Inés y don Alonso

Este es el último relato de la serie “La carne de Eva” que nos deja Casaseca. Pronto volverá con una nueva serie basada en su segunda novela.

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Por Casaseca

Don Alonso se casó sin amor como antes de él lo habían hecho sus padres, y mucho antes sus abuelos y todas las generaciones anteriores a la suya desde que la diosa fortuna los llenó de dinero y hubieron de empezar a preocuparse por la clase de personas con la que habrían de compartir sus riquezas, en vez de hacerlo de los latidos que en ocasiones habitan en el corazón y lo descompasan.

A pesar de todo, a don Alonso le fue bastante bien. Inés era dócil, era bella y era conocedora del lugar que ocupaba y de cómo tenía que comportarse tanto en la casa como en la calle. A don Alonso también le agradó de su recién estrenada esposa la capacidad organizativa que mostró desde el primer día de casada. La muchacha, a pesar de su extrema juventud, tomó las riendas de una casa que no había visto por dentro antes de la noche de bodas y dejó a todo el servicio perplejo con sus dotes de mando y su carácter risueño de niña a medio terminar. Inés no solo sorprendió gratamente a su marido y a los criados de la casa, también se ganó en poco tiempo el beneplácito de su suegra, que había sido la que la había escogido para su único hijo de entre todas las muchachas casaderas del pueblo y alrededores, aunque jamás, ni en sus más optimistas augurios, llegó a pensar que hubiese acertado tan de pleno con la mejor de las candidatas.

Don Alonso y su madre comentarían desde el mismo día de la boda el feliz acierto que había tenido esta al escogerla, y desde ese momento fueron muchos los encantos de Inés que entre los dos sacaron a colación en sus parlamentos de confesionario a media voz. Pero lo que don Alonso jamás le contó a su madre fue que la más grata y dulce de las sorpresas se la había llevado en el tálamo. Y que en la intimidad era tan feliz que las sonrisas se le derramaban a cualquier hora del día y en los momentos menos pensados: trabajando una madera, conversando con un oficial ebanista, tratando con un proveedor o con un cliente…

Una vez pasado el primer y amargo trago de la desfloración, donde los nervios y la inexperiencia jugaron en contra de la recién casada, Inés se desenvolvió siempre en el lecho conyugal con la soltura y la disposición de los que se preocupan más del placer dado que del recibido. La chiquilla disfrutaba de su cuerpo y del de su marido con cada juego, con cada caricia…, y a don Alonso le complació tanto que su mujer holgase con él de manera tan natural, que se olvidó por completo de frecuentar las casas de putas de las que había sido cliente habitual desde antes incluso de necesitar barbero.

La inagotable luna de miel se prolongó a lo largo de varios meses. Cada noche don Alonso acudía con su incendio de amor y sexo, y cada noche quedaba colmado y extinguido por igual en el pozo sin fin que había resultado Inés.

La muchacha fue complaciente al principio, mientras no supo que otra cosa ser, pero luego, una vez hubo aprendido a libar del néctar del amor compartido y la confianza entre los amantes se hizo firme y libre de fisuras, se volvió exigente con su cuerpo, y quiso suplir con imaginación lo que de experiencia le faltaba. El cambio fue tan gradual, tan sutil, que el esposo no lo notó hasta que la metamorfosis fue completa. Y entonces, lejos de enfadarse por haber perdido a manos de su esposa el cetro que se suponía que debía sustentar, aprendió a ser siervo del placer y a disfrutar con cada asalto que perdía bajo el peso siempre liviano de su única dueña, a dejarse acunar por los orgasmos y a vencer con cada derrota de su virilidad, con cada éxtasis y con cada noche de aprendizaje entre las firmes caderas de Inés, entre sus tersos pechos, bajo su vientre de algodón…

La felicidad fue plena y no necesitó más que de sus cuerpos para existir hasta que a mediados de otoño, y durante veinte días seguidos, ella no pudo complacerlo, a pesar de haberlo intentado con todas sus fuerzas. No fue culpa de la muchacha, sino de una gripe que casi la arranca de este mundo.

