Donde habite el olvido

Hace tiempo que no os dejo ningún poema de mi colección de favoritos. Hoy, por circunstancias, me ha venido este gran poema de Luis Cernuda a la cabeza. Dedico este post a nuestro querido colaborado Rafa Zamorano, un gran estudioso de la obra de este autor de la generación del 27.

DONDE HABITE EL OLVIDO

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo solo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allá donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

La niña mala

Por Manuel Avilés

En verano, en teoría, tenemos más tiempo libre. Una de las posibilidades – la menos creativa de todas- es el “dolce far niente”, el dulce no hacer nada, dejarse llevar por la vagancia y acunarse en sus brazos. La otra, más productiva, junto al mar o en el secano, en la montaña o en el desierto – en los barcos o en los aviones no, que saben que los odio mortalmente-. Una posibilidad productiva y enriquecedora es la lectura. Los libros nos hacen viajar, nos dan ideas, nos hacen vivir mil vidas que hacemos nuestras sin movernos del sillón, siempre que estén bien escritos. Nos hacen amar, odiar, matar y crear desde la nada, desde algo tan etéreo como la palabra –bien escrita-, unos caracteres puestos negro sobre blanco.

No siempre vamos a leer éxitos de ventas. No siempre vamos a estar con el último pelotazo del grupo editorial dominante.

Me preguntaba el otro día una persona, a la vez que me regalaba el oído – qué bien escribes, decía mintiendo y haciendo de bálsamo para un narcisismo imposible, que no hay nada más imbécil que un abuelo presumiendo de ojos verdes-. Me preguntaba, insisto: ¿Qué tengo que hacer para escribir bien? Lo primero es leer mucho, leerlo todo. Leer de día y de noche, en la cama o en el sofá, a solas o en compañía, leer. Nadie, absolutamente nadie que no lea, puede escribir ni medianamente bien.

En la calima veraniega, olvidado de Dios y de los hombres, como un Diógenes alicantino que ha cambiado el candil y la estatua por un olivo centenario, me dedico en mi jardincillo minúsculo a releer clásicos.

Incluso – recuerden que Groucho Marx cambiaba toda su fama y su dinero por una buena erección a tiempo- he llegado a tener dos amagos de orgasmo con “Las travesuras de la niña mala” de Don Mario. No Conde, como diría aquel antiguo director cesado de Meco, sino Don Mario Vargas Llosa. “Las travesuras de la niña mala” es, sin ningún género de dudas y para mí, la mejor obra del Nobel a la que, por ejemplo, los “Cuadernos de Don Rigoberto” o “Pantaleón y las visitadoras” – para guarniciones, puestos de frontera y afines-, ni se le acercan.

Resumamos, que ya saben la máxima que jamás he traicionado: Esta prohibidísimo destripar una novela.

Hay dos protagonistas fundamentales, ambos peruanos como el autor, aunque la novela tiene lugar esencialmente en “el país de la claridad cartesiana”, Francia.

Lily, la chilenita, luego la camarada Arlette – una comunista revolucionaria- luego madame Arnoux, luego Mrss. Richardson y luego mil más, es una mujer inclasificable. Dueña de una pseudología fantástica irrefrenable, de un magnetismo imposible de evitar, hace caer en sus redes a Ricardo Somocurcio – Ricardito, así, en diminutivo, para dejar clara la dependencia, la esclavitud que padece en relación con la niña mala que da nombre a la novela con sus travesuras-. A Ricardito y a quien se le ponga por delante.

Ricardito es un peruano que sale del Perú natal y aterriza en París. Encuentra trabajo como traductor de la Unesco y ve tranquilizada – económicamente- su existencia, con los sesenta mil dólares, un fortunón para la época, recibidos en herencia de su tía Alberta, una solterona con un único sobrino al que dejarle todo.

Ricardito no tiene vida. Colgado irremediablemente de Lily, de la camarada Arlette, de madame Arnoux, Richardson o como sea en cada momento, soporta sus cuernos, sus caprichos, sus infidelidades reiteradas y multitudinarias, su matrimonio con un “calvito bizco.., con bigotito de mosca y anteojos de espesos cristales”, cuya única cualidad era la posición que a Lyli o a la camarada Arlette le faltaba, el colocarla en el seno de una intensa vida social de cocteles, cenas, recepciones donde podía codearse con el “tout Paris”. Un marido cornudo permanente que alimentara sus delirios de grandeza, su esnobismo, su mundo deslumbrante de frivolidad. Un marido cornudo y otro, y otro más.

img_art_11369_3513Ricardito está atrapado en una relación tormentosa y tóxica, descuadrado, inerte, incapaz de reaccionar y a merced de los caprichos de una auténtica tirana, una devorahombres que con sus habilidades sociales, su hacer que te sientas el más importante del universo cuando está cerca de ti y te mira, esclaviza y hace un pelele, al hombre que tiene enfrente incapacitado para soltarse del veneno que ella supone. Enamorado como un becerro y babeante con la gracia más tonta, ante la ocurrencia más patosa, ante la trastada más infame que soporta con el estoicismo de un autista para quien no existe otra realidad que la Lyli o Arlette, lacerante. Ricardito es una marioneta. Ella lo mueve al compás de cada capricho, de sus travesuras de niña mala que, más que travesuras inconsistentes, son auténticas putadas, un potro de tortura.

