Don Alonso (de @la_carne_de_eva)

Un relato de Casaseca

Don Alonso fue siempre un niño dócil. Quizás, podría decirse, que demasiado calmo y sosegado para un pueblo perdido en el límite de tres lindes diferentes como era Malcocinado. A los nueve, cuando el resto de muchachos de su generación estaban ocupados en diversiones y maldades propias de su edad, él se dedicaba a pasear todas las tarde con su anciano padre.

Don Arnaldo era escurrido de carnes y de vigor. Se casó ya viejo con Fátima y era casi setenta años mayor que su único hijo, pero aún tenía el seso avisado y sin perjudicar por las telarañas del tiempo. Don Arnaldo era uno de los pocos que sabía leer en el pueblo.

Una mañana de san Miguel en la que el calor de su veranillo pareció terminar de madurar y agostarse, don Arnaldo sacó a su hijo de la cama, le obsequió una pizarra nueva y lo llevó con su caminar despacioso y atrancado hasta los aposentos privados del cura de Malcocinado. Allí aprendió a perderle el miedo a los números y las letras por el corto espacio de un otoño y medio invierno. Luego murió don Arnaldo, y su madre lo obligó, sin haber cumplido aún los diez, a convertirse en hombre, ebanista y jefe de taller. Pero durante aquellos cuatro meses, que él habría de recordar siempre como la época de los paseos, todavía tuvo tiempo de sentirse niño, de vivir a la sombra protectora del padre, de saborear el miedo a la soledad…

Alonso regresaba a casa al mediodía después de haber pasado la mañana batallando contra su propia estupidez. Y, ante la pasmada mirada de su madre, devoraba cuantas viandas le ponían delante sin levantar la mirada del plato.

—¿¡Cómo pueden dar tanta hambre los libros!? —Se admiraba Fátima.

Alonso apenas sonreía entre bocado y bocado antes de seguir dando cuenta del resto de la comida. Luego, con el estómago tenso como la piel de un tambor, descabezaba un reparador sueño antes de ponerse con las tareas que le había encomendado el párroco.

Sobre las tres, volvía a aparecer en la cocina, de pie, urgido por la apremiante mirada de su madre, despachaba de un solo trago un vaso de leche con miel antes de hacer lo propio con unos prestiños o un bollo “preñao” o cualquier dulce de temporada.

—Tu padre está esperando en el poyete, Alonso. No lo hagas esperar —Le decía su madre antes de que hubiese tragado el último pedazo de alimento—. Y ten mucho cuidado, y pórtate bien, y no corras…

Alonso ya no escuchaba las recomendaciones de su madre. Había aprendido a asentir sin pensar porque se las sabía de memoria, luego salía a la calle en busca de su anciano padre, lo ayudaba a ponerse en pie y comenzaban el saludable paseo agarrados de la mano.

Las caminatas, que estaban salpicadas de numerosas paradas, se las había prescrito a don Arnaldo el facultativo de Malcocinado asegurándole que le harían mucho bien siempre que no se fatigase demasiado. Y el obediente anciano no dudaba en detenerse a cada pocos pasos cada vez que sentía que el corazón le palpitaba en exceso.

El padre de Alonso era de palabra fácil, le gustaba contar historias a su hijo. No todas eran enseñanzas magistrales ni terminaban con una moraleja que era conveniente aprender. Muchas eran simples anécdotas, curiosidades sin importancia o picardías perpetradas durante su juventud, que el anciano suavizaba para no escandalizar los virginales oídos de su vástago.

También había tardes en las que casi no hablaba, en las que se dejaba abducir por una ensoñación o una remembranza, y consumía el paseo en silencio, ensimismado en un mutismo hermético sin apenas fisuras.

Fue al salir de uno de esos prolongados silencios, una tarde de nieblas otoñales, que don Arnaldo quiso saber que le rondaba por la cabeza a su hijo.

—¿Por qué no vas nunca a jugar con tus amigos, Alonso?

La pregunta cogió al muchacho desprevenido, pero no tanto como para no darse cuenta de que no podía decirle al padre que su madre lo obligaba a acompañarlo en sus diarios paseos crepusculares, ni que lo hacía muerto de miedo, vigilando durante todo el trayecto las mudanzas de color en su rostro de pergamino, su respiración desacompasada y sin fuerza, los temblores la mano que él sujetaba… Temiendo siempre la posibilidad cierta de tener que lidiar con la agonía de su propio padre en solitario. Tampoco podía decirle que se había imaginado mil veces agachado junto a su cuerpo sin vida en cualquiera de los caminos que tomaban para caminar sin rumbo. Así que rebuscó entre sus infantiles sesos sin maldad, e intentó decirle que no iba con sus amigos porque disfrutaba de su compañía.

—Prefiero estar con usted, padre. Las verdades que con usted aprendo, no me las van a enseñar mis amigos.

Pero algo en su manera de decirlo, quizá la desafección con que lo hizo, quizá la ausencia de una sonrisa, quizá la mirada huidiza del muchacho, le hizo pensar a don Arnaldo que a su hijo le daba miedo quedarse sin padre a tan temprana edad.

—Te hubiera gustado tener un padre más joven. ¿No es cierto? —Se atrevió por fin a preguntar.

Se habían parado otra vez. Estaban apoyados en un inmenso tronco de eucalipto. La mano que sujetaba se le antojó bastante firme, la respiración de don Arnaldo era fluida y el color de sus mejillas todo lo normal que jamás podría llegar a ser a su edad. Alonso miró a su padre a los ojos y leyó en ellos una extraña súplica de flor marchita.

—No lo sé. Usted es el único padre que he conocido. Y a mí me gusta así.

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