Contrariamente a lo que los hombres del pueblo pensaron, no fue la falta de sexo y el aburrimiento conyugal lo que llevó a don Alonso de vuelta a los prostíbulos, ni mucho menos, sino las exigencias de las costumbres de su tiempo, de las que era tan prisionero como todos los demás. El pueblo entero era consciente de que los burdeles estaban llenos de hombres casados, y de que sus esposas lo sabían y transigían con ello porque así había sido siempre.

Habían pasado seis meses completos desde la noche de bodas, y en ese tiempo no había sentido la necesidad de engrosar la nómina de los infieles consentidos que se encuentran sin más en las casas de perdición. Pero durante la primera de las tres semanas que tuvo que sobrevivir sin el sexo de Inés, en la que las energías sin usar le estorbaban para dormir y la cercanía del cuerpo yacente de la joven esposa lo mantenía en un fuego eterno que consumía su pensamiento y despertaba sin avisar al dragón que reinaba en su entrepierna desde la noche de bodas, le dio por pensar que seguramente se había convertido sin saberlo en el centro de las burlas de sus antiguos compañeros de farra, que todos se estarían preguntando por qué aún no había vuelto por el lupanar tras más de medio año de ausencia, y que a ese asunto habría que ponerle remedio más pronto que tarde. Luego, en un afán por justificarse que no necesitaba, se convenció de que la enfermedad de Inés podía muy bien deberse a un uso excesivo del consagrado matrimonio que compartían, y que era por eso para lo que existían las putas, todas ellas bien entrenadas en los menesteres de los negocios de la carne, para absorber las necesidades de los libidinosos maridos que de verdad aman a sus mujeres y no desean provocarles enfermedades innecesarias, o incluso, en última instancia, la muerte.

Estaba decidido, tras la cena a la que la esposa no pudo acudir por falta de fuerzas que la sostuvieran, abandonó el hogar, caminó unos cuantos centenares de metros con el pensamiento aún rebuscando un resquicio de duda entre las sábanas conyugales y entró con paso firme al prostíbulo. Desde la mitad de la estancia que servía como recibidor, saludó a la parroquia, se bebió apenas la mitad del contenido del único vaso de vino que pidió que le sirvieran, aguantó con paciencia de Nazareno el chaparrón de chistes sin gracia que los amigachos que allí encontró le dedicaron y se metió a una de las habitaciones a fornicar un sexo sin vicio con una cualquiera de las putas que encontró desocupada.

La cópula fue tan insatisfactoria como cabía esperar que fuese. La desorientada meretriz no podía entenderlo como lo entendía Inés. No sabía como tocarle, ni tenía idea de las cosas que le gustaban. Don Alonso falseó un orgasmo de compromiso, se vistió en silencio, pagó y se fue. Mientras duró la enfermedad de su esposa, visitó el prostíbulo en otras dos ocasiones solo para demostrarse a sí mismo que no se había equivocado en su primera apreciación.

Una nube negra y despiadada se había adueñado de su alma desde el encuentro con la primera de las meretrices, y no había hecho sino crecer y solidificarse a lo largo de los días siguientes. Don Alonso no entendía cómo su mujer, una chiquilla supuestamente sin nociones de la vida nocturna, podía satisfacerle más y mejor que las profesionales que estaban acostumbradas a dar placer a cambio de dinero. Su imaginación se alió con las noches en blanco y los largos días sin una ocupación verdadera, y se convirtió en su peor enemiga.

La idea de que Inés tenía experiencia previa al matrimonio se había alojado sin remedio en sus pensamientos a pesar de que él mismo había visto con sus propios ojos el miedo reflejado en el rostro de su esposa en la noche de bodas y el manchurrón de claveles carmesíes en las sábanas nupciales a la mañana siguiente.

Se le agrió el carácter, le retiró el saludo al mundo y decidió que no entraría a visitarla mientras durase la convalecencia.

Don Alonso solo volvió al lecho conyugal cuando fue demasiado obvio que Inés estaba completamente restablecida y ella entendió la vuelta del marido de la única manera que sabía: como el anuncio de la reanudación de su actividad sexual.

