Mis días bordes

Mis días bordes Si me paro a pensar en la cantidad de horas diarias que invertimos algunos, por nuestro oficio, en crear contenido para compartir o en corregir contenido creado por otros, entiendo perfectamente el debut de mis migrañas. Hace 5 años, creía que era inmune al trastorno familiar que mis tías, mi padre y hasta mi pobre hermano venían sufriendo desde muy pequeños. Pero no. Ja! pura ilusión. No sé si conocéis algunos de qué va el rollo de las migrañas, no tiene nada que ver con un simple dolor de cabeza. No es ni parecido a la comúnmente citada “jaqueca”. La migraña es un dolor incisivo y debilitante que suele surgir sobre los ojos y que se extiende hemicranealmente hasta dejarte tumbado en la cama, huyendo de la luz y el sonido.  Y no, una ve empieza no se para, se va cuando quiere. Hay medicación preventiva y esas cosas, pero a mí, hasta ahora no me ha librado nada del dolor una vez el ojo empieza a notar que algo amenaza. Por tanto, si algún día me veis por la calle y no os saludo o tengo la cara especialmente blanca o un gesto de dolor en la mirada ya sabéis…habladme flojito, o al menos si reacciono con mal gesto, no penséis que soy una borde. Que lo soy, pero no lo penséis.

Mi nuevo vídeo, mi nuevo juego

Buenos días a todos. Antes esta actividad la realizaba solo en redes sociales pero con motivo del inicio del Videoblog quiero que los que seguís el blog en WordPress también os animéis. Os voy a dejar el vídeo con las instrucciones del juego y espero que os guste, porque si conseguimos una alta participación prometo algunas sorpresas.

Realidad y deseo 2.

Para los que siguieron el relato de Platón. Dejo otro de aquellos capítulos sueltos que formaban parte de mis reflexiones.

A veces me pregunto si la vida realmente está escrita. No hablo del destino, sino a algo más terrenal. Tengo la sensación de estar acechada por un equipo de guionistas que escriben un capítulo cada semana. Que trabajan en mi evolución como si fuera el personaje de una película de Woody Allen y que ponen y quitan elementos o personas según dicte la audiencia. Quizá todo esto suene a delirio pero es una forma de expresar metafóricamente la ironía de la vida. A veces estos guionistas se quedan sin ideas y recuperan viejas temporadas, te devuelven a circunstancias olvidadas o te sumergen en el colmo del absurdo.

Quizá estén influidos por el primer teatro de Arrabal. Me acuerdo ahora de aquellos personajes de PIC NIC que comían en un campo situado entre los dos bandos de la guerra. Un grupo de personajes inocentes; un matrimonio, su hijo y un soldado se ven en medio de un ir y venir de ataques llegando a la conclusión de que nadie desea la guerra y que por tanto esta no tiene sentido. La realidad se impone en este caso al deseo como se impone fuera de la obra. La inocencia no sirvió más que para reír al principio y llorar después.

Todo esto venía escribiéndolo en el avión. Los últimos días tomé un breve pero intenso “break” en el que me he sentido protagonista de Pic Nic. Los móviles para bien o para mal no te mantienen precisamente alejado de la realidad a pesar de que tu viaje sea al paraíso. La lluvia de whatsapps maldiciendo mi ausencia por tomarme unos días de libertad, la pelea constante entre mi madre y mi hermano empeñándose en hacer partícipe al grupo familiar (abuela whatsappera incluida) mediante mensajitos constantes e hirientes, y los amigos bordes recalcando su habilidad para no mantenerse al margen de tus decisiones me han hecho sentir en medio de esa guerra, tratando de ignorar o reinterpretar los acontecimientos y ser vencida al final por la vuelta a la realidad. Hace tiempo que trato de asumir esa actitud ignorante hacia lo que me ocurre día a día , de ridiculizarlo mediante la ironía o en sarcasmo con tal de que no se acerque lo suficiente como para causarme dolor. Dejé de intentar justificarme ante los demás para hacer hueco a mis propios reproches.

77c205d2dd65841ba9f50c081c19ffeaMe pregunto si hay lugar para el amor cuando te distancias de la vida. Me temo que es una emoción demasiado placentera y dolorosa a la vez como para caber en el poco espacio que le dejamos. Pero al fin y al cabo ¿qué es el amor? Una liberación de neuroquímicos que amenazan tu serenidad… y eso es justo lo que trato de evitar. Recuerdo la intensidad de los amores adolescentes, amores que tienes que vivir para madurar pero no son mas que una cruel venganza de la naturaleza. Te duele no verlo, te duele verlo, te duele que no te escriba, te duele que te escriba, te duele todo. Te despista, te hace suspender, te quita el sueño, te produce taquicardias, te hace llorar y eso en el mejor de los casos, que es cuando es correspondido. Cuando no lo es es mucho peor. El amor no correspondido es un riesgo para la salud y más todavía en un adolescente. Se desparraman las hormonas del estrés en la sangre como si no hubiera un mañana, la desgana y la apatía te invaden y el sistema inmune te dice adiós sin piedad. Hay una película española titulada “El amor perjudica seriamente la salud” y no me parece un chiste de título, creo que está muy acertado. Todo los días muere gente por amor, igual que mucha gente muere de tristeza y generalmente esa tristeza es producida por la falta de amor, así que la causa final siempre es la misma. Con los años crees que aprendes a vivir el amor de otra manera, que sabes controlarlo para no perder la cabeza, pero eso no es mejor. Tampoco es verdad que aprendamos a controlarlo, simplemente nos volvemos más exigentes con la edad y no nos dejamos llevar por las emociones por miedo al fracaso o a la decepción, censuramos al amor igual que a la creatividad. Siempre por miedo. Por eso Platón existe en mis sueños, porque al fin al cabo si pierdes el control puedes escapar a la tibieza de la realidad.

