Bótoa (de @la_carne_de_eva)


Bótoa es breve y apresurada como un padrenuestro sin fe, tiene once años y es todavía un animalillo a medio domesticar.

Su madre nunca existió, sino dentro del marco del que cuelga en la pared del comedor. A veces, cuando están las dos a solas, la muchacha se queda mirándola desde muy abajo, y le cuenta un cuento que inventa sobre la marcha. Al padre, viudo y sin vocación, apenas le alcanza la autoridad para hacer que la niña use algo de ropa.

Bótoa ha sido, desde siempre, la única dueña de su carácter y de los latidos de su corazón. Es también maestra en adivinar de que color serán los pollos antes de que hayan perdido el plumón con el que abandonaron su útero prestado de dragones en miniatura.

A Bótoa le gusta atravesar los apretados campos de maíz a la carrera y luego quedarse muy quieta viendo el río pasar sin prisas mientras fabrica remolinos entre las piedras. También le gusta hostigar a las lagartijas para que pierdan el rabo que luego bailará para ella. Y compartir con las arañas las técnicas milenarias de las tejedoras de otros tiempos.

Pero lo que más le gusta de todo es sentir el tiempo resbalando lento y cadencioso en las tardes de verano, atrapar la melancolía que se amontona a la sombra de las higueras e imaginar con los ojos abiertos como serán los geranios cuando ella ya no esté para orinar sobre ellos.

Un septiembre sin frío, al poco de cumplir los nueve, entró en casa una señora que ella conocía de verla por el pueblo, y que se empeñó en llamarla sobrina, y en que usara zapatos. La señora bullía de actividad, cambió el ritmo de su vida y le hizo concebir la noción de que existía un mundo complicado al que ella nunca pertenecería.

Desde ese día se declaró entre ellas una guerra sorda que pareció ganar la señora una mañana que apareció muy temprano, la levantó de la cama, la obligó a que se lavara, la peinó, la agarró de la mano y la llevó a la escuela. Y que perdió definitivamente un año después.

En el año escaso que atendió a las clases, aprendió a defenderse de las cuatro reglas usando los dedos para apuntar las llevadas, a usar una caligrafía menuda y delicada que ejecutaba tras atrapar la punta de la lengua entre los dientes, y a leer en voz alta enfatizando los signos de interrogación con una musiquilla extraña.

El maestro, tras convencerse de que la chiquilla no tenía intención de volver, se hizo acompañar hasta la casa de la señora que la llamaba sobrina. Llegaron una tarde sin avisar. Ella los vio hablar con su padre desde debajo de una silla, y no salió de allí hasta que estuvo bien segura de que se habían marchado. El viudo los escuchó hasta que ninguno de los dos tuvo nada más que decir, luego se levantó sin aparente esfuerzo.

—No insistan —dijo antes de abandonar a la visita—. Lo único que ha sido capaz de retener a mi Bótoa encerrada tras una puerta era la novedad, y esa se encargó usted mismo de matarla, letrado.