hubiera quitado una gabardina beige, la hubiera colgado en una percha de pie reservada para ella y hubiera oteado en horizonte decidiendo quién sería el afortunado que intercambiaría con ella, -esa misma noche- las más bellas historias que uno inventa cuando quiere enamorar. Y me dormía con esa imagen de la mujer que por aquel entonces y todavía ahora y cada vez más, cubre mis frentes de admiración.

Volví una tarde del colegio y mientras merendaba esperando que dieran las seis para cortar el teléfono y pulsar el botón de encendido del ordenador y del router iba preparando mis apuntes de historia. Porque yo me sentaba frente a la pantalla a estudiar, deseando que de pronto una ventana emergente se abriera y alguien decidiese iniciar conmigo una conversación que sacara mi cabeza de los libros y me hiciese olvidar, aunque fuese un rato, mis dificultades para establecer relaciones de amistad. Pero dieron las seis, y al conectar MI chat con MIS contactos encontré un nick nuevo. No recordaba haber añadido a nadie las últimas semanas y como las paredes de mi casa y el anonimato me ofrecían cierta seguridad me lancé a preguntar quién era el ínclito y a qué se debía su presencia en mis redes de contactos.1908062_1595705753989945_5429807332161093663_n

-Perdona, pero no sé quién eres.

-Nereida, soy yo, cuando nos despedimos anoche me mandaste tu solicitud en este chat- Y fue fácil atar cabos, puesto que Nereida era el nombre en clave de mi madre cuando se convertía en la mujer de la gabardina y él -un tal Julio42-, deduje, sería el afortunado de la noche anterior.

-Supongo que hablas de mi madre, ella no tiene messenger y ha debido meterte en el mío.

-Vaya, siento la invasión.

-No importa, pero tengo que estudiar así que cierro esto. Mi madre se conectará por la noche supongo.- dije, sin tratar de alargar una conversación que obviamente no me correspondía.

-¿Cuántos años tienes?- Me preguntó, y yo pensé que ya me utilizaba para sacar información sobre mi madre. ¿Le habría dicho ella la verdad? Que tenía dos hijos y que éramos totalmente dependientes de ella todavía. Quizá ni siquiera le había dicho que los tuviera y le había fastidiado el ligue. Probablemente al decir mi edad él bloquease directamente la comunicación y se dedicase a buscar otra ninfa que le siguiera el juego y con la que pudiera soñar con compartir la intimidad que te permite ser un adulto libre de cargas. No respondí y me puse a leer mis apuntes sobre la llegada de los españoles a América. Así pasó cerca de una hora y de pronto volvió a sonar el aviso del chat. ¿Sería Marc? Ojalá fuera Marc. Me dio tiempo a pensar mientras levantaba la mirada hacia la pantalla. Pero no lo era. De nuevo el enigmático Julio42 me invadía como Américo Vespuccio a los nativos americanos.

-Perdona, igual te he asustado, supongo que estarás estudiando, si necesitas ayuda solo dímelo, estaré por aquí- No pude evitar responder a eso.

-¿Ayuda?- dije, pensando que o estaba tanteando o sabía más de lo que yo había supuesto.

-Si, yo soy profesor de letras, si tienes alguna duda puedes preguntar.

-Vale, Julio, gracias.- Respondí de nuevo cortando comunicación y cerrando la ventana del chat, que de una vez más se abrió.

-Mi nombre real no es Julio.

Justo en ese momento en el que se abría el chat por tercera vez se abrió también la puerta de casa, dejando entrar a mi madre y mi hermano directamente en el salón. Y mientras mi hermano, en un arrebato de euforia me enseñaba el donut que mi madre le había comprado a él y no a mí, escuche la voz de la mujer de la gabardina desde la puerta, que mirando la pantalla dijo -Veo que ya has conocido a Antonio-.

