¿Te apuntas a un bombardeo?

¿Te apuntas a un bombardeo?

Lo siento, pero me he equivocado y he comprado el plan business de esta web, así que voy a tener que amortizarlo a base de posts.

Mañana vuelve a ser lunes y preveo una semana bonita. En la Editorial hemos contratado una Agencia de Comunicación (Comunicalicante) y mañana es la primera reunión de trabajo. Casi estoy nerviosa porque tengo mucha ilusión puesta en este proyecto.
Además saldrán de imprenta los ejemplares de Un tuitero enamorado y Carlota es Feliz.

Sumado a todo esto he lanzado un reto en Facebook que ya de momento creo que va a cumplir mi querida Sandra de Oyagüe, atención:

Reto “Yo me apunto a un bombardeo”
A ver quién es capaz de seguirme el ritmo esta semana:

Este martes tendremos también en la librería a Guillermo Rubio, periodista y autor guillermo rubioque será el primero en publicar en la Colección Mediterránea de la Editorial Mankell y que nos contará cómo es el proceso de gestación de una novela feminista en la que una mujer marroquí deja todo atrás, incluso a su hijo, para triunfar y salvar la vida de ambos

El miércoles tendremos, en 80 mundos a la escritora de la residencia: Nesrine Khoury, que viene de Siria. Un momento muy interesante para saber de primera mano lo que está ocurriendo en el allí y como es la vida de una cena lorenzo silvaescritora dentro de una guerra que se está eternizando.

Por último, el viernes, para los fans de Bevilacqua y Chamorro: Lorenzo Silva!!! a las
19.00h en la SEU de la calle San Fernando y en El sabor de las palabras (hotel abba Centrum)

¿Te sumas a Sandra?

Certificado de últimas voluntades

Certificado de últimas voluntades

Relatos nocturnos de días difíciles, nada hay que temer, solo que olvidar. El resto es fantasía.

Yo misma

El veintiséis de octubre de dos mil dieciocho a las once y treinta y cinco de la mañana sentí, por primera vez, que un fragmento de mi corazón dejaba de latir. A pesar de ello, de esa certeza no tan médica como real, pude correr y correr, secando mis lágrimas con el jersey de punto nuevo y llegar, empapada, entre sudores y llanto, a la puerta de la notaría más cercana.

Quiero hacer un certificado de últimas voluntades, dije mientras trataba de controlar el jadeo. ¿Últimas voluntades? Perdona, te voy a tutear, ¿no eres muy joven? Aquella mujer desconfiaba de mí, me daba cuenta, pero tenía claro mi objetivo. ¿Eso a usted le importa? ¿Podría hablar con el notario? Insistí. Ahora está reunido, tardará. Se notaba que quería librarse de mí, algo en mi conducta no le gustaba y hacer que su jefe perdiera el tiempo podría costarle algún reproche. Mire, no quiero muchas cosas, pero lo poco que quiero tiene que quedar claro, y también puedo pagar lo que haga falta por tener el certificado lo más rápidamente posible. La mujer volvió a mirarme de arriba abajo y tras hacer una mueca torciendo la boca en señal de asco -deduzco que por mi sudor- se levantó y se dirigió a un despacho. Unos segundos después volvió a aparecer. Siéntate en la sala de espera, cuando termine el señor notario te atenderá. Me senté y ambas nos quedamos en silencio más de quince minutos. Yo no dejaba de mover el pie con un tic nervioso y ella no dejaba de mirarme recurrentemente por el rabillo del ojo izquierdo ¿Sabes cuál es el coste de este documento? Se decidió a insistir. Oiga, el coste me importa una mierda y su opinión también, si le parece esperamos que el notario haga su trabajo, les pago y aquí paz y después gloria. No se molestó en responder. Estuve esperando casi dos horas en aquella sala con la mirada perdida en una pared blanca. Ya se me había secado todo el sudor cuando un hombre de metro ochenta, traje y perilla me miró desde la puerta de su despacho y me pidió que entrase. 

Dígame en qué la puedo ayudar. Nunca supe si la cortesía era fingida, pero logró que me calmase. Quiero hacer el certificado de últimas voluntades. Dije una vez más. ¿Por qué razón? ¿Tiene alguna enfermedad? ¿su vida corre peligro de algún tipo? Me pareció de mal gusto y de una irrelevancia tremenda que me hiciera esas preguntas, al fin y al cabo solo quería que me diera un servicio que estaba en su carta de precios. ¿Por qué lo hacían tan complicado? El hombre me miró esperando la respuesta. No sé por qué le debería contestar a esas preguntas, le dije, usted solo certifique lo que yo le voy a pedir. Perdone, señorita, ¿ha hecho usted testamento? insistió. ¿Para qué? Yo no tengo nada que dejar ni nada que repartir solo quiero que usted ahí escriba una simple frase, ponga su sello y se encargue de que mi seguro de decesos, mi madre, mi abuela o quien narices quiera se ocupe de cumplir mi única voluntad. 

