La soledad

Jose Luis Ferris
Jose Luis Ferris

Por

Se encontraron por pura casualidad en las escaleras mecánicas de El Corte Inglés. Él subía a la sección de caballero en busca de unos vaqueros y un cinturón que combinara con todo. Ella descendía hacia la planta baja cargada de objetos de menaje y algo de lencería aprovechando las ventajas de las rebajas de verano. El repentino encuentro les obligó a improvisar un saludo inseguro y torpe mientras se seguían con la mirada arrastrados por el mecanismo de escaleras opuestas. Él tuvo tiempo de indicarle, con un gesto, que le espera en la planta inferior y allí se vieron en apenas un minuto, en cuanto él pudo alcanzar la escalerilla de bajada y descender con aquella lentitud de las cintas transportadoras. Se besaron con una fría efusividad en la mejilla izquierda, aplicando la retórica de los encuentros imprevistos después de algunos años sin saber nada del otro; pero conforme se cruzaban preguntas de una terrible superficialidad, las miradas emprendieron la labor contraria y acabaron por delatar de una manera elocuente el deseo de saber algo más de sus vidas. Decidieron entonces caminar hasta la cafetería de la quinta planta y olvidarse de la prisa y de la urgencia que les había acuciado durante toda la jornada. Allí se acomodaron. Él se quitó la chaqueta y la colocó con inusual cuidado en el respaldo de la silla; ella dejó las bolsas junto a la mesa, en la repisa vacía que le hubo de servir, asimismo, para apoyar el codo y fingir una postura de confianza y orgullo. Pidieron un descafeinado con leche y un solo con hielo y se volvieron a mirar, esta vez con una sana insolencia y sin reparar en detalles tan frívolos como el sofocante calor de aquella tarde o los claros estragos de un cambio climático de impredecibles consecuencias.

Fue él quien se atrevió a romper el hielo al preguntarle directamente por su vida. Y ella aprovechó la audacia para decirle sin reparos que llevaba cuatro años trabajando de relaciones públicas en una empresa de gestión patrimonial, que vivía en un bungalow de El Cabo con vistas al mar y que desde hacía tres años y un mes compartía vida y casa con un promotor cultural aficionado al cine que no sólo la quería de verdad sino que se lo recordaba a diario con frases ocurrentes y tiernas. Él la escuchaba con interés, garabateando en algún momento el envoltorio del azúcar con dibujos extraños, sorbiendo muy despacio el café y mirándola de nuevo sin dejar de oírla. Después fue ella quien preguntó mientras sacaba del bolso un Fortuna Lith que abrió muy despacio y del que extrajo un cigarrillo que tardó en encender. Entonces él volvió a mirarla, esta vez apoyándose en una sonrisa que llevaba directamente a su pensamiento, a sus recuerdos, mientras le robaba un cigarrillo y ganaba tiempo para buscarse una respuesta convincente y sutil. Al final, con un leve temblor en el pulso de su mano derecha, le confesó que poco o nada había cambiado para él desde entonces. Vivía en el mismo piso que ella recordaba, seguía componiendo música y haciendo arreglos para otros, daba clases en la facultad y frecuentaba los mismos lugares de copeo nocturno que compartió con ella durante cinco años. Se cuidaba poco, eso sí. Había vuelto a fumar y bebía más de la cuenta cuando salía con los amigos. Por lo demás, seguía solo. Después de aquella experiencia en común tuvo algún encuentro esporádico con dos o tres mujeres que no llegó a prosperar debido, fundamentalmente, a su forma de ser. Se había acostumbrado a la soledad y le costaba un mundo compartir sus cosas, su espacio y su tiempo con alguien de costumbres distintas. En eso, y en el fondo, la admiraba a ella, que había tenido la suerte, la generosidad y la tolerancia necesarias para soportar una persona a su lado, para profesarle algo tan aparentemente sencillo como lealtad y amor.

Entonces ella le interrumpió acordándose de algo. Le rozó con los dedos la muñeca desnuda, lo miró fijamente y le dijo, sin alterar el semblante, algo así como que resultaba triste, acaso demasiado, que él desperdiciara de aquel modo su vida y su sonrisa; o que sus labios, tan sublimes y cálidos entonces, se perdieran en una soledad hasta cierto punto indeseada. “Besabas como nadie. Te encantaba compartir tus instantes de gloria. Me hacías oír una y otra vez tu última composición para que te diera el visto bueno, para que apaciguara tu inseguridad. Me sonreías como un dios en los malos momentos. Besabas como nadie…”, le dijo expulsando el humo hacia él, hacia sus ojos, como atrayéndole hacia sus proximidades. Y él entornó la mirada y le recordó con cierta ironía la canción de Aute, “Las cuatro y diez”, por aquello de las citas nostálgicas. Y se remitió entonces al aspecto de ella, al brillo de sus ojos, a la maravillosa cintura que seguía conservando y a esa forma de vestir de cuarentona aficionada a los tacones altos, a las medias oscuras y a los trajes de chaqueta. Le confesó en aquel momento que él tampoco había vuelto a probar unos labios como los suyos y en el fondo, muy en el fondo, acabó preguntándose por qué lo habían dejado, por qué, después de aquellos años de tanta confianza, de tan probada ternura, abandonaron una historia que se prometía interminable. La miró de nuevo y apunto estuvo de levantarse y de besarla allí mismo como si nada hubiera pasado, pero en aquel instante ella guardó en el bolso el paquete de cigarrillos y se incorporó con ánimo de marcharse.

“Cuídate” le dijo a unos centímetros de su cara, antes de rozarle la mejilla con sus labios por última vez, susurrándole al oído. “Y deja de fumar. Es una prueba inequívoca de los poco que te quieres”. Se marchó sin darle tiempo a proponerle otra aventura. Y él se quedó todavía unos minutos apurando el penúltimo sorbo de café mientras escuchaba por la megafonía interna una canción de Malú tan tortuosa y desesperada como su ánimo, como una nueva derrota o como el simple recordatorio de que su soledad era insalvable, de que su inmadurez era un estado, una forma de vida diametralmente opuesta a la felicidad.