Ricardito: Si solo te tuviera como amante a ti, andaría como una pordiosera – le susurró al oído para acabarlo de matar-.Solo me quedaría para siempre con un hombre que fuera muy, muy rico. El dinero es la única felicidad que se puede tocar – le dice-. Empecinado, Ricardito, ni muerto aprende.

Genes

Eduardo Boix

Decía Sabina en una canción: “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Esos versos son un dardo certero en el corazón. A veces los recuerdos se agolpan como caballos a la salida del hipódromo. En este año extraño que estoy viviendo esos versos se han vuelto como una verdad universal, tanto como el amor que profeso por mi padre. En estos días extraños en que el bicho dichoso combate con mas virulencia que nunca hace que mis miedos afloren antes, con mas vehemencia, con toda la fuerza que el tema requiere.

Cada vez tengo más la sensación de que me voy a quedar con cosas que hacer en la vida. Se está instalando en mi un miedo que nunca ha existido. Tengo miedo a la muerte. No al dolor, al hecho de no volver a ser, de no estar en este mundo. Sobre todo tengo miedo a que mi padre no esté. Me viene a la memoria una entrevista que me hizo el programa La libélula de radio 3, la compañía de mi padre en los estudios de radio nacional en Alicante. Sus ojos, su orgullo. Siempre he tenido la certeza que me han faltado momentos para estar con él. Desde que enfermó allá por 1996, siento la necesidad de protegerlo, de que nada le pase. Vivir asi en parte es una tortura, no descanso casi no duermo, el pánico se apodera de mi. Repaso cada día los instantes que soy feliz con él, nuestras sonrisas y nuestras discusiones, somos muy de discutir va en los genes de los Boix.

Desearía echar atrás en el tiempo. Intentar avisarle que se cuidase más en su juventud, que no hiciese tantas burradas con la alimentación, que no fumase, que disfrutase más de la vida. Pero no lo puedo hacer, solo me queda estar a su lado y disfrutar lo que nos deje la vida estar juntos.

Mi recuerdo es más fuerte que tu olvido

Por Manuel Avilés

PALOMA SANCHEZ GARNICA.- PREMIO FERNANDO LARA DE NOVELA 2016.-

La autora entreteje con maestría una auténtica novela coral por la abundancia de personajes que se relacionan, se mezclan, se encuentran, se rechazan y se odian. Comienza con suavidad, casi como si de una novela rosa o costumbrista se tratara y va ganando en intensidad, en conflictos, en pasiones desatadas y en iras o en vergüenzas, que de todo eso atesora el ser humano como para dar y vender. Debajo de las “familias bien”, de buena sociedad, católicas practicantes y magníficamente relacionadas a todos los niveles, no es infrecuente que aniden sentimientos rastreros, odios inveterados ni situaciones ocultas que todos se empeñan en no confesar.

SE demuestra Paloma Garnica como una fabuladora de primerísima magnitud capaz de crear tensión, intriga y suspense, enredando al lector en sus líneas de las que resulta difícil despegarse.

No se priva este recuerdo más fuerte que el olvido de ningún ingrediente presente en la literatura desde que el hombre comenzó a poner historias por escrito: Relaciones cruzadas, líos de faldas, hijos ilegítimos, bodas de conveniencia y ruinas familiares.

Hay más en esta novela que, poco a poco y conforme va aumentando la tensión entre sus personajes, se vuelve casi novela negra, perdiendo el candor y la suavidad que le atribuíamos en sus inicios: hay asesinatos difíciles de esclarecer, ruinas empresariales y abortos clandestinos para seguir preservando el nombre de la buena familia que, el lector descubre, cada vez lo es menos.

Carlota es la protagonista principal de la novela, una hija ilegítima que ha arrastrado durante su infancia el estigma de “no tener padre conocido” aunque todos supieran quien era, ha arrastrado el ser bastarda – termino que hoy significa poco, el hecho de ser hijo de madre soltera pero que hace cincuenta años significaba un mundo- y lo ha superado a base de fuerza de voluntad y de forjarse una personalidad fuerte. Carlota es jueza y, las vueltas que da la vida, su existencia discurre por derroteros mucho más sólidos que aquellos por los que caminan quienes son su familia no reconocida.

Y hasta ahí puedo contar porque ya sabéis que esta “prohibidísimo” destripar las novelas. Solo insistir en algo ya dicho: lo que podría parecer en sus inicios una novela casi rosa, deviene en una obra turbulenta y negra que atrapa nuestra atención haciendo que cueste trabajo aparcar la lectura.