Mi recuerdo es más fuerte que tu olvido

Por Manuel Avilés

PALOMA SANCHEZ GARNICA.- PREMIO FERNANDO LARA DE NOVELA 2016.-

La autora entreteje con maestría una auténtica novela coral por la abundancia de personajes que se relacionan, se mezclan, se encuentran, se rechazan y se odian. Comienza con suavidad, casi como si de una novela rosa o costumbrista se tratara y va ganando en intensidad, en conflictos, en pasiones desatadas y en iras o en vergüenzas, que de todo eso atesora el ser humano como para dar y vender. Debajo de las “familias bien”, de buena sociedad, católicas practicantes y magníficamente relacionadas a todos los niveles, no es infrecuente que aniden sentimientos rastreros, odios inveterados ni situaciones ocultas que todos se empeñan en no confesar.

SE demuestra Paloma Garnica como una fabuladora de primerísima magnitud capaz de crear tensión, intriga y suspense, enredando al lector en sus líneas de las que resulta difícil despegarse.

No se priva este recuerdo más fuerte que el olvido de ningún ingrediente presente en la literatura desde que el hombre comenzó a poner historias por escrito: Relaciones cruzadas, líos de faldas, hijos ilegítimos, bodas de conveniencia y ruinas familiares.

Hay más en esta novela que, poco a poco y conforme va aumentando la tensión entre sus personajes, se vuelve casi novela negra, perdiendo el candor y la suavidad que le atribuíamos en sus inicios: hay asesinatos difíciles de esclarecer, ruinas empresariales y abortos clandestinos para seguir preservando el nombre de la buena familia que, el lector descubre, cada vez lo es menos.

Carlota es la protagonista principal de la novela, una hija ilegítima que ha arrastrado durante su infancia el estigma de “no tener padre conocido” aunque todos supieran quien era, ha arrastrado el ser bastarda – termino que hoy significa poco, el hecho de ser hijo de madre soltera pero que hace cincuenta años significaba un mundo- y lo ha superado a base de fuerza de voluntad y de forjarse una personalidad fuerte. Carlota es jueza y, las vueltas que da la vida, su existencia discurre por derroteros mucho más sólidos que aquellos por los que caminan quienes son su familia no reconocida.

Y hasta ahí puedo contar porque ya sabéis que esta “prohibidísimo” destripar las novelas. Solo insistir en algo ya dicho: lo que podría parecer en sus inicios una novela casi rosa, deviene en una obra turbulenta y negra que atrapa nuestra atención haciendo que cueste trabajo aparcar la lectura.

Presentación del libro Versos con ruedas, de Teresa Rubira

A petición de algunos asistentes a la presentación del libro de Teresa Rubira Versos con Ruedas, aquí dejo el texto de mi pequeña aportación.

Cuando Teresa me propuso venir aquí, hoy, a presentar su libro de poemas infantiles, lo primero que pensé fue “¿por qué?”. No creo tener muy claro merecer el privilegio de estar sentada detrás de esta mesa con ella y con Diego, pero haré lo que buenamente pueda. Por otro lado, la poesía no es un género que yo domine particularmente y menos la poesía infantil, pero el sábado, cuando vi a Teresa para que me facilitara un ejemplar de su libro y lo abrí por la primera página, me di cuenta de que me lo iba a poner muy fácil. Me lo iba a poner fácil porque Teresa tiene dos cosas que a mí me fascinan: el humor y la dulzura. Os voy a ilustrar.
Cuando Teresa, como digo, el sábado me dio su libro me dijo “era el único que me quedaba por casa, es el mío”. Y lo abrí, y me encontré el siguiente texto como carta de presentación: Para mí misma con Cariño. Teresa. Y me pareció maravilloso. Porque en ese momento me imagine a Teresa con 6 o 7 añitos recibiendo ese libro de una gran poeta. O sea, de ella misma taitantos años después.
Vi a Teresa en ese momento dando un abrazo a su “yo” de niña y, por tanto, a la vida, al amor, a la ternura y a la inocencia; en definitiva, tocando con sus propias manos su corazón infantil, limpio, latiente de felicidad, y créanme cuando les digo que esto no es nada fácil.

Luego me puse a leer los poemas:

Tengo un perro
que me ladra
y no gusta
de comer.

