Margarita (de @la_carne_de_eva)

Un relato de Casaseca

Margarita nació negra. Sus hermanos eran blancos. Pero ella nació negra, y siguió siéndolo hasta que muchos años después una mañana de nieblas tempranas, la muerte, que ya hacía tiempo que era una amiga que se sentaba a su lado a ver anochecer, la tomó de la mano y se la llevó con ella para que no tuviese que andar sola durante el día.

Margarita no supo que era negra hasta que se lo llamaron en aquel abril sin lluvias del año en que cumpliría los nueve. Sucedió en un domingo tan normal que no parecía sagrado, sino de diario. Afuera, en Malcocinado, habitaba desde hacía meses un sol templado que se movía despacio sobre un desleído cielo azul de primavera recién estrenada. La niña caminaba hacia la puerta de la iglesia con prisas, intentando soltarse de la mano de su hermana Ascensión con un forcejeo inútil y frustrante del que jamás había salido victoriosa.

En ese domingo de ordinario, el cura del pueblo le cortó el paso a la comitiva que encabezaba don Alonso y que incluía a Juan y a las dos muchachas cuando ya alcanzaban la salida y Margarita estaba a punto de obtener permiso para salir corriendo en busca de alguien con quién jugar.

—¿Cómo anda la familia? —Preguntó el párroco con una sonrisa nerviosa.

—Ya lo ve usted, padre. Creciendo —dijo don Alonso señalando a su primogénito.

—Ya veo, ya. ¿Y qué me dice de la pequeña?

Don Alonso había aceptado hacerse cargo de los costos que generase la crianza de Margarita porque al fin y al cabo la niña era medio hermana de sus hijos, pero hasta ahí le había llegado siempre la voluntad. Así que por un momento, hasta que se fijó en que los ojos del sacerdote estaban mirando a la niña negra, don Alonso estuvo seguro de que este se estaba refiriendo en todo momento a Ascensión, aunque esta fuera ya moza y tuviese amigas de su edad que hacía tiempo que estaban casadas y eran madres.

—¿Margarita? —Se sorprendió— ¿Qué pasa con ella?

—Se acerca mayo, el mes de María y de las primeras comuniones —dijo—. No he visto a la niña entre sus quintos preparándose para ese día, y me ha extrañado siendo tú tan buen cristiano…

El cura había dicho la última frase mientras se apartaba para dejar el paso franco a don Alonso. Y este, debido a los empujones y a las prisas por salir de todos los que le seguían, no había tenido tiempo de asimilar por completo el significado de las palabras escuchadas, mucho menos de pensarlas o de articular una respuesta coherente.

El cabeza de familia no era el único sorprendido. Margarita, que había barruntado que algo pasaba, desistió por completo de escapar y permaneció quieta y dócil como nunca antes. El particular silencio que compartieron los cuatro en mitad de la algarabía dominical se hizo denso y árido a un tiempo. Tan insoportable e irritante como un pitido prolongado, pero nadie dijo nada hasta que don Alonso se sintió a salvo del resto del pueblo.

—Si llego a saber que la hija del pecado de Inés iba a darme tantos quebraderos de cabeza, la hubiese ahogado en el río el día en que nació.

Lo dijo con rabia, y a Juan, que sabía de lo que su padre era capaz, no le cupo duda que este hablaba en serio. A Ascensión, en cambio, las palabras de su padre le parecieron un desahogo del momento, cosas que se dicen por decir sin haberlas antes pensado ni masticado por completo.

Margarita no perdió el tiempo interrogándose sobre la veracidad de la afirmación de aquel hombre al que nunca había sabido cómo tratar, y que era el padre de sus hermanos y el marido de su difunta madre. Ella solo vio la oportunidad de aclarar las cosas, y no quiso desaprovecharla.

—Entonces, ¿va a ser usted mi padre? —Preguntó con la solemnidad de una misa de difuntos.

A don Alonso se le revolvieron las tripas con olores de regato, se le violentó el pulso en un manojo de latidos en desbandada y se le extravió un ojo que ya nunca pudo volver a recuperar su lugar original.

—Las negras no tiene padre —sentenció desde el fondo de un resentimiento que tenía exactamente los mismos días y las mismas noches que la niña negra.

Margarita le sostuvo la mirada apenas un segundo antes de soltar la debilitada mano de su hermana. Un segundo eterno en el que sintió como sus huesos fríos rechinaban entre ellos. Luego, vestida de estreno con una sonrisa de huérfana que ya nunca querría abandonar, se volvió hacia Ascensión y le hizo la pregunta que le hacía cada domingo. “¿Puedo ir a jugar ya?”. Y sin esperar respuesta, salió corriendo en busca de nadie.