Luzía Gadanha (de @la_cane_de_eva)

Luzía Gadanha es diminuta y arrugada. Pareciese como si la carga de todos los años que ha ido cumpliendo la hubiesen aplastado contra el suelo convirtiéndola en un burdo remedio de lo que un día no tan lejano llegó a ser.

Gadanha habla español sin acento, pero cuando tiene que echar cuentas de lo que cobrará por sus servicios de curandera o de matrona los números le salen en portugués a pesar de llevar una vida entera viviendo en Malcocinado.

Si queremos hacer honor a la verdad, no se puede decir que la pequeña matrona viva en Malcocinado, sino en un minúsculo aunque laberíntico cortijo que su difunto esposo empezó a construir cuando Luzía quedó encinta de su primer hijo, hasta entonces habían vivido bajo el único ojo del único puente de piedra que cruza del arroyo Manchona. El inofensivo arroyo baja seco gran parte del año, pero es capaz de convertirse en el más despiadado y mortífero de los ríos por el capricho de cualquier tormenta sin rumbo.

Al cortijo, que en un principio fue una pared de piedras amontonadas junto a un chamizo, se le han ido practicando anejos según se han ido necesitando. Ahora, además de la diminuta viuda, viven en él sus dos hijos con sus dos esposas, todos ya casi tan viejos como Gadanha, sus siete nietas con sus maridos y una recua de bisnietas sin nombre que se empeñan en seguir naciendo hembra año tras año.

Hasta el año anterior aún se sintió con ganas, a pesar de su centenario cuerpo, de asistir a la nueva partera, una de sus bisnietas, a traer al mundo a los siete varones y cuatro hembras que nacieron en la comarca.

Pero eso fue el año pasado, porque la vieja partera ha decidido, desde que el mes de enero lo anunciase con heladas descarnadas, que el corriente será el último. Y desde entonces espera sentada en su destartalada silla de enea, junto a la eterna lumbre del hogar, a extinguirse para siempre.

Desde allí rumia en silencio sus últimas horas, que ya van para tres meses, sin hablar con nadie ni responder a provocaciones —¿Quiere usted que la enterremos con la silla, abuela?—, ni a halagos —¡Con lo que usted ha sido, madre, y que se vaya a dejar morir así…, tan pendejamente!—. Pero cuando todo está en silencio, cuando toda la chiquillería se ha ido a dormir por entre los vericuetos de la intrincada casa; cuando sus nietas y esposos huelgan, o fornican, o planean un porvenir que los haga sentir vivos; cuando sus hijos y sus nueras están en la cama peleándole a la noche unas horas de sueño que los mantenga alejados de los pensamientos mortales que los acechan, Gadanha conversa sin parar en un murmullo frenético que alcanza hasta el alba.

Junto a ella, su querido esposo, tan joven y apuesto como el día en que murió, la escucha y asiente. De pie, en medio de los dos, la parca los mira sin mostrar pena o alegría, como la espectadora sin opinión que siempre ha sido.

Hoy no ha sido diferente. Tiene la garganta estragada por el esfuerzo. Un nuevo día se anuncia a través de la ventana. Para cualquiera que mirase en ese momento al cielo seguiría siendo noche cerrada, pero la vieja Gadanha ha aprendido a leer en los tonos azulados de la estela invisible de los luceros la proximidad del sol. Calla un momento. Le gusta mirar los rescoldos de la lumbre apagándose bajo un manto de ceniza estéril. Habría que levantarse a llenar el caldero de agua y luego avivar el fuego del hogar. No lo hará. El fantasma de su marido ensaya una sonrisa sin maldad antes de desvanecerse. La muerte da un paso atrás y empuña la guadaña.

—Estoy lista —dice la vieja partera.

—Aún no es tiempo —responde la muerte.

—¿Cuándo lo será?

—Eso nadie lo sabe.

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