Está bien, dijo. Al final me entendió o hizo como que me entendía, quizá solo me siguió la corriente porque creyó que estaba loca. Dígame qué tengo que escribir. Y yo se lo dije ¿Eso es todo? Todo. Se levantó y volvió unos minutos más tarde con un papel y un sello. Aquí lo tiene. Gracias, ¿lo abono en recepción? No se debe nada, no se preocupe. 

Estaba segura de que me había tomado el pelo, un notario no regala su firma y menos a alguien que no conoce de nada. Estaba claro que aquello olía mal. Salí del despacho y miré a la recepcionista por última vez. Ella me devolvió la mirada y luego la agachó sonriendo. Se reían de mí, pero no se imaginaban hasta qué punto se habían implicado.

Cuando llegué al portal del edificio saqué la bolsa con todos los medicamentos que mi psiquiatra me había recetado los últimos años y que había dejado de tomar desde que él, mi único tesoro, apareció en mi vida. El único cuya mirada era transparente, limpia de engaños, el único que me dejó apoyar los ojos en su pecho los días de migraña, el que logró que las noches de insomnio empezasen a ser un regalo, el que limpió mis lágrimas en cada recaída por mis malos duelos e hizo que la medicación resultase obsoleta e innecesaria. Pero nadie me creía cuando decía que él me daba todo lo que podía necesitar, que estando él no valían las pastillas, que todo, ahora, era más fácil. Opté por mentir, volví a las consultas y acepté las recetas, las fui comprando y las acumulé en un cajón.

El veintiséis de octubre de dos mil dieciocho a las once y treinta y cinco de la mañana me acababan de entregar sus cenizas y con ellas retrocedía de golpe nueve años de felicidad. Entré en pánico y empecé a correr.  Después de todo aquello,  por fin me senté en el zaguán de la notaría, y empecé a tragar de diez en diez, todas las pastillas que no había tomado hasta el momento. Me sentí mareada y me dormí. No sé lo que pasó después, pero alguien debió encontrarme abrazada a la cajita en la que estaba él y con un folio en un bolsillo, que decía “juntad mis cenizas con las de mi gato, os esperaremos los dos con él, en la Platja de Torn”. Firmado y sellado por el notario. Tuvo que ser así, porque de otra manera nunca hubiera pensado que se molestarían en cumplir, que tomarían en serio la relevancia que en realidad tenía mi solicitud.  Funcionó

Y lo sé porque hoy nadamos los tres por aguas cristalinas y nadie nos juzga ni nos daña. Jugamos con las olas y dormimos acunados por el mar. Mirando las estrellas que años atrás, contábamos juntos.

Quizá podría haber aprendido a cerrar los duelos, pero entonces, hoy, no sería tan feliz.

El color del silencio, de @elia_barcelo

El color del silencio, de @elia_barcelo

Hace unas semanas publiqué mi primer artículo en la revisa Lo Blanc. Este versaba sobre la novela de Elia Barceló El color del silencio, que esta semana alcanza su décima edición. Además esto se une a que el próximo día 10 de abril a las 19:30h estaré con ella en la Casa del Libro de Alicante. Os esperamos allí.

Aquí os enlazo mi crítica a esta fabulosa obra. Leer crítica.

Sobre Arde, memoria.

Sobre Arde, memoria.

9788494731778Gonzalo Manglano
ARDE, MEMORIA
Colección: Narrativa
Editorial: Huerta y Fierro
ISBN: 978-84-947317-7-8
220 págs. 175 grs. 15 x 23 cm.
Encuadernación: rústica con solapas
C/IVA  15 € / S/IVA  14,42 €

Este texto que adjunto a continuación es el que realicé para presentar la novela Arde, memoria, de Gonzalo Manglano, en la librería Pynchon&Co el pasado martes día veinte.

Desde la memoria que arde vemos un futuro que nace.

Nos vamos a 1715, cuando uno de los pintores más relevantes de la época ve cómo se quema el palacio de su mecenas con toda su obra dentro. Lejos de llorar, sonríe. Misteriosamente uno de su cuadros sobrevive y llega a la Isla de San Lorenzo, protagonista a partir de ahora de la novela.
La búsqueda del cuadro, la ambición del nuevo gobernador, un escritor en territorio desconocido y el intercambio de costumbres entre americanos e isleños van a tejer como una red neuronal las diferentes tramas de este libro.