Su piel tenía hambre de la piel de su hombre, su cuerpo era fuego en busca de más fuego y su sexo era una súplica nerviosa y estremecida cuando extendió la mano para alcanzar el pecho al que llamaba su hogar y se encontró con una espalda fría, indolente y casi sin vida.

Con la punta de los dedos, llamó a una puerta a la que hasta aquel día nunca había necesitado llamar porque siempre la había encontrado abierta. Y él la rechazó haciendo uso del peor de los desprecios: la indiferencia.

—¿Qué te pasa? —Quiso saber Inés al borde del llanto.

—Nada —respondió don Alonso.

—¿Ya no me quieres? —Preguntó Inés disfrazando su inquietud de una risa nerviosa que soliviantó aún más a su marido.

Don Alonso se revolvió en la cama. Sabía que no podría dormir con aquel palpitante volcán respirando junto a él. Cuando la enfrentó empuñando una mirada que parecía forjada en las profundidades de un oscuro glaciar, la encontró envuelta en lágrimas. Un ligero temblor involuntario se había adueñado de su labio inferior. Descubrió que, a pesar de haberse ido cargado de razones para despreciarla, la deseaba con cada átomo de su maltratado cerebro. Sintió el deseo irrefrenable de lanzarse sobre ella y sentirse completo de nuevo. Pero se lo aguantó a duras penas, antes de nada, necesitaba saber, así la sabiduría adquirida le matase por dentro para siempre.

—¿Quién te enseñó a dar placer así? —Preguntó al fin escupiendo cada palabra con la rabia de un animal salvaje.

A Inés le llevó apenas un par de segundos entender la pregunta de su esposo, pero nunca llegó a comprender el significado real de lo que este le demandaba, entre otras cosas, porque él nunca quiso, después de esa noche, aclarar el malentendido.

Inés, durante los meses de lujuria que había durado la luna de miel infinita, había vivido en el convencimiento de que las cosas que le hacía a su marido y lo que él le hacía a ella lo habían disfrutado por igual, pero se ha llenado de dudas en un solo instante de incertidumbres mal sembradas.

—¿He hecho algo mal? —Quiere saber Inés.

—Deja de preguntar, y dime quién te ha enseñado.

Inés está asustada. Don Alonso nunca le había gritado. Le da miedo responder, y que su marido la golpee. Suspira con fuerza para reafirmarse en su interior. Sigue sin entender que ha podido hacer mal.

—¡Habla ya, mujer!

Don Alonso la agarra por los brazos con violencia y la zarandea.

—Tú. Tú me has enseñado —responde por fin a una pregunta que ella había tomado por retórica. Nuevas lágrimas de desconsuelo e incomprensión recorren su rostro. A don Alonso le parece que está más hermosa que nunca—. Solo dime qué estoy haciendo mal y trataré de hacerlo mejor.

No era la respuesta que don Alonso esperaba oír, o tal vez sí. Cierra los ojos para no tener que enfrentarse a los de Inés que suplican compasión mientras le busca la boca y lo besa. Una descomunal erección lo apresa. Ella se abraza a él en busca de un perdón que no entiende, pero que necesita y él entra en ella para encontrar el hogar que ya nunca abandonará. Ninguno de los dos vuelve a hablar hasta que el sol de la mañana los encuentra exhaustos y redimidos. Convertidos en anatomías sin tensión después de haber aguantado un asalto tras otro los golpes sordos que producen los cuerpos que se encuentran en cada respiración.

—¿Alonso?

Tienen los ojos cerrados.

—Dime.

Y cada poro dilatado.

—¿Lo he hecho mejor?

Casi no queda aire que respirar.

—Sí.

Pero aún intentarán buscar algún resto bajo las sábanas…

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Dioniso (@la_carne_de_eva)

Dionisio, desde que desembarcó en Portugal, parece feliz, aunque eso no siempre fue así. Había nacido en Puerto Rico cuando todavía los grandes terratenientes de ultramar utilizaban esclavos en sus grandes plantaciones de caña de azúcar. Sus padres, esclavos como él, fueron separados al poco de nacer Dionisio. Y él se quedó con la madre, como era costumbre entre los esclavistas, en espera de que pudiese ser vendido o puesto a trabajar en la hacienda a la que pertenecía.

