Encuentro con Fernando Marías

En las últimas semanas, por razones que explicaré en un post extenso no he tenido tiempo de compartir en el blog las publicaciones de los audios que tengo programados en IVOOX. Por eso hoy se me juntan Fernando Marías y Carmen Posadas.
Esta entrada va dedicada exclusivamente a Marías.

Si busco en mi memoria el tiempo que llevo siguiendo a Fernando en redes me pierdo en algún punto lejano. Nunca me atreví a entablar una conversación porque sí y creo que en este caso la paciencia fue de lo más acertada, ahora lo comprenderéis.

Cuando llegó a mis manos La isla del padre y empecé a leer me di cuenta de que en todo ese tiempo en el que nunca hablamos sí vivimos algunas cosas similares, incluso algunas extrañamente similares. La muerte del padre y nuestros recuerdos de él son, como digo siempre, lugares comunes. Nadie es más especial que otro por vivir una pérdida importante, todos las tenemos, sin embargo sí que hay un matiz interesante en todo este asunto y no es el hecho de vivirlo sino la forma de hacerlo y, sobre todo, la forma de narrarlo.
Uno puede tener una forma de sentir especial y una serie de pensamientos originales o, como mínimo, fuera de lo común. Los que nos dedicamos a esto de la literatura, además, tenemos siempre el matiz dramático (más si cabe ante estas situaciones). La forma de narrar de Fernando, en este libro no solo es original, es inteligente. No conozco todavía a nadie que haya salido ileso de La isla del padre.

Creo que este podcast os puede interesar especialmente

Encuentro con Carmen Posadas

Hace un par de semanas tuve la suerte de compartir Chester con Carmen Posadas. En esta ocasión fue gracias a Casa Mediterráneo y a la Fundación Cañada Blanch, que organizan en conjunto un ciclo mensual de encuentros literarios.
Tenía algo de miedo por este encuentro, no había conocido personalmente a carmen hasta entonces, el resultado fue estupendo: hablamos de la vida, de su trayectoria, de cómo ha cambiado España, de su último libro La maestra de títeres y por ende de las luces y sombras de la alta sociedad.

Creo que este audio os puede gustar. Al menos, a las 80 personas que asistieron al encuentro les resultó muy entretenido.

¿Te apuntas a un bombardeo?

Lo siento, pero me he equivocado y he comprado el plan business de esta web, así que voy a tener que amortizarlo a base de posts.

Mañana vuelve a ser lunes y preveo una semana bonita. En la Editorial hemos contratado una Agencia de Comunicación (Comunicalicante) y mañana es la primera reunión de trabajo. Casi estoy nerviosa porque tengo mucha ilusión puesta en este proyecto.
Además saldrán de imprenta los ejemplares de Un tuitero enamorado y Carlota es Feliz.

Sumado a todo esto he lanzado un reto en Facebook que ya de momento creo que va a cumplir mi querida Sandra de Oyagüe, atención:

Reto «Yo me apunto a un bombardeo»
A ver quién es capaz de seguirme el ritmo esta semana:

Este martes tendremos también en la librería a Guillermo Rubio, periodista y autor guillermo rubioque será el primero en publicar en la Colección Mediterránea de la Editorial Mankell y que nos contará cómo es el proceso de gestación de una novela feminista en la que una mujer marroquí deja todo atrás, incluso a su hijo, para triunfar y salvar la vida de ambos

El miércoles tendremos, en 80 mundos a la escritora de la residencia: Nesrine Khoury, que viene de Siria. Un momento muy interesante para saber de primera mano lo que está ocurriendo en el allí y como es la vida de una cena lorenzo silvaescritora dentro de una guerra que se está eternizando.

Por último, el viernes, para los fans de Bevilacqua y Chamorro: Lorenzo Silva!!! a las
19.00h en la SEU de la calle San Fernando y en El sabor de las palabras (hotel abba Centrum)

¿Te sumas a Sandra?

Certificado de últimas voluntades

Relatos nocturnos de días difíciles, nada hay que temer, solo que olvidar. El resto es fantasía.

Yo misma

El veintiséis de octubre de dos mil dieciocho a las once y treinta y cinco de la mañana sentí, por primera vez, que un fragmento de mi corazón dejaba de latir. A pesar de ello, de esa certeza no tan médica como real, pude correr y correr, secando mis lágrimas con el jersey de punto nuevo y llegar, empapada, entre sudores y llanto, a la puerta de la notaría más cercana.