Esta novela de Gonzalo Manglano se divide en seis partes. En las tres primeras -como la vida misma- se van abriendo puertas que se traducen en personajes, lugares, acontecimientos…y cada una, a su vez, va planteando distintos grados de profundidad y desarrollo de la trama. Da la sensación, a medida que se va leyendo, de que la novela se construye a sí misma, casi sin esfuerzo, involucrando al escritor y sumergiéndolo a él mismo centro de la historia.

Este libro que nos trae Manglano habla de muchas cosas, demasiadas quizá en una novela de 214 páginas; nos habla de la política, de los procesos de independencia, de la inmortalidad, de la sensualidad, de la vida, de las perspectivas, de lo humano y de lo divino, del tiempo, de la memoria…

El autor nos lleva a través de una prosa lírica que, como digo, se resuelve sola, construyendo con las palabras un manto de sensualidad que envuelve a los personajes, los espacios, que nos sumerge en una actualidad que parece de otra época y que, intencionadamente, nos hace bailar perdiendo la noción del tiempo y del espacio para salirse al final de la obra, sentarse en el patio de butacas y escuchar la voz de sus personajes con un último acto teatral en estilo directo que nos demuestra que la verdadera importancia no está en los hechos, sino en las inquietudes, las emociones y por tanto, las personas. En la esencia humana que, al fin y al cabo, nos pervierte y nos simplifica.

Matar a un ruiseñor

Matar a un ruiseñor

Autora: Harper Lee

Un clásico literario lo es por una razón tan sencilla y difícil de materializar como la atemporalidad de lo que su autora relata. Si a ello se le suma una calidad exquisita y la capacidad de transmitir emociones y sabiduría, obtenemos un resultado digno de calificar como obra maestra. Y así sucede con Matar a un ruiseñor, única novela conocida de Harper Lee hasta 2015 e inspirada en un conflicto racista acontecido en la localidad vecina de la autora.

9788490701218A través de la mirada límpida de Jean Louis Finch (Scout), una niña de la América del Sur del año 1930 en la que imperaban el racismo y las estrictas convenciones sociales, Lee nos transporta a uno de los acontecimientos más importantes en la vida de Jean Louis: Atticus, abogado y padre de ésta, defiende a un hombre negro acusado de haber violado a una mujer blanca. Una trama sencilla a la par que enmarañada a causa de los personajes que se nos van presentando, tan completamente opuestos a Atticus, cuya ética es intachable. En medio de tal engranaje encontramos a Jean Louis, a su hermano Jem y a otros pocos niños y niñas que ofrecen una perspectiva candorosa, muy dispar de la de sus mayores.

Si bien el desarrollo de la novela puede resultar algo pausado dado que muchas de sus páginas se dedican a describir la vida de sus personajes, ello es necesario para entender el mensaje – o, mejor dicho, los diversos mensajes – que Lee nos quiere transmitir. Ello se compensa con la imprevisibilidad de la historia y el esfuerzo que debe hacer el lector por descifrar qué personajes son honestos y cuáles no lo son tanto. En Matar a un ruiseñor la fina línea entre la bondad y la inmoralidad únicamente está bien definida en cuanto a Atticus, que puede considerarse como una suerte de epicentro entre “lo bueno” y “lo malo”. A su alrededor, vecinos, amigos y familiares se sitúan a lo largo de dos extremos.

Pero no sólo por ello estamos ante un libro universal. Durante los años 30 aún imperaban los prejuicios raciales, económicos y morales que siguen latentes en la actualidad, y es aquí donde Harper Lee hace mayor hincapié. Por aquél entonces, no obstante, existía una convivencia más o menos pacífica (aparentemente) entre blancos y negros, lo cual se constata con Calpurnia, la cocinera/criada negra de los Finch. A raíz de este personaje brota también el interrogante de por qué lo que se considera correcto en un lugar puede ser incorrecto en otro. ¿No somos todos seres humanos, al fin y al cabo?

A lo largo de la novela Jean Louis se hace a sí misma preguntas como la anterior, acompañándole el lector en la misma tarea. Cuestión ardua, puesto que sus respuestas no siempre son rotundas sino que se caracterizan por los matices. Preguntas que toda persona reflexiva se ha hecho en algún momento de su vida pero que conviene revisar de cuando en cuando. Es por ello que Matar a un ruiseñor resulta tan cercana, tan llena de vida a pesar de haberse escrito hace más de medio siglo.

JULIA VILLAPLANA