Sobre Arde, memoria.

9788494731778Gonzalo Manglano
ARDE, MEMORIA
Colección: Narrativa
Editorial: Huerta y Fierro
ISBN: 978-84-947317-7-8
220 págs. 175 grs. 15 x 23 cm.
Encuadernación: rústica con solapas
C/IVA  15 € / S/IVA  14,42 €

Este texto que adjunto a continuación es el que realicé para presentar la novela Arde, memoria, de Gonzalo Manglano, en la librería Pynchon&Co el pasado martes día veinte.

Desde la memoria que arde vemos un futuro que nace.

Nos vamos a 1715, cuando uno de los pintores más relevantes de la época ve cómo se quema el palacio de su mecenas con toda su obra dentro. Lejos de llorar, sonríe. Misteriosamente uno de su cuadros sobrevive y llega a la Isla de San Lorenzo, protagonista a partir de ahora de la novela.
La búsqueda del cuadro, la ambición del nuevo gobernador, un escritor en territorio desconocido y el intercambio de costumbres entre americanos e isleños van a tejer como una red neuronal las diferentes tramas de este libro.

Esta novela de Gonzalo Manglano se divide en seis partes. En las tres primeras -como la vida misma- se van abriendo puertas que se traducen en personajes, lugares, acontecimientos…y cada una, a su vez, va planteando distintos grados de profundidad y desarrollo de la trama. Da la sensación, a medida que se va leyendo, de que la novela se construye a sí misma, casi sin esfuerzo, involucrando al escritor y sumergiéndolo a él mismo centro de la historia.

Este libro que nos trae Manglano habla de muchas cosas, demasiadas quizá en una novela de 214 páginas; nos habla de la política, de los procesos de independencia, de la inmortalidad, de la sensualidad, de la vida, de las perspectivas, de lo humano y de lo divino, del tiempo, de la memoria…

El autor nos lleva a través de una prosa lírica que, como digo, se resuelve sola, construyendo con las palabras un manto de sensualidad que envuelve a los personajes, los espacios, que nos sumerge en una actualidad que parece de otra época y que, intencionadamente, nos hace bailar perdiendo la noción del tiempo y del espacio para salirse al final de la obra, sentarse en el patio de butacas y escuchar la voz de sus personajes con un último acto teatral en estilo directo que nos demuestra que la verdadera importancia no está en los hechos, sino en las inquietudes, las emociones y por tanto, las personas. En la esencia humana que, al fin y al cabo, nos pervierte y nos simplifica.

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