Para la madre de Dionisio la libertad fue siempre algo sin forma específica, tan deseada como imposible de alcanzar, un intangible que ocupaba un espacio real en sus noches en vela y que no hubiese sabido explicar, pero que anhelaba con todas sus fuerzas.

La joven madre no quería que su hijo viviese en el mismo limbo existencial en el que ella estaba perdida sin remedio desde que tenía edad para recordar. Por eso, una noche de estrellas infinitas, con el niño en brazo y el miedo asomando en cada esquina, recorrió el puerto en busca de un barco que no fuese español para entregar a su hijo en una especie de adopción sin trámites ni garantías para el pequeño, y que tenía como único resultado cierto los latigazos que a la mañana siguiente sentiría en su espalda de negra irredenta. El barco elegido tenía pabellón portugués y el marinero que recibió a Dionisio envuelto en lágrimas, una mirada sin culpa en la que se reflejaban temblorosas dos mellizas de la luna.

Dionisio se agarró con fuerza de las faldas del marinero que lo recogió cuando se dio cuenta de que era lo único que le quedaba y ya nunca se soltó de ellas. Aprendió a hablar el portugués en menos de un mes, y a casi olvidar el español por muchos años. Aprendió a marinar y mercadear como si del mejor súbdito de la corona Lusa se tratara. Y se hizo duro por fuera, resistente a las mareas de cuantos mares surcó y sordo sin remedio a los bellos cantos de las sirenas. Pero fuera de las faldas de Anfitrión, Dionisio fue un niño asustado, luego un adolescente retraído y después un joven sin empujes ni anhelos.

Muchos años después, en medio de un agosto templado, mientras bordeaban el cabo de San Vicente, el marinero posó sus ojos sobre la tierra de sus antepasados y decidió que ya había navegado lo suficiente, que los ahorros que tenía casi le alcanzaban para sus planes de jubilación, y que lo que le faltaba bien podía conseguirlo uniendo fuerzas con Dionisio.

El marinero acababa de cumplir cincuenta y tres, Dionisio diecinueve. El muchacho no había gastado ni uno solo de los réis plateados que cobraba semanalmente por su trabajo. A pesar de eso, Anfitrión fue el que más aportó a la empresa común.

Desembarcaron en Faro, compraron una vieja casona llena de escombros y ratas junto a la zona portuaria, y en menos de un año de partirse el lomo a diario la trasformaron en una magnífica hospedería que además era restaurante de día y casa de fados al anochecer.

Fue entonces, al poco de inaugurar, que el marino se puso a buscar esposa no sin antes dejar constancia ante notario de que la propiedad y sus beneficios pertenecían en partes iguales a ambos socios.

—Estos papeles no hubieran hecho falta, pero es mi deseo casar y tener descendencia, y los hijos y las mujeres que menos aportan a la hacienda familiar suelen ser los más avariciosos con las herencias —Se explicó Anfitrión ante el notario y Dionisio sin que ninguno de los dos le hubiese hecho pregunta alguna.

Y no le faltaba razón, porque cuando murió el marinero treinta años después, Dionisio, que andaba ya por encima de los cincuenta, tuvo que salir huyendo de la ciudad con lo puesto y sin dinero para evitar que lo mataran los hijos de su antiguo socio. Pero eso fue mucho después, en la otra vida que aún le quedaba por vivir. En esta, a Dionisio le gustaba andar siempre atareado, sentirse útil, aprender a cocinar, a desvestir una cama, a comprar carnes y pescados y verduras frescas en el mercado. Y las pocas veces que se quedaba sin nada que hacer, corría todo el día y gran parte de la noche en busca de quehaceres imaginarios para luego caer rendido en su cuarto, dichoso de sentirse su propio dueño un día más.

Al marinero le gustaba verlo contento, observar como su alma de esclavo aprendía a vivir fuera de la cadenas que un día pusieron en su mente y no había sido capaz de sacarse en alta mar, donde más libre debería haberse sentido. —Quizás tanta inmensidad de golpe, tanto azul sin fronteras, dejó pasmado al muchacho, y tan solo ahora está aprendiendo a que uno es tan grande como quiera sentirse—. Se alegraba a medias el marino.