Quiero hacer un certificado de últimas voluntades, dije mientras trataba de controlar el jadeo. ¿Últimas voluntades? Perdona, te voy a tutear, ¿no eres muy joven? Aquella mujer desconfiaba de mí, me daba cuenta, pero tenía claro mi objetivo. ¿Eso a usted le importa? ¿Podría hablar con el notario? Insistí. Ahora está reunido, tardará. Se notaba que quería librarse de mí, algo en mi conducta no le gustaba y hacer que su jefe perdiera el tiempo podría costarle algún reproche. Mire, no quiero muchas cosas, pero lo poco que quiero tiene que quedar claro, y también puedo pagar lo que haga falta por tener el certificado lo más rápidamente posible. La mujer volvió a mirarme de arriba abajo y tras hacer una mueca torciendo la boca en señal de asco -deduzco que por mi sudor- se levantó y se dirigió a un despacho. Unos segundos después volvió a aparecer. Siéntate en la sala de espera, cuando termine el señor notario te atenderá. Me senté y ambas nos quedamos en silencio más de quince minutos. Yo no dejaba de mover el pie con un tic nervioso y ella no dejaba de mirarme recurrentemente por el rabillo del ojo izquierdo ¿Sabes cuál es el coste de este documento? Se decidió a insistir. Oiga, el coste me importa una mierda y su opinión también, si le parece esperamos que el notario haga su trabajo, les pago y aquí paz y después gloria. No se molestó en responder. Estuve esperando casi dos horas en aquella sala con la mirada perdida en una pared blanca. Ya se me había secado todo el sudor cuando un hombre de metro ochenta, traje y perilla me miró desde la puerta de su despacho y me pidió que entrase. 

Dígame en qué la puedo ayudar. Nunca supe si la cortesía era fingida, pero logró que me calmase. Quiero hacer el certificado de últimas voluntades. Dije una vez más. ¿Por qué razón? ¿Tiene alguna enfermedad? ¿su vida corre peligro de algún tipo? Me pareció de mal gusto y de una irrelevancia tremenda que me hiciera esas preguntas, al fin y al cabo solo quería que me diera un servicio que estaba en su carta de precios. ¿Por qué lo hacían tan complicado? El hombre me miró esperando la respuesta. No sé por qué le debería contestar a esas preguntas, le dije, usted solo certifique lo que yo le voy a pedir. Perdone, señorita, ¿ha hecho usted testamento? insistió. ¿Para qué? Yo no tengo nada que dejar ni nada que repartir solo quiero que usted ahí escriba una simple frase, ponga su sello y se encargue de que mi seguro de decesos, mi madre, mi abuela o quien narices quiera se ocupe de cumplir mi única voluntad. 

Está bien, dijo. Al final me entendió o hizo como que me entendía, quizá solo me siguió la corriente porque creyó que estaba loca. Dígame qué tengo que escribir. Y yo se lo dije ¿Eso es todo? Todo. Se levantó y volvió unos minutos más tarde con un papel y un sello. Aquí lo tiene. Gracias, ¿lo abono en recepción? No se debe nada, no se preocupe. 

Estaba segura de que me había tomado el pelo, un notario no regala su firma y menos a alguien que no conoce de nada. Estaba claro que aquello olía mal. Salí del despacho y miré a la recepcionista por última vez. Ella me devolvió la mirada y luego la agachó sonriendo. Se reían de mí, pero no se imaginaban hasta qué punto se habían implicado.

Cuando llegué al portal del edificio saqué la bolsa con todos los medicamentos que mi psiquiatra me había recetado los últimos años y que había dejado de tomar desde que él, mi único tesoro, apareció en mi vida. El único cuya mirada era transparente, limpia de engaños, el único que me dejó apoyar los ojos en su pecho los días de migraña, el que logró que las noches de insomnio empezasen a ser un regalo, el que limpió mis lágrimas en cada recaída por mis malos duelos e hizo que la medicación resultase obsoleta e innecesaria. Pero nadie me creía cuando decía que él me daba todo lo que podía necesitar, que estando él no valían las pastillas, que todo, ahora, era más fácil. Opté por mentir, volví a las consultas y acepté las recetas, las fui comprando y las acumulé en un cajón.

El veintiséis de octubre de dos mil dieciocho a las once y treinta y cinco de la mañana me acababan de entregar sus cenizas y con ellas retrocedía de golpe nueve años de felicidad. Entré en pánico y empecé a correr.  Después de todo aquello,  por fin me senté en el zaguán de la notaría, y empecé a tragar de diez en diez, todas las pastillas que no había tomado hasta el momento. Me sentí mareada y me dormí. No sé lo que pasó después, pero alguien debió encontrarme abrazada a la cajita en la que estaba él y con un folio en un bolsillo, que decía “juntad mis cenizas con las de mi gato, os esperaremos los dos con él, en la Platja de Torn”. Firmado y sellado por el notario. Tuvo que ser así, porque de otra manera nunca hubiera pensado que se molestarían en cumplir, que tomarían en serio la relevancia que en realidad tenía mi solicitud.  Funcionó

Y lo sé porque hoy nadamos los tres por aguas cristalinas y nadie nos juzga ni nos daña. Jugamos con las olas y dormimos acunados por el mar. Mirando las estrellas que años atrás, contábamos juntos.

Quizá podría haber aprendido a cerrar los duelos, pero entonces, hoy, no sería tan feliz.

El color del silencio, de @elia_barcelo

Hace unas semanas publiqué mi primer artículo en la revisa Lo Blanc. Este versaba sobre la novela de Elia Barceló El color del silencio, que esta semana alcanza su décima edición. Además esto se une a que el próximo día 10 de abril a las 19:30h estaré con ella en la Casa del Libro de Alicante. Os esperamos allí.

Aquí os enlazo mi crítica a esta fabulosa obra. Leer crítica.