Inés (de @la_carne_de_eva)


2 días de retraso por mi culpa de nuevo. Aquí el relato de Casaseca :).

A Inés la casaron joven. No la pretendía nadie hasta que Fátima se fijó en ella para esposa de Alonso. Su único hijo.

La primera vez que su futura suegra vino a hablar de negocios de boda con el padre de Inés, ella no se enteró hasta un par de días después, cuando a la muchacha que ayudaba en casa se le escapó.

—¿Y qué le parece el ebanista como marido, Inesita?

—Calla esa boca, fregona chinchorrera— le había gritado el viudo a la sirvienta zanjando el asunto por las bravas.

A Inés le faltó valor para preguntar al padre por el asunto cuando se quedaron solos en el almuerzo, y luego en la cena, y durante los días sucesivos.

Pero a Inés le había picado la curiosidad, y tras un par de semanas de dudas y de miedos decidió que se la rascaría sin decir nada a nadie. Cada tarde, después de recoger agua de la fuente con uno de los cátaros de barro rojo que fabricaba su padre, daba un rodeo de tres calles para pasar por delante de la casa-taller de los ebanistas del pueblo.

Cargada como iba, pendiente del cántaro y de las piedras sueltas que un día formaron parte del adoquinado, solo alcanzaba a hurtar un par de furtivas miradas cuando pasaba frente al portalón del taller. Para añadir aún más dificultad a la ya de por sí compleja tarea, el portalón permanecía cerrado la mayor parte de la jornada, y solo cuando la casualidad quería, encontraba la chiquilla que lo habían abierto para cargar o descargar tablones, herramientas o un mueble ya barnizado que viajaría sobre una robusta carreta a Badajoz, a Sevilla o quién sabe si a Madrid.

A pesar de todo, había conseguido verlo en tres ocasiones en los cinco meses que siguieron hasta que por fin lo viera aparecer aquel domingo de mayo en que iría a pedir su mano.

Las dos primeras estaba aserrando madera con la cabeza gacha y el pelo brillante chorreando sudor. La tercera, mágica e inusual, Inés alcanzó a ver a Alonso sin camisa. Se la había quitado para poder asearse sin mojarla, había hundido ambas manos en una palangana de porcelana que ya no era blanca, pero que algún día lo fue, y se había arrojado agua a la cara varias veces seguidas con furia inusitada para luego pasarse las palmas con los dedos haciendo las veces de basto peine por la abundante cabellera. Y así lo descubrió Inés. Paralizado entre dos de sus pasos de portadora en un instante eterno que la enamoró para siempre del desconocido que algún día sería su esposo.

Tras aquel episodio, los días se hicieron elásticos, las horas de piedra y sus manos torpes no pararon de romper cuanto objeto delicado pasaba por ellas.

Un día de primavera, caluroso como tantos otros en la baja Extremadura, su padre, previendo que si no ponía remedio a la situación corría el riesgo de quedarse sin la vajilla de uso corriente, y que más pronto que tarde tendría que usar para el diario la que su difunta había dejado bajo llave, visitó a la madre del ebanista y la conminó a que se pasase esa misma tarde con su hijo a pedir la mano de Inés si no quería que se la entregase a cualquier otro menos parsimonioso. Fátima le dio su palabra de que así sería, y el viudo le anunció a su hija que esa tarde tendrían visita, que se acicalase con el vestido de ir a misa y que perdiera cuidado de la casa, ya que la muchacha que solía venir a ayudar, trabajaría el día entero para que ella pudiese estar arreglada para recibir.

Habían pasado dos meses completos con sus calurosas noches desde que la turbadora visión de Alonso la privase de su libertad para discernir. Y su imaginación había tenido el tiempo de distorsionarla y agrandarla hasta convertirla en una mentira subyugadora, por lo que Inés estaba ahora más enamorada que nunca.

Horas antes de la anhelada visita, estaba arreglada y sentada en el salón esperando a que la sirvienta le anunciase la llegada de su amado. Sudaba a mares, pero no se atrevió a subir a su cuarto a refrescarse. Un reloj sin alma le anunció desde la pared que la espera sería larga.

Por fin, con los huesos clavados sobre la silla inmutable y las articulaciones agarrotadas por la inmovilidad, asistió a la entrada triunfal de su futura suegra. Menuda y bella como no había otro animal sobre la tierra. Y luego a aquel remedo de su amado, vestido con el traje de pana negro y el corbatín de las ocasiones que usaba la gente pudiente del pueblo.

Inés se levantó e intentó un saludo sin éxito.

—¿Qué te parece tu futuro marido? —Bromeó sin ninguna gracia el viudo. Por supuesto, la pregunta era retórica, pero ella no pudo por menos que contestarla para sus adentros.

Yo no me quiero casar con este señor. Que me traigan la fiera sudorosa de la que estoy enamorada.