Porque había algo que le preocupaba, algo que no estaba bien. Dionisio era tan dueño de aquella hospedería como él, incluso más, porque, aunque era cierto que tan solo había aportado una quinta parte del dinero que se necesitó para poner en pie la empresa, había trabajado, y aún lo hacía, hasta la extenuación todos los días desde que adquirieron aquel edificio en ruinas, y eso valía para él mucho más que todos los réis del antiguo imperio juntos.

Y eso precisamente era lo que preocupaba al viejo Anfitrión: que trabajase tanto, que no se permitiese un descanso, que no disfrutase, ahora que podían permitírselo, de un día de asueto, o de una noche en el casino, o de una cama caliente en el burdel de hombres solos que estaba en la ciudad vieja. Al marinero le dio entonces por pensar que lo que buscaba Dionisio era no tener un solo momento libre para no tener que pensar en otro tiempo que no fuese el actual. Para no acordarse de su madre, de la que jamás hablaba, o de la vida de esclavo que apenas llegó a entrever y que hubiese tenido que vivir sin remedio hasta el final de sus días.

Anfitrión pensó durante muchas noches de insomnio la forma de acercarse al muchacho para que este le abriese su corazón, pero no se le ocurrió ninguna manera de hacerlo sin violentarlo. Así que una mañana fresca, sin saber lo que le diría, lo llamó a su lado. La conversación que mantuvieron le hizo darse cuenta de que las heridas del alma no cicatrizan con el tiempo.

—¿Por qué no dejas de correr, y te sientas conmigo un rato?

Dionisio obedeció.

—¿Quieres un vino?

—No, gracias.

—¿Qué ibas a hacer ahora?

—Iba hacia la cocina a ver que hace falta. Más tarde quiero ir al mercado —dijo Dionisio con una sonrisa.

—Eso está bien. ¿Pero por qué no mandas a uno de estos a que te haga una lista de lo que necesitan los cocineros, te estás aquí conmigo un rato y luego vas al mercado?

Dionisio calló y miró al suelo en busca de una escapatoria. No la había. Se levantó y se acercó a uno de los mozos que trabajaba en la hospedería.

—Dice el amo que te acerques a ver que necesitan los cocineros del mercado y que le traigas la lista.

El mozo salió corriendo y él volvió a sentarse junto al marinero.

—Tú sabes que eres tan amo como yo, ¿verdad?

Dionisio se encogió de hombros.

—¿Por qué no das entonces las ordenes en tu nombre en vez de estar todo el día corriendo de acá para allá?

Dionisio volvió a encogerse de hombros. No quería enfadar a su socio con su respuesta. Miró hacia la puerta por la que tendría que volver el mozo con la lista que se le había solicitado, pero todavía no aparecía. Se volvió a mirar a su querido Anfitrión. Los ojos del marinero lo miraban cachazudos y bondadosos, llenos de un mar tranquilo que jamás lo abandonaría. Dionisio sabía de sobra que, dijera lo que dijera, su amigo no se enfadaría, aun así, todavía demoró un poco más la respuesta.

—Yo no quiero ser dueño de nadie.

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Luzía Gadanha (de @la_cane_de_eva)

Luzía Gadanha es diminuta y arrugada. Pareciese como si la carga de todos los años que ha ido cumpliendo la hubiesen aplastado contra el suelo convirtiéndola en un burdo remedio de lo que un día no tan lejano llegó a ser.

Gadanha habla español sin acento, pero cuando tiene que echar cuentas de lo que cobrará por sus servicios de curandera o de matrona los números le salen en portugués a pesar de llevar una vida entera viviendo en Malcocinado.

Si queremos hacer honor a la verdad, no se puede decir que la pequeña matrona viva en Malcocinado, sino en un minúsculo aunque laberíntico cortijo que su difunto esposo empezó a construir cuando Luzía quedó encinta de su primer hijo, hasta entonces habían vivido bajo el único ojo del único puente de piedra que cruza del arroyo Manchona. El inofensivo arroyo baja seco gran parte del año, pero es capaz de convertirse en el más despiadado y mortífero de los ríos por el capricho de cualquier tormenta sin rumbo.

