Sor Patricia (de @La_carne_de_eva)

Hacerse monja no fue una decisión suya, en realidad, ni siquiera fue una decisión, sino la consecuencia lógica del tiempo en que vivía. Su hermano mayor lo heredó todo; la primera de las hermanas se casó con el único partido decente que quedaba en el pueblo; el tercero entró al ejercito; el cuarto se hizo cura; el quinto, marino mercante; la sexta se fugó con el telegrafista en prácticas el mismo día en que este asumía su primer destino en un pueblo perdido en medio de montes desérticos a tan solo media hora de Francia y nunca más se volvió a saber de ella; la séptima y última pensó que sirviendo a Dios desde cualquier convento que estuviese en la provincia de Badajoz tendría la vida resuelta como la tenía su hermano el cura, e ingresó sin más tribulaciones en la orden de hermanas hospitalarias del corazón de Jesús.

Ingresando en esta orden buscaba burlar la clausura, y lo consiguió. Buscaba no depender de varón alguno, y también lo consiguió. Buscaba ser útil a los demás mientras le durase la vida y le aguantasen las fuerzas y, no solo lo consiguió, sino que se convirtió en la monja más querida y respetada del hospicio de Malcocinado.

Lo que nunca buscó fue a Dios. —Si existe no necesita ser buscado porque estará dentro de mí, y si no existe, para qué perder el tiempo buscándolo—. Lo que sí tenía era una ferviente e inamovible fe en la humanidad. Creía en el progreso y creía en el amor. En todas las clases de amor: en el fraternal, en el de los amantes primerizos, en el más sosegado de los matrimonios viejos, en el amor sin causa que se profesa a los recién nacidos o a los desconocidos. Creía en todos, y creía en que todos eran válidos por igual. En lo único en que no creía es en que hubiese amor para ella en el mundo. Se engañaba diciéndose que no lo necesitaba, pero en realidad pensaba que no lo meritaba.

Siempre se veía pequeña, desmerecedora de cualquier muestra de afecto o de favor que pudiese encontrar a su paso. Cada vez que alguien quería distinguirla con un detalle de cariño, como una golosina o un pañuelo perfumado, daba las gracias y rápidamente le decía a quién fuese que le hubiese entregado la dádiva —Esto ha de venirle muy bien a fulano o a mengana—. Si la muestra de amor era verbal, si le alababan una virtud o simplemente trataban de agradecerle un acto con que los hubiese distinguido, ella lo desdeñaba con un gesto de la mano mientras apuntillaba con la sempiterna frase que todo el pueblo llegó a conocerle —No sea zalamero, si no lo hubiera hecho yo, lo hubiera hecho cualquiera—. Y así hubiese sido siempre, sor Patricia habría repartido todo su amor mientras le sacaba brillo a la armadura sin resquicios que la mantenía a salvo de recibirlo.

Pero todo eso vino a cambiar el día en que de verdad conoció a Esteban. El huérfano tenía apenas 10 años y había quedado impedido. Ella lo visitaba cada tarde en la celda que habían habilitado para él lejos de los dormitorios de los demás incluseros. Esteban quiso agradecerle por enésima vez los desvelos que con él tenía, y sor Patricia ya había iniciado el movimiento de mano que usaba como escudo para el amor antes de llamarlo zalamero. Entonces Esteban hizo algo que nadie había hecho nunca antes por ella. Le dijo su verdad.

—Entonces no puedo quererla, madre.

—¿Cómo así, Esteban? —Se extrañó la monja.

—Si no es capaz de quererse usted que se conoce bien, cómo voy a poder quererla yo que apenas se de usted el génesis y no completo.

El nudo que mantenía a sor Patricia atada por dentro desde que nació se deshizo en menudencias y las lágrimas brotaron de ella, y no fue capaz de hacerlas parar durante tres días con sus noches.

Durante esos tres interminables días apenas comió o probó el agua, sino cuando notaba que el torrente de sus lagrimales perdía vigor, y ella lo reanimaba bajando a beber a la fuente del huerto antes de volver corriendo a encerrarse en su celda.

Al final del tercer día, con los ojos secos y el corazón en un puño, sintiéndose como una resucitada sin estigmas, volvió a asomarse a la habitación de Esteban.

—¿Cómo estás hoy, muchacho? Preguntó colgada del marco de la puerta con una sonrisa.

—No tan guapa como usted, desde luego.

—Gracias, sí que estoy guapa hoy, sí.

Los dos sonrieron como siempre habían querido hacerlo, sabiendo que nunca más tendrían que decirse cuánto se querían porque estaba demasiado claro.

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