Números siniestros (de Mercedes Tormo)

Un relato que me envía la escritora Mercedes Tormo para todos vosotros:

 Números siniestros

A las diez de la mañana de aquel sábado de diciembre, Ana punteaba, bolígrafo en mano, en el escritorio de su casa, cada uno de los movimientos del extracto bancario que la impresora le había dado. Con la mano apartó las facturas que cotejaba. Desde las nueve, el móvil había sonado tres veces: siempre el mismo número desconocido y, en el instante en el que respondía, la comunicación se cortaba. Sonó una cuarta vez. Hastiada, tomó el teléfono, que le regaló la música de una grabación, y colgó sin remilgos. Fue entonces cuando estampo el artefacto contra el suelo. Aquel artilugio la estaba volviendo loca. La pantalla se rajó en varias direcciones y se quedó negra. Ana lo miró con un hondo suspiro y se levantó a estirar las piernas, deseando que su hijo Javi  de cinco años, no se hubiera despertado.

Cuando puso el primer pie en el pasillo con la intención de hacer más café y tomarse una pastilla para el dolor de cabeza, sonó el teléfono inalámbrico que descansaba sobre su batería en un soporte atornillado a  los azulejos de la cocina.  Ana anduvo con paso ligero hasta el teléfono que la reclamaba con sus timbrazos. «¿Diga? ¿Diga?», inquirió con voz agria. La misma música, el mismo número, y de nuevo se cortaba la comunicación. Al intentar dejar el aparato se sorprendió, su mano estaba pegada al siniestro objeto negro de teclas. Agobiada, gritó y zarandeó con ímpetu aquella mano. De pronto Javi apareció en pijama y descalzo, bajo el quicio de la puerta. Vio, con los ojos muy abiertos,  a su madre que se convulsionaba. Las lágrimas le brotaron de los ojos y el instinto le hizo abalanzarse a tomar la mano  libre de su madre. No llegó a tiempo, porque en lo que dura un parpadeo, Ana sintió una quemazón y dolor mientras su cuerpo se fragmentaba como la plastilina y era absorbido por los orificios del auricular. Parecía que una potente aspiradora quisiera tragársela desde el otro lado. El viento y los gemidos de su hijo le inundaron los oídos. Después perdió la consciencia.Se ciñó el cinturón de la bata de algodón con dibujos de letras de colores. A pesar de que el sol salía cada mañana para todos los seres humanos, a ella los colores la salvaban de la oscuridad, sobre todo desde que se separó de su marido hacía casi un año: custodia compartida, más horarios, idas y venidas.

Al despertar, se encontraba en el suelo. Le dolía todo el cuerpo. Estaba oscuro. El silencio llenaba el vacío. Dubitativa, llamó a su hijo, sin obtener respuesta. Las pupilas se acostumbraron a la penumbra y descubrió una casi imperceptible claridad que se filtraba por algún sitio desconocido para ella. Se puso en pie e indagó, a pesar del dolor. A tientas, tocó con las manos lo que supuso una pared. No conforme, golpeó con los nudillos. Tragó saliva: la pared era de plástico. Avanzó un poco más y, con la misma rapidez que un  relámpago ilumina la noche, un pensamiento le refulgió en la mente. La claridad se fundía con unos símbolos descomunales que parpadeaban. Entonces tras el relámpago, llegó el trueno; mentalmente catalogó aquellos símbolos parpadeantes como números invertidos bastante más altos que ella. Cayó en la cuenta de que no tendría forma de salir de allí.

Sudaba. Pensó en lo asustado que se encontraría Javi. La soledad la aplastó.

Lloró, mientras deslizaba la espalda por la pantalla de cifras que parecían burlarse de ella haciendo guiños, y se sentó en el suelo. Arqueó las piernas y reclinó la cabeza en las rodillas, dejando cada brazo colgando a sus costados.

Tras el largo llanto, perdió la noción del tiempo. La oscuridad y el calor la consumían. Pensó en Javi, cuando lo abrazó por primera vez  y el amor que le abrasó las entrañas. Aquel niño era el motor de su existencia…

  De un salto se puso en pie y lo llamó con todas sus fuerzas hasta quedarse afónica. Le pareció oír gemidos en la lejanía. De súbito, los números se iluminaron y la voz de su hijo la alcanzó como un dardo de esperanza. Se le clavó de tal manera que Ana chilló a pleno pulmón. Y el niño, que unió su voz a la de su madre, se desgañitó. De nuevo el mismo viento, que ahora provenía del exterior,  arrastró a la mujer hasta los orificios del auricular. El amor que sentían el uno por el otro era tan inmenso que la liberó.

Cuando Ana abrió los ojos, yacía en el suelo de la cocina de su casa. Las pequeñas manos de Javi sostenían su cabeza. Entonces sintió su calor y sus húmedos besos en las mejillas. La ternura la invadió, lloró de felicidad. Supo que aquel hermoso e invisible lazo de amor los uniría toda la vida.