Al cortijo, que en un principio fue una pared de piedras amontonadas junto a un chamizo, se le han ido practicando anejos según se han ido necesitando. Ahora, además de la diminuta viuda, viven en él sus dos hijos con sus dos esposas, todos ya casi tan viejos como Gadanha, sus siete nietas con sus maridos y una recua de bisnietas sin nombre que se empeñan en seguir naciendo hembra año tras año.

Hasta el año anterior aún se sintió con ganas, a pesar de su centenario cuerpo, de asistir a la nueva partera, una de sus bisnietas, a traer al mundo a los siete varones y cuatro hembras que nacieron en la comarca.

Pero eso fue el año pasado, porque la vieja partera ha decidido, desde que el mes de enero lo anunciase con heladas descarnadas, que el corriente será el último. Y desde entonces espera sentada en su destartalada silla de enea, junto a la eterna lumbre del hogar, a extinguirse para siempre.

Desde allí rumia en silencio sus últimas horas, que ya van para tres meses, sin hablar con nadie ni responder a provocaciones —¿Quiere usted que la enterremos con la silla, abuela?—, ni a halagos —¡Con lo que usted ha sido, madre, y que se vaya a dejar morir así…, tan pendejamente!—. Pero cuando todo está en silencio, cuando toda la chiquillería se ha ido a dormir por entre los vericuetos de la intrincada casa; cuando sus nietas y esposos huelgan, o fornican, o planean un porvenir que los haga sentir vivos; cuando sus hijos y sus nueras están en la cama peleándole a la noche unas horas de sueño que los mantenga alejados de los pensamientos mortales que los acechan, Gadanha conversa sin parar en un murmullo frenético que alcanza hasta el alba.

Junto a ella, su querido esposo, tan joven y apuesto como el día en que murió, la escucha y asiente. De pie, en medio de los dos, la parca los mira sin mostrar pena o alegría, como la espectadora sin opinión que siempre ha sido.

Hoy no ha sido diferente. Tiene la garganta estragada por el esfuerzo. Un nuevo día se anuncia a través de la ventana. Para cualquiera que mirase en ese momento al cielo seguiría siendo noche cerrada, pero la vieja Gadanha ha aprendido a leer en los tonos azulados de la estela invisible de los luceros la proximidad del sol. Calla un momento. Le gusta mirar los rescoldos de la lumbre apagándose bajo un manto de ceniza estéril. Habría que levantarse a llenar el caldero de agua y luego avivar el fuego del hogar. No lo hará. El fantasma de su marido ensaya una sonrisa sin maldad antes de desvanecerse. La muerte da un paso atrás y empuña la guadaña.

—Estoy lista —dice la vieja partera.

—Aún no es tiempo —responde la muerte.

—¿Cuándo lo será?

—Eso nadie lo sabe.

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Felisa (de @la_carne_de_eva)

Felisa (de @la_carne_de_eva)

Felisa no tiene una hora fija para llegar a trabajar, nunca ha tenido reloj, y aunque lo tuviese, no sabría como descifrar el mensaje que para ella ocultan las manecillas rotatorias. Por eso duerme con las cortinas descorridas, y se despierta con el alba cada día. Es noviembre, las noches son más largas y los madrugones menos exigentes

Felisa vive en Malcocinado con sus cuatro hijos y con su marido, que también trabaja para don Alonso. Los hijos quedan a cargo de una vecina cuando la pareja abandona el hogar con las primeras luces. A medio día verá al mayor, que tiene ocho años, cuando se acerque a la cocina del taller de carpintería a recoger las sobras del almuerzo que ella prepara para su marido y el resto de carpinteros. Con las sobras que Felisa guarda, la familia está engordando un verraco que sacrificará con los primeros hielos.

Inés y don Alonso entran a la cocina cada mañana al poco de llegar Felisa. Un puchero de café y achicoria que ella misma dejó preparado la tarde antes rompe a hervir ahora sobre uno de los fogones de la cocina económica.

—Buenos días —saluda Inés.

—Parece que se nos han pegado las sábanas esta mañana —comenta don Alonso con una sonrisa maliciosa atravesada en la comisura de la boca.

—Sería la primera vez en mi vida —se indigna Felisa.

