DE DALÍ Y DE LIRIO.

Jose Luis Escobar

En 1916 artistas escandalizados por los acontecimientos de la Primera Guerra Mundial, se reunieron en la neutral Zúrich. La teoría de que la humanidad avanzaba inexorablemente hacia el progreso, resultó una burla a la vista de las batallas de Samme y Verdun. Estaban horrorizados. Cientos de miles dereclutas murieron en esas batallas de forma absurda y sistemática. Un sofisticado sistema de aniquilamiento de individuos de la misma especie, fue el resultado de lo que hasta entonces se había denominado “progreso de la humanidad”. Una generación entera pereció en La Gran Guerra. No fueron víctimas de la locura, sino de la razón práctica, es decir: de la cordura. De esas batallas no volvió nadie: En Somme y Verdún los jóvenes dejaron el cuerpo o el alma. Solo volvió el espanto y la locura, en el lugar que ocupaba su inteligencia y su voluntad. Ellos, no volvieron.

Los artistas de Zúrich, renegaron de toda herencia de la humanidad que había conducido a ese cataclismo. Renegaron de las costumbres, de la razón, de la moral, de las creencias, de la política, de la ciencia, de la belleza, de la filosofía, de la religión… La cultura había llevado al hombre a la barbarie y abjuraron de ella. La belleza y la técnica artística que emergieron en el Renacimiento murieron también en Verdum y Samme. Así nació el dadaísmo.

Tras la segunda Guerra Mundial el arte volvió a reaccionar aún más violentamente contra el pasado, contra la cultura que había conducido a la mayor catástrofe provocada por el hombre en toda su historia.

El dadaísta, solo tenía un lienzo en blanco en el que la cordura de Verdún y Somme, le había prohibido copiar técnicas y temas del arte anterior. ¿Qué hacer con el lienzo? ¿Cómo pintar? La pureza, pensaron, se conservaba en los niños e intentaron plasmar el mundo como ellos lo ven e incluso como lo pintan ellos. El arte de los niños, no resultó, precisamente, un arte para la eternidad.

Dalí, y otros con él, trataron de plasmar algo que nadie había hecho hasta entonces: Quisieron atrapar en un lienzo al ser misterioso, salvaje y desconocido que llevamos dentro y lo buscaron en los vericuetos de los sueños, en las sensaciones espontáneas, en los errores (esa gran fuente de sabiduría) en las ensoñaciones. Dalí persiguió a Dalí incansablemente, y cuanto más cerca creía encontrarse, más lejos se hallaba de sí mismo. Eso confesaba el artista, poniendo ojos de espanto, como si su alma, exhausta y sin resuello, estuviera asomada a un abismo o arrojada a él.

Por los andurriales de su alma, Dalí se cruzó con hormigas anidadas en su cabeza, contempló su rostro eviscerado, saltamontes cobijados en su sexo… El horror de Verdún, lo encontró Dalí en su propio espíritu, e invitaba al espectador a buscar en el suyo. Bajó al infierno y se ganó el derecho a pintar, no como los niños, sino como los ángeles, es decir, como Rafael. Analicemos solo dos de sus Cristos:

Pintó el Cristo de San Juan de la Cruz, tal y el místico lo vio en el Monte Carmelo. Rafael hubiera sacrificado, incluso su amor por la Fornarina, por concebir un Cristo así.

Unos años más tarde pintó el Cristo Hipercúbico, clavado en una cruz extraída de un cubo de cuatro dimensiones, cortado con escrupulosa exactitud, con un cuchillo de tres. La piedra cúbica simboliza la máxima perfección a la que puede llegar un hombre, si se trabaja y pule a sí mismo partiendo de su propia piedra bruta, sin desbastar. El cubo de cuatro dimensiones, simboliza una perfección que solo es alcanzable para un genio o acaso, para un dios.

Dalí plasmó en él la perfección sobrehumana y a los pies del Cristo, Gala en estado de arrobo, sin duda por la belleza y perfección de lo que estaba contemplando.

Dalí pudo caminar desde el infierno de su alma a una genialidad dotada de belleza emotiva, descriptiva, inefable, original y sublime. ¿Cómo lo hizo? Logró volver incólume de su infierno, de su Verdún y su Somme. Nos dejó una pista del secreto de su vuelta. Todos los grandes genios, véase la ilustración del artículo, pintaron lirios: Da Vinci, Bottichelli, Rafael, Lippi, Domenico, Veronese, Caravaggio… Todos simbolizaban con el lirio, la pureza del alma y todos fueron estudiados por Dalí. Plasmó el lirio más grande, lozano, blanco y hermoso de todos los lirios que se han pintado nunca, emergiendo de las entrañas del propio Dalí. Tropezó con la pureza de su alma, alimentándose del estiércol que encontró en ella: El lirio del Gran Masturbador, fue el hilo de Ariadna que le condujo intacto, desde el infernal laberinto donde se buscaba a sí mismo, al cielo del Cristo Hipercúbico que mostraba una realidad que no puede percibirse con los sentidos, pero que existe. Más allá del mundo material y físico, -el mundo metafísico- solo pueden penetrar las almas que bajaron hasta el infierno y lograron salir de él, con el lirio de los genios.

 

Nota.- La Fundación Gala-Salvador Dalí no permite utilizar fotografías de sus

cuadros, pero pueden verse en Internet.

