Dioniso (@la_carne_de_eva)


Dionisio, desde que desembarcó en Portugal, parece feliz, aunque eso no siempre fue así. Había nacido en Puerto Rico cuando todavía los grandes terratenientes de ultramar utilizaban esclavos en sus grandes plantaciones de caña de azúcar. Sus padres, esclavos como él, fueron separados al poco de nacer Dionisio. Y él se quedó con la madre, como era costumbre entre los esclavistas, en espera de que pudiese ser vendido o puesto a trabajar en la hacienda a la que pertenecía.

Para la madre de Dionisio la libertad fue siempre algo sin forma específica, tan deseada como imposible de alcanzar, un intangible que ocupaba un espacio real en sus noches en vela y que no hubiese sabido explicar, pero que anhelaba con todas sus fuerzas.

La joven madre no quería que su hijo viviese en el mismo limbo existencial en el que ella estaba perdida sin remedio desde que tenía edad para recordar. Por eso, una noche de estrellas infinitas, con el niño en brazo y el miedo asomando en cada esquina, recorrió el puerto en busca de un barco que no fuese español para entregar a su hijo en una especie de adopción sin trámites ni garantías para el pequeño, y que tenía como único resultado cierto los latigazos que a la mañana siguiente sentiría en su espalda de negra irredenta. El barco elegido tenía pabellón portugués y el marinero que recibió a Dionisio envuelto en lágrimas, una mirada sin culpa en la que se reflejaban temblorosas dos mellizas de la luna.

Dionisio se agarró con fuerza de las faldas del marinero que lo recogió cuando se dio cuenta de que era lo único que le quedaba y ya nunca se soltó de ellas. Aprendió a hablar el portugués en menos de un mes, y a casi olvidar el español por muchos años. Aprendió a marinar y mercadear como si del mejor súbdito de la corona Lusa se tratara. Y se hizo duro por fuera, resistente a las mareas de cuantos mares surcó y sordo sin remedio a los bellos cantos de las sirenas. Pero fuera de las faldas de Anfitrión, Dionisio fue un niño asustado, luego un adolescente retraído y después un joven sin empujes ni anhelos.

Muchos años después, en medio de un agosto templado, mientras bordeaban el cabo de San Vicente, el marinero posó sus ojos sobre la tierra de sus antepasados y decidió que ya había navegado lo suficiente, que los ahorros que tenía casi le alcanzaban para sus planes de jubilación, y que lo que le faltaba bien podía conseguirlo uniendo fuerzas con Dionisio.

El marinero acababa de cumplir cincuenta y tres, Dionisio diecinueve. El muchacho no había gastado ni uno solo de los réis plateados que cobraba semanalmente por su trabajo. A pesar de eso, Anfitrión fue el que más aportó a la empresa común.

Desembarcaron en Faro, compraron una vieja casona llena de escombros y ratas junto a la zona portuaria, y en menos de un año de partirse el lomo a diario la trasformaron en una magnífica hospedería que además era restaurante de día y casa de fados al anochecer.

Fue entonces, al poco de inaugurar, que el marino se puso a buscar esposa no sin antes dejar constancia ante notario de que la propiedad y sus beneficios pertenecían en partes iguales a ambos socios.

—Estos papeles no hubieran hecho falta, pero es mi deseo casar y tener descendencia, y los hijos y las mujeres que menos aportan a la hacienda familiar suelen ser los más avariciosos con las herencias —Se explicó Anfitrión ante el notario y Dionisio sin que ninguno de los dos le hubiese hecho pregunta alguna.

Y no le faltaba razón, porque cuando murió el marinero treinta años después, Dionisio, que andaba ya por encima de los cincuenta, tuvo que salir huyendo de la ciudad con lo puesto y sin dinero para evitar que lo mataran los hijos de su antiguo socio. Pero eso fue mucho después, en la otra vida que aún le quedaba por vivir. En esta, a Dionisio le gustaba andar siempre atareado, sentirse útil, aprender a cocinar, a desvestir una cama, a comprar carnes y pescados y verduras frescas en el mercado. Y las pocas veces que se quedaba sin nada que hacer, corría todo el día y gran parte de la noche en busca de quehaceres imaginarios para luego caer rendido en su cuarto, dichoso de sentirse su propio dueño un día más.