Tengo un gato
que me maúlla
y se come
lo que ve

Tengo un pollo
que me pica
cuando me ve
aparecer.

Tengo un pato
que se ahoga
cuando le doy
de beber

Tengo perro
tengo gato
tengo pollo
tengo pato

Si los cuento
mucho rato
salen tres
o salen cuatro.

En mi mano
sobran dedos,
en mi pierna
sobran pies,
en mi cabeza
los pelos
y en mi cuerpo
sobra piel.

En el mundo
donde vivo
son las cosas
del revés;
a mi lengua
le prohíbo
que pregunte
los porqués.

Estos versos me parecen fascinantes, me reconcilian con lo sencillo, con lo claro…, independientemente de que yo me ponga o no a analizar lo que puede llevar a alguien a tener tanto animal en casa, a perder la cuenta o ir al revés del mundo… Porque, no sé si lo he dicho, pero soy psicóloga y una de mis taras es que tiendo a analizar los trastornos de IMG-20160530-WA0002los autores que leo… ¡Es broma! Lo que me llama poderosamente la atención es cómo logra la autora, a través de esta asombrosa sencillez, de estos poemas transparentes y divertidos, que las palabras se transfiguren en música y entren por mis labios que leen o por mis oídos que oyen, hasta el centro del corazón de la niña que fui. Esto es maravilloso. Y les explico:
El ritmo es tan o más antiguo que el hombre. El sonido de la lluvia es ritmo, el viento es ritmo, el agua circulando por los ríos, el sonido de las olas, el canto de los pájaros salvajes, las hojas de los árboles cayendo en otoño, tu parpadeo, el latido de tu corazón. La esencia natural de la vida se reduce a puro ritmo. ¿Cómo se comunicaban los primeros seres humanos? Comprender señales de humo o golpes de tambor no es otra cosa que leer el ritmo. Pero como seres racionales, pensantes y con cuerdas vocales afortunadamente (aunque no siempre porque, a veces, más valdría que alguno no las tuviera), inventamos la palabra. Y esos dos factores, el ritmo y la palabra, que forman un matrimonio perfecto, nos regalaron la poesía. Nosotros, además, le añadimos las emociones, nuestra esencia.
Quiero que ahora todos piensen en su abuela, seguro que era una gran mujer. A todos les ha venido una imagen dulce a la cabeza.
-Abuelita, dime
¿No vas a la escuela?
-No tengo pinturas!
¡No tengo cartera!

-No importa, abuelita
lo digo de versa:
serás del pupitre
mi fiel compañera

Le pasé mi estuche,
mi mochila nueva
y nos fuimos juntas
por la carretera.

Hizo mis deberes,
también los problemas
y a los profesores
les propuso temas.

Con su inteligencia
me da una lección:
se sabe las cosas
con antelación.

Desde ese momento
me gusta la escuela
pues aprendo el doble;
con profe y abuela.

¿No les conmueve la imagen? ¿Cuántos no habríamos deseado de bien pequeños que la abuela, en lugar de dejarnos en el colegio, se quedase con nosotros? La magia de Teresa es que sabe poner palabras a ese deseo infantil. Pero el mayor truco de esta Hada Buena de los versos (como se refiere a ella Ferris en la solapa del libro) es que juega con ellas hasta darles un ritmo perfecto; un ritmo que las empuja hasta el corazón y, como he dicho antes, por si fuera poco, no sólo nuestro corazón, sino también el de Teresa misma.
Teresa Rubiera tiene el mérito infinito de ser capaz de tocar su propio corazón de niña. Y si lo ha logrado con sus manos, con sus poemas y con sus versos, cómo no va a alcanzar el corazón de ese niño, de esa niña, que todos llevamos dentro; cómo no va a acariciar con sus dulces y hábiles palabras ese rinconcito escondido que cada una y cada uno de ustedes guarda debajo de su respiración, en esa cajita que llamamos alma.
¿Cómo se puede ser una Hada Buena y, además, escribir como un ángel?
Muchas gracias, Teresa, por invitarme a esta presentación, por elegirme para escribirte estas palabras, pero, sobre todo, gracias por el regalo de este libro que nos devuelve un poquito esa inocencia que nunca debimos perder.

Kate B.