El matrimonio se sienta a la mesa en silencio como cada mañana. Don Alonso toma un buen tazón de café con leche y miel y varias rebanadas de pan de centeno que migará en el humeante tazón. Inés prefiere el café solo y que el pan esté tostado antes de refregarle un diente de ajo y regarlo con un chorrito de aceite. De pie, con la cadera apoyada firmemente sobre el quicio de la cocina, Felisa da cuenta en un santiamén de una perrunilla y de un vaso de leche templada. Luego, sin haber acabado de masticar, agarra el puchero con las manos forradas en trapos, lo transporta al taller, lo deja encima de una tarima y vuelve casi a la carrera a recoger las tazas y el pan tajado que ya tiene preparado sobre la camarera de madera que usa como transporte.

Hace mucho que Felisa dejó de ser joven, pero ni una sola mañana faltan halagos en la fila de obreros que espera a que la cocinera les sirva el brebaje negro que los mantendrá hasta el mediodía. A su marido, que es de buena catadura, nunca le ha importado escuchar las cosas que le dicen a su mujer.

Media hora después, Felisa regresa a la cocina sonriente. Hoy los piropos han sido más ocurrentes que de costumbre, y no ha podido por menos que reír abiertamente con alguno de ellos.

La pareja no se ha movido de donde Felisa los dejó. Don Alonso observa a la sonriente cocinera. Se ha levantado de buen humor, y no puede contener una maldad.

—Pero bueno, Felisa. ¿No se habrá creído la sarta de mentiras que le dicen? Esos lisonjeros son capaz de cualquier cosa por un poco más de café.

Don Alonso no es un mal hombre, y Felisa lo sabe. Es amigo de las bromas y las acepta con la misma disposición con que él mismo las da, pero a la cocinera no le ha gustado el tono burlón. Quizás esté ya algo mayor. Quizás sepa que lo que ha dicho el amo es verdad: que los piropos sinceros de hace unos años ya nunca volverán. Sea como fuere, Felisa se siente ofendida. Tanto como para olvidar por un temible momento la posición que ocupa en este mundo de clases y convencionalismos. Mira a don Alonso con fuego en los ojos. Si hubiese tenido una arma cargada en aquel momento, su amo ya sería historia, y ella solo tendría por delante el resto de su insignificante vida para arrepentirse. Por fortuna para Felisa y para don Alonso, ella solo cuenta con su ingenio para defender su honor manchado.

—¿Sabe qué es lo malo de los ricos? —Preguntó saboreando el veneno que se le estaba amontonando en el paladar— Que tienen mucho tiempo para aburrirse y se les agría el poso como al café.

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Don Alonso (de @la_carne_de_eva)

Un relato de Casaseca

Don Alonso fue siempre un niño dócil. Quizás, podría decirse, que demasiado calmo y sosegado para un pueblo perdido en el límite de tres lindes diferentes como era Malcocinado. A los nueve, cuando el resto de muchachos de su generación estaban ocupados en diversiones y maldades propias de su edad, él se dedicaba a pasear todas las tarde con su anciano padre.

Don Arnaldo era escurrido de carnes y de vigor. Se casó ya viejo con Fátima y era casi setenta años mayor que su único hijo, pero aún tenía el seso avisado y sin perjudicar por las telarañas del tiempo. Don Arnaldo era uno de los pocos que sabía leer en el pueblo.

Una mañana de san Miguel en la que el calor de su veranillo pareció terminar de madurar y agostarse, don Arnaldo sacó a su hijo de la cama, le obsequió una pizarra nueva y lo llevó con su caminar despacioso y atrancado hasta los aposentos privados del cura de Malcocinado. Allí aprendió a perderle el miedo a los números y las letras por el corto espacio de un otoño y medio invierno. Luego murió don Arnaldo, y su madre lo obligó, sin haber cumplido aún los diez, a convertirse en hombre, ebanista y jefe de taller. Pero durante aquellos cuatro meses, que él habría de recordar siempre como la época de los paseos, todavía tuvo tiempo de sentirse niño, de vivir a la sombra protectora del padre, de saborear el miedo a la soledad…

Alonso regresaba a casa al mediodía después de haber pasado la mañana batallando contra su propia estupidez. Y, ante la pasmada mirada de su madre, devoraba cuantas viandas le ponían delante sin levantar la mirada del plato.