Al marinero le gustaba verlo contento, observar como su alma de esclavo aprendía a vivir fuera de la cadenas que un día pusieron en su mente y no había sido capaz de sacarse en alta mar, donde más libre debería haberse sentido. —Quizás tanta inmensidad de golpe, tanto azul sin fronteras, dejó pasmado al muchacho, y tan solo ahora está aprendiendo a que uno es tan grande como quiera sentirse—. Se alegraba a medias el marino.

Porque había algo que le preocupaba, algo que no estaba bien. Dionisio era tan dueño de aquella hospedería como él, incluso más, porque, aunque era cierto que tan solo había aportado una quinta parte del dinero que se necesitó para poner en pie la empresa, había trabajado, y aún lo hacía, hasta la extenuación todos los días desde que adquirieron aquel edificio en ruinas, y eso valía para él mucho más que todos los réis del antiguo imperio juntos.

Y eso precisamente era lo que preocupaba al viejo Anfitrión: que trabajase tanto, que no se permitiese un descanso, que no disfrutase, ahora que podían permitírselo, de un día de asueto, o de una noche en el casino, o de una cama caliente en el burdel de hombres solos que estaba en la ciudad vieja. Al marinero le dio entonces por pensar que lo que buscaba Dionisio era no tener un solo momento libre para no tener que pensar en otro tiempo que no fuese el actual. Para no acordarse de su madre, de la que jamás hablaba, o de la vida de esclavo que apenas llegó a entrever y que hubiese tenido que vivir sin remedio hasta el final de sus días.

Anfitrión pensó durante muchas noches de insomnio la forma de acercarse al muchacho para que este le abriese su corazón, pero no se le ocurrió ninguna manera de hacerlo sin violentarlo. Así que una mañana fresca, sin saber lo que le diría, lo llamó a su lado. La conversación que mantuvieron le hizo darse cuenta de que las heridas del alma no cicatrizan con el tiempo.

—¿Por qué no dejas de correr, y te sientas conmigo un rato?

Dionisio obedeció.

—¿Quieres un vino?

—No, gracias.

—¿Qué ibas a hacer ahora?

—Iba hacia la cocina a ver que hace falta. Más tarde quiero ir al mercado —dijo Dionisio con una sonrisa.

—Eso está bien. ¿Pero por qué no mandas a uno de estos a que te haga una lista de lo que necesitan los cocineros, te estás aquí conmigo un rato y luego vas al mercado?

Dionisio calló y miró al suelo en busca de una escapatoria. No la había. Se levantó y se acercó a uno de los mozos que trabajaba en la hospedería.

—Dice el amo que te acerques a ver que necesitan los cocineros del mercado y que le traigas la lista.

El mozo salió corriendo y él volvió a sentarse junto al marinero.

—Tú sabes que eres tan amo como yo, ¿verdad?

Dionisio se encogió de hombros.

—¿Por qué no das entonces las ordenes en tu nombre en vez de estar todo el día corriendo de acá para allá?

Dionisio volvió a encogerse de hombros. No quería enfadar a su socio con su respuesta. Miró hacia la puerta por la que tendría que volver el mozo con la lista que se le había solicitado, pero todavía no aparecía. Se volvió a mirar a su querido Anfitrión. Los ojos del marinero lo miraban cachazudos y bondadosos, llenos de un mar tranquilo que jamás lo abandonaría. Dionisio sabía de sobra que, dijera lo que dijera, su amigo no se enfadaría, aun así, todavía demoró un poco más la respuesta.

—Yo no quiero ser dueño de nadie.

 Casaseca

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