EL GRAN ARTE II.- LA PIEDAD Y MIGUEL ANGEL

En el anterior artículo examinamos la obra de Edipo Rey de Sófocles. Concluíamos que la razón por la que es una de las mayores obras del ingenio del hombre, es que el material con el que trabaja el autor es el espectador, cuya psique, Sófocles esculpe con el terror y la piedad. Ese es el objeto del gran arte.

Hay pocos artistas, en la historia de la humanidad que logren semejante hazaña. Puede que Miguel Ángel, El Divino, sea uno de ellos.

Examinemos la Piedad del Vaticano: La pietas para los romanos era el amor y lapiedad vaticano fidelidad que el hijo sentía hacia sus padres y por extensión, a su familia, a su historia y a su patria. Es una de las pasiones más violentas y arrebatadoras que puede experimentar el ser humano. Fue la virtud más valorada por los ciudadanos romanos, la que hizo de Roma un imperio. Se representa con la imagen del fundador mítico de Roma, Eneas, huyendo de Troya en llamas, con los penates (dioses) familiares en una mano, su hijo de la otra y cargando sobre sus hombros, penosamente, con su anciano padre. Era la imagen de la derrota y también la viva imagen de la piedad. Padres, patria, raíces (penates) y tribu, son el objeto de la piedad.

Salta a la vista que en la escultura de La Pietà del Vaticano de Miguel Ángel, deberíamos encontrar la piedad en la expresión del amor que el hijo debe mostrar hacia su madre. Pero el hijo está muerto. La estatua no puede expresar la piedad. La obra es ajena a esa pasión.

piedad vaticano detalleAl contemplar el rostro -bellísimo- de la madre, con esa expresión de dolor sereno, el espectador se siente conmovido de un modo violento, doloroso y profundo: ¡Ahí está la piedad! No está en la obra. Está en el propio espectador que reacciona ante el dolor de la madre. El material de trabajo del artista es el espectador, no la piedra. El mármol frío, la arrebatadora belleza de la escultura, no es más que un instrumento para trabajar el espíritu de quien la contempla, hundirse en su fondo y sacar de él uno de los sentimientos más intensos,violentos y sublimes del ser humano.

Miguel Ángel continuó toda su vida reflexionando sobre esta idea. Tras la del Vaticano esculpió la Piedad Palestrina, la Piedad Florentina y la muerte le sorprendió esculpiendo la de Rondandini, su última e inconclusa obra.

La Piedad de Rondandini, fue realizada 65 años después de esculpir la del Vaticano.rondandini Hay quien apunta que Miguel Ángel se esculpió a sí mismo en la figura del Cristo inerme, en los brazos de su madre. Si esto fuera cierto, Miguel Ángel habría ido mucho más allá de la pietas romana:

Escultor y a la vez esculpido, redentor y a la vez redimido, vivo con el cincel y a la vez muerto, inerme, sostenido por la madre, Miguel Ángel abre una ventana, para contemplarse (o contemplarnos) fuera del tiempo y del espacio. Quizás sea así como en realidad somos, o acaso, como Dios nos ve.

Jose Luis Escobar

Ilustraciones: Piedad del Vaticano y Piedad de Rondandini.

LA CENA SECRETA (de @Javier_Sierra)

Por Manuel Avilés

Estamos ante una novela de Javier Sierra que no sé muy bien como calificar: Novela de intriga y policíaca. Novela histórica o Novela sobre el arte. No sé muy bien como calificarla porque puede ser y es las tres cosas dichas anteriormente.

Javier SierraNos situamos en los años finales del siglo XV en la ciudad de Milán. El Duque de Milán es Ludovico el Moro y su esposa es la preciosa Beatriz del Este, que murió a los 22 años al dar a luz un niño que nació muerto. Ambos, llenos del espíritu italiano del Renacimiento – se acababa la Edad Media y florecían todas las artes en un mundo en el que el hombre quería ocupar el centro- protegían a pintores, escultores y artistas de todo tipo. Auténticos mecenas renacentistas.

Uno de sus protegidos Leonardo Da Vinci – prototipo de hombre universal que sabía de todo e intentaba con éxito tocar todas las artes- recibe el encargo de un cuadro piadoso en la Iglesia de Santa María Della Grazie. Se pone manos a la obra y comienza el fresco de la Santa Cena en el refectorio del monasterio dicho.

En esa época gobierna la Iglesia un papa sinvergüenza y español, Alejandro VI, el papa Borgia. En toda la historia de la Iglesia solo ha habido dos papas españoles: Calixto III y Alejandro VI. El primero era tío del segundo y fue el tío quien aupó al sobrino hasta Roma, donde su afán de poder y su capacidad de manipulación hicieron el resto. Baste decir como ejemplo que el papa Borgia, Alejandro VI, tuvo – que se sepa- cuatro hijos con la italiana Vannoza Catanei, que era, como se diría ahora, su pareja sentimental a los ojos de todo el mundo. Inspirándose en uno de esos cuatro hijos – César Borgia- se dice que escribió El Príncipe Nicolas Maquiavelo.

En el monasterio de Santa María Delle Grazie, bajo la protección del duque de Milán, Leonardo Da Vinci comienza a pintar “La última cena”. Mientras Leonardo trabaja en la cena evangélica, un anónimo, al que el autor se refiere como el Agorero, escribe cartas al Papa sobre supuestos significados ocultos en la pintura. Ocultos y heréticos. El Papa manda a un inquisidor a investigar y he ahí la trama de la novela que ya no puedo contar con más extensión porque está prohibidísimo reventar las buenas novelas. Las malas ni se leen.