Documentales de Goya

El pasado mes de febrero, cuando se entregaron los premios Goya, los galardones por

Joaquín Juan
Joaquín Juan

excelencia del cine español, que celebraban su XXX edición, una de las películas laureadas fue Sueños de sal, que obtuvo el Premio a la Mejor Película Documental. Sueños de sal es, en muchos sentidos, una película atípica, proyecto genial y empeño personal de un empresario noveldense, Jesús Navarro Alberola, de Carmencita, que consiguió convertir ese sueño individual en un sueño colectivo de todo el pueblo de Novelda, que vivió, disfrutó y se emocionó con las historias de Mariano, Comino, Irene, Alejandro y Anaïs, los protagonistas. Para poder alcanzar su sueño, Jesús Navarro se rodeó de un equipo de excepción: el director Alfredo Navarro y el músico Óscar Navarro (los únicos profesionales del medio), y una veintena de vecinos de Novelda capitaneados por Juan Carlos Escandell, director de producción.

Ahora bien, no es del Goya de Sueños de sal de lo que quieren hablar estas líneas, sino, de una forma más general, de los Goya en la categoría de documental. Cuando Sueños de sal se impuso a sus competidores más inmediatos, los documentales Chicas nuevas 24 horas (Mabel Lozano), I Am Your Father (Toni Bestard y Marcos Cabotá) y The Propaganda Game (Álvaro Longoria), pasó a formar parte de una exclusiva lista de documentales galardonados con el Goya. Aunque los Goya han cumplido ya treinta años, no hay treinta largos documentales que lo hayan obtenido, sino algunos menos, ya que la categoría de largometraje documental no se introdujo hasta la ceremonia de 2002, cuando En construcción, la película de José Luis Guerin que le tomaba el pulso al Raval de Barcelona, se impuso a Asesinato en febrero (Eterio Ortega), Extranjeros de sí mismos (José Luis López Linares y Javier Rioyo) y Los niños de Rusia (Jaime Camino).

Desde 2002 hasta 2016, los otros trece ganadores fueron: El efecto Iguazú (Pere Joan Ventura, 2002), Un instante en la vida ajena (José Luis López Linares, 2003), El milagro de Candeal (Fernando Trueba, 2004), Cineastas contra magnates (Carlos Benpar, 2005), Cineastas en acción (Carlos Benpar, 2005), Invisibles (Mariano Barroso, Isabel Coixet, Javier Corcuera, Fernando León de Aranoa y Wim Wenders, 2007), Bucarest, la memòria perduda (Albert Solé, 2008), Garbo: El espía (Edmon Roch, 2009), Bicicleta, cullera, poma (Carles Bosch, 2010), Escuchando al juez Garzón (Isabel Coixet, 2011), Hijos de las nubes, la última colonia (Álvaro Longoria, 2012), Las maestras de la República (Pilar Pérez Solano, 2013) y Paco de Lucía: la búsqueda (Curro Sánchez, 2014). Desde febrero, la película Sueños de sal ha quedado vinculada a todos esos documentales.

En realidad, el género documental entró en los premios Goya en su séptima edición, en 1993, en la categoría de Mejor Cortometraje Documental, el mismo año en que se estrenaba la categoría de Mejor Película Europea. En aquella ocasión, solo hubo dos cortos documentales finalistas, Primer acorde (1992), de Ramiro Gómez Bermúdez de Castro, y Manualidades (1991), de Santiago Lorenzo. Finalmente ganó Primer acorde. Desde entonces, la de cortometraje documental fue una categoría guadiánica, que aparecía y desaparecía. Se mantuvo la categoría en 1994, pero desapareció en 1995 y regresó en 1997 con un solo finalista, Virgen de la alegría (1996), de José Manuel Campos. Nuevamente desapareció en la ceremonia de 1998 y regresó en 1999, si bien no se instauró como categoría permanente hasta la ceremonia de 2003. Pero esa es ya otra historia.