¿Segunda cita? No, gracias

Cuando llevas tiempo sin relaciones estables, pasas hasta del sexo porque sí o miras a los hombres con desinterés te das cuenta de que quizá estés entrando en una distimia (normalmente pasajera). Es decir, una especie de pequeña depresión, en este caso focalizada en el sexo opuesto que se traduce en el típico «uff, ligar, que pereza, ponerme otra vez a contar y escuchar la vida del otro para nada». Y es muy frecuente, mis amigas y yo lo comentamos muchas veces y hemos coincidido todas en una época de pasotismo sexual, aunque parece que alguna, al menos servidora, comienza a recuperarse.

descarga (1)Para ello, para no volver a caer en ese estado desmoralizante y asexual empiezo a plantearme ciertas reglas que se deben cumplir a la hora de acceder a esa primera cita. Ojo, que tanto debes cumplir tú como él, solo que tú tienes la ventaja de conocerlas de antemano y él o ella, pobre incauto/a, va a ciegas Pero son fundamentales.

Debo reconocer que no sé si por mi trabajo, mi situación actual o mi actividad constante en redes sociales tiendo a desconectar de las conversaciones que siento que no despiertan inquietudes. Por tanto, por propia definición personal no debo volver a quedar con el mismo tío si he sacado el móvil más de tres veces del bolso para mirar whatsapp, facebook, twitter o simplemente la hora. (Esta norma también la utilizo a veces para decidir la respuesta cuando alguien me pregunta si la peli que he visto es buena o mala). Si él también lo hace es obvio que hay que pedir la cuenta y largarse.

Otra norma que me suelo poner es la de que salga el prefijo «ex» seguido de la palabra «novio/a» excepto cuando es para asegurarse de que ningún/a psicópata te va a perseguir al salir del restaurante o te está vigilando con unos prismáticos mientras cenas, que a estas alturas (que no son tantas) a una ya le ha pasado de todo.

La tercera en mi caso es que no me obligue a cenar en una terraza para poder fumar mientras cenamos, pero esta creo que es más obvia.

La cuarta, para mí impepinable aunque no tanto para las esperanzadas/os, es que si en la primera cita no me entren ganas de abrazarlo, besarlo o directamente arrinconarlo sin escapatoria en el coche (otra cosa es que lo haga, que una/o siempre intenta mantener las formas para que no parezca que se conforma con cualquiera, porque no es así). No, si en la primera cita, que es cuando más esfuerzo ponen, no te lo/la comerías a besos no va a funcionar en las siguientes y mucho menos tras años de relación, no pierdas tu tiempo.

A mí la que más cribas me ayuda a hacer es la primera, porque soy la «chica del móvil» y si consigue que no lo saque ni una sola vez en toda la noche se asegura 2,3,4, 50 citas y posiblemente una boda. Pero eso, a día de hoy todavía lo considero inalcanzable.

La razón de mi ausencia

GRACIAS, gracias a todos los que habéis estado ahí para escucharnos o abrazarnos estos últimos meses. Gracias a todos los que le habéis escrito o preocupado por él. Gracias a los médicos que lo han intentado todo. Hoy hemos perdido la batalla y con ella a un padre, un marido, un abuelo, un hermano, un tío, un amigo, un confidente, una parte de nuestro corazón. Nada puede aliviar el dolor que siento en este momento, la sensación de vacío en el cuerpo y la rabia hacia la propia naturaleza.

Lo cierto es que no me consuela pensar que ya no sufres porque ya te echo de menos. Todo lo has hecho bien; cada paso que has dado, cada palabra, cada gesto…hasta el último. Te quiero, te voy a querer toda mi vida y te voy a seguir necesitando siempre. Solo tú lo sabes todo, solo tú podrías calmar estas lágrimas. Me siento agradecida de haber podido ser una de las cinco rosas que han crecido en tus manos. Porque como tú explicabas: És, doncs, sols per l’amor que ens creixen roses als dits.

 de José Hierro

Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca.

Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.
Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos,
será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de los gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
que a mi madre llevara las flores:
yo quería poner primavera en sus manos.)

¡Será ya primavera allá arriba!
Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría
no podré morir nunca.
Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino
no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.

Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.

De Alegría. 1947