Rebelde sin causa

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Un relato de Jose Luis Ferris

El amor, como cualquier otro destino, tiene sus misterios. Nadie puede ampararse en la lógica o en los procesos cabalísticos de la razón para hallar el sentido de relaciones tormentosas, pasiones ciegas o encuentros insospechados entre seres que se buscan, que se ven atraídos por compulsivos deseos, por una fuerza de origen tan desconocido y opaco como el tortuoso final hacia el que arrastra, llámese olvido, desengaño o locura simplemente. Eso debió pensar Laura Miranda repetidas veces. Su vida había sido una anodina sucesión de hechos irrelevantes y simples. Tuvo una infancia yerma, sin ningún acontecimiento digno de ocupar espacio en su memoria, irrelevante para el recuerdo. Había sido una niña como tantas, educada en una familia de clase media, sin abundancias ni apuros, y adiestrada para la vida en un colegio religioso que modeló su alma y le prestó los medios necesarios para hacerse de valer, para preservar su virginidad hasta el matrimonio y defender los valores familiares por encima de cualquier lance de infidelidad o desafecto. Aspirantes no le faltaron, pero acabó entregando su futuro a un opositor a Notarías que le garantizaba una amplia estabilidad y un amparo nada desdeñable. Su matrimonio, como todo lo anterior, fue de los corrientes, pero con piso céntrico, asistenta doméstica tres días por semana y salidas a cenar con matrimonios amigos casi todos los sábados. Hasta que vinieron Leticia, Ricardo y Elena, por ese orden. Tres hijos que aliviaron muy pronto lo que se prometía una soledad irrespirable y lenta, con un marido que casi siempre comía fuera del hogar y que jamás regresaba antes de las diez. Ellos, sus tres hijos, fueron la labor de sus días, pero también una dulce esclavitud que asumía como parte del juego, como norma irrefutable de esa vida para la que había sido educada desde que vino al mundo.

5lq5bf4xatlwAhora, a sus cuarenta años, se consideraba igual a muchas otras, pero atrapada también en una normalidad a veces excesiva que la conducía gradualmente a un tipo muy común de abandono, al olvido práctico de sí misma, a una dependencia enfermiza de los otros, de su marido y de sus propios hijos. Sin embargo, todo comenzó a cambiar el día en que en su misma calle, a escasos metros del portal de su casa, abrieron uno de esos locales de 24 horas que te resuelve más de un apuro material en medio de la madrugada. Una de aquellas noches, aprovechando el recorrido habitual que se concedía antes de acostarse para sacar a Luna, su perra dálmata, se acercó hasta la puerta de la tienda atraída por el neón del escaparate y echó un vistazo a su interior. En los estantes se exhibían revistas y periódicos, objetos de regalo de escaso valor y alimentos enlatados para cubrir alguna necesidad nocturna. A la vuelta de su paseo, tentada por la curiosidad, entró en aquel abigarrado espacio, se acercó al mostrador y pidió una tableta de chocolate y un paquete de Fortuna. El muchacho que se apresuró a atenderla le recordó rabiosamente a alguien, puede que a un personaje muy cercano a la ficción, como extraído de alguna película que trató de recordar allí mismo, mientras recogía el cambio y se dirigía hacia la puerta, hacia su casa, envuelta y distraída en un abrigo oscuro. La acción se repitió durantes muchas noches. Ella esperaba, con un extraño deseo, esa última hora del día para sacar a Luna, emprender el paseo habitual y, a la vuelta, encontrarse de nuevo con el rostro de aquel joven que poco a poco iba ocupando espacio en su imaginación y forma amable entre sus sueños. Le imantaba su extraordinaria belleza, el modo enérgico y tierno con que extendía su mano para devolverle el cambio, la manera de entornar sus ojos, de acariciarla involuntariamente con su mirada apacible y azul. Hasta que el juego se convirtió en necesidad y uno de aquellos días en que la lluvia arreciaba, sin propósito de renunciar a su paseo con Luna, se introdujo en el local con el pelo mojado y una extraña zozobra que creció de pronto cuando el muchacho, consciente de que estaban solos en la tienda, cerró con llave la puerta de entrada, la tomó levemente de la mano y la condujo a la trastienda con pasmosa naturalidad. En aquel interior repleto de penumbra, agarrado a sus hombros, la miró fijamente y la besó despacio, sin recurrir a la urgencia, con una laboriosidad de labios luminosos y expertos. Ocurrió allí mismo, entre embalajes y cajas precintadas. Ella sintió un deseo irrefrenable de abrazar, de perderse entre las manos de Luis –sólo entonces escuchó su nombre– sin reparar en aquella fidelidad que había arrastrado como su propia sombra durante toda una vida y que ahora se diseminaba por completo ente el éxtasis y el deleite de saberse deseada, poseída del modo más tierno y absoluto, como nunca había sentido, como nunca había llegado a imaginar. Cuando regresó a su casa, los niños dormían profundamente y su marido ordenaba frente al televisor su colección de sellos sin reparar siquiera en su ausencia o su presencia. Lo besó en la mejilla y se acostó como una adolescente feliz, rejuvenecida de pronto, como abrigando un secreto entre las manos.

Tardó tres meses en decidirse a entrar de nuevo en la tienda de 24 horas, el tiempo que creyó necesario para apagar la fiebre fugaz de aquella experiencia que la mantuvo en vela tantas noches. Se encontró tras el mostrador con una mujer de su misma edad, perfectamente uniformada, que le sonrío con cierta complicidad y, sin mediar palabra, le despachó una tableta de chocolate y un paquete de Fortuna. La perplejidad de Laura alcanzó proporciones devastadoras cuando, tras dudar unos segundos y sin poder evitarlo, preguntó por el joven dependiente que la había atendido meses atrás.

–Cómo dice –inquirió la encargada con un mohín de humor o de sorpresa.

–Le hablo de Luis, el chico que trabajaba aquí, su compañero.

–No comprendo, perdone –la mujer miró a Laura de arriba abajo, como tratando de encontrarle sentido a aquella broma o al amago de locura de su cliente.– Yo soy quien la ha atendido desde el primer día. ¿No me recuerda? No conozco a ningún Luis y, que yo sepa, nadie me ha sustituido en mi turno de noche desde que abrieron el local. Qué más quisiera.

Laura Miranda palideció de golpe, esbozó una disculpa y, tirando de la correa de Luna, se dio media vuelta. Al salir a la calle, tomó aire y alzó vista hacia algún lugar de la noche. Fue entonces cuando algo la detuvo, petrificada ante la imagen que se alzaba a escasos metros de la tienda, inundándole los ojos. Frente a ella, un joven con el torso desnudo y una sonrisa de celuloide que le recordaba rabiosamente a James Dean, la miraba con deseo desde el cartel publicitario de una cabina telefónica mientras apuraba un Fortuna y le prometía de nuevo una vida diferente, rebelde y fascinante, repleta para siempre de aventura.