Felisa (de @la_carne_de_eva)

Felisa no tiene una hora fija para llegar a trabajar, nunca ha tenido reloj, y aunque lo tuviese, no sabría como descifrar el mensaje que para ella ocultan las manecillas rotatorias. Por eso duerme con las cortinas descorridas, y se despierta con el alba cada día. Es noviembre, las noches son más largas y los madrugones menos exigentes

Felisa vive en Malcocinado con sus cuatro hijos y con su marido, que también trabaja para don Alonso. Los hijos quedan a cargo de una vecina cuando la pareja abandona el hogar con las primeras luces. A medio día verá al mayor, que tiene ocho años, cuando se acerque a la cocina del taller de carpintería a recoger las sobras del almuerzo que ella prepara para su marido y el resto de carpinteros. Con las sobras que Felisa guarda, la familia está engordando un verraco que sacrificará con los primeros hielos.

Inés y don Alonso entran a la cocina cada mañana al poco de llegar Felisa. Un puchero de café y achicoria que ella misma dejó preparado la tarde antes rompe a hervir ahora sobre uno de los fogones de la cocina económica.

—Buenos días —saluda Inés.

—Parece que se nos han pegado las sábanas esta mañana —comenta don Alonso con una sonrisa maliciosa atravesada en la comisura de la boca.

—Sería la primera vez en mi vida —se indigna Felisa.

El matrimonio se sienta a la mesa en silencio como cada mañana. Don Alonso toma un buen tazón de café con leche y miel y varias rebanadas de pan de centeno que migará en el humeante tazón. Inés prefiere el café solo y que el pan esté tostado antes de refregarle un diente de ajo y regarlo con un chorrito de aceite. De pie, con la cadera apoyada firmemente sobre el quicio de la cocina, Felisa da cuenta en un santiamén de una perrunilla y de un vaso de leche templada. Luego, sin haber acabado de masticar, agarra el puchero con las manos forradas en trapos, lo transporta al taller, lo deja encima de una tarima y vuelve casi a la carrera a recoger las tazas y el pan tajado que ya tiene preparado sobre la camarera de madera que usa como transporte.

Hace mucho que Felisa dejó de ser joven, pero ni una sola mañana faltan halagos en la fila de obreros que espera a que la cocinera les sirva el brebaje negro que los mantendrá hasta el mediodía. A su marido, que es de buena catadura, nunca le ha importado escuchar las cosas que le dicen a su mujer.

Media hora después, Felisa regresa a la cocina sonriente. Hoy los piropos han sido más ocurrentes que de costumbre, y no ha podido por menos que reír abiertamente con alguno de ellos.

La pareja no se ha movido de donde Felisa los dejó. Don Alonso observa a la sonriente cocinera. Se ha levantado de buen humor, y no puede contener una maldad.

—Pero bueno, Felisa. ¿No se habrá creído la sarta de mentiras que le dicen? Esos lisonjeros son capaz de cualquier cosa por un poco más de café.

Don Alonso no es un mal hombre, y Felisa lo sabe. Es amigo de las bromas y las acepta con la misma disposición con que él mismo las da, pero a la cocinera no le ha gustado el tono burlón. Quizás esté ya algo mayor. Quizás sepa que lo que ha dicho el amo es verdad: que los piropos sinceros de hace unos años ya nunca volverán. Sea como fuere, Felisa se siente ofendida. Tanto como para olvidar por un temible momento la posición que ocupa en este mundo de clases y convencionalismos. Mira a don Alonso con fuego en los ojos. Si hubiese tenido una arma cargada en aquel momento, su amo ya sería historia, y ella solo tendría por delante el resto de su insignificante vida para arrepentirse. Por fortuna para Felisa y para don Alonso, ella solo cuenta con su ingenio para defender su honor manchado.

—¿Sabe qué es lo malo de los ricos? —Preguntó saboreando el veneno que se le estaba amontonando en el paladar— Que tienen mucho tiempo para aburrirse y se les agría el poso como al café.

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