—¿¡Cómo pueden dar tanta hambre los libros!? —Se admiraba Fátima.

Alonso apenas sonreía entre bocado y bocado antes de seguir dando cuenta del resto de la comida. Luego, con el estómago tenso como la piel de un tambor, descabezaba un reparador sueño antes de ponerse con las tareas que le había encomendado el párroco.

Sobre las tres, volvía a aparecer en la cocina, de pie, urgido por la apremiante mirada de su madre, despachaba de un solo trago un vaso de leche con miel antes de hacer lo propio con unos prestiños o un bollo “preñao” o cualquier dulce de temporada.

—Tu padre está esperando en el poyete, Alonso. No lo hagas esperar —Le decía su madre antes de que hubiese tragado el último pedazo de alimento—. Y ten mucho cuidado, y pórtate bien, y no corras…

Alonso ya no escuchaba las recomendaciones de su madre. Había aprendido a asentir sin pensar porque se las sabía de memoria, luego salía a la calle en busca de su anciano padre, lo ayudaba a ponerse en pie y comenzaban el saludable paseo agarrados de la mano.

Las caminatas, que estaban salpicadas de numerosas paradas, se las había prescrito a don Arnaldo el facultativo de Malcocinado asegurándole que le harían mucho bien siempre que no se fatigase demasiado. Y el obediente anciano no dudaba en detenerse a cada pocos pasos cada vez que sentía que el corazón le palpitaba en exceso.

El padre de Alonso era de palabra fácil, le gustaba contar historias a su hijo. No todas eran enseñanzas magistrales ni terminaban con una moraleja que era conveniente aprender. Muchas eran simples anécdotas, curiosidades sin importancia o picardías perpetradas durante su juventud, que el anciano suavizaba para no escandalizar los virginales oídos de su vástago.

También había tardes en las que casi no hablaba, en las que se dejaba abducir por una ensoñación o una remembranza, y consumía el paseo en silencio, ensimismado en un mutismo hermético sin apenas fisuras.

Fue al salir de uno de esos prolongados silencios, una tarde de nieblas otoñales, que don Arnaldo quiso saber que le rondaba por la cabeza a su hijo.

—¿Por qué no vas nunca a jugar con tus amigos, Alonso?

La pregunta cogió al muchacho desprevenido, pero no tanto como para no darse cuenta de que no podía decirle al padre que su madre lo obligaba a acompañarlo en sus diarios paseos crepusculares, ni que lo hacía muerto de miedo, vigilando durante todo el trayecto las mudanzas de color en su rostro de pergamino, su respiración desacompasada y sin fuerza, los temblores la mano que él sujetaba… Temiendo siempre la posibilidad cierta de tener que lidiar con la agonía de su propio padre en solitario. Tampoco podía decirle que se había imaginado mil veces agachado junto a su cuerpo sin vida en cualquiera de los caminos que tomaban para caminar sin rumbo. Así que rebuscó entre sus infantiles sesos sin maldad, e intentó decirle que no iba con sus amigos porque disfrutaba de su compañía.

—Prefiero estar con usted, padre. Las verdades que con usted aprendo, no me las van a enseñar mis amigos.

Pero algo en su manera de decirlo, quizá la desafección con que lo hizo, quizá la ausencia de una sonrisa, quizá la mirada huidiza del muchacho, le hizo pensar a don Arnaldo que a su hijo le daba miedo quedarse sin padre a tan temprana edad.

—Te hubiera gustado tener un padre más joven. ¿No es cierto? —Se atrevió por fin a preguntar.

Se habían parado otra vez. Estaban apoyados en un inmenso tronco de eucalipto. La mano que sujetaba se le antojó bastante firme, la respiración de don Arnaldo era fluida y el color de sus mejillas todo lo normal que jamás podría llegar a ser a su edad. Alonso miró a su padre a los ojos y leyó en ellos una extraña súplica de flor marchita.

—No lo sé. Usted es el único padre que he conocido. Y a mí me gusta así.