Luis (de @la_carne_de_eva)


Nuevo relato de Casaseca.

Luís lleva todo el verano intentando en vano convencer a su madre de que no lo envíe lejos y un par de semanas rumiando las palabras que esta tarde le dirá a su tío Juan.

Hoy es la víspera del día en que partirá el tren que lo llevará a Badajoz, lo apartará de su madre y su hermano y cambiará su vida. Luís acaba de cumplir 12 años y mañana ingresará en el seminario.

Cae la tarde. Muere la luz. Es principios de septiembre. El sol siempre es amable en su despedida en esta época del año. Una suave brisa lo mece en su resuelto caminar. Pero no todo es idílico. Luís siente como una garrapata hunde la cabeza en mitad de su estómago y lo perfora cada vez que piensa en lo que le dirá a su tío.

Tío y sobrino se saludan, ambos son de escaso vocabulario. El dueño de la casa lo invita a tomar asiento, y él niega con la cabeza en silencio.

—¿Pasa algo? —Pregunta Juan sin dejar de abotonarse los puños de la camisa frente al espejo de cuerpo entero.

—Necesito dos duros.

Juan se extraña, pero no lo demuestra.

—¿Te manda tu madre?

—No. Los dos duros los necesito para mí.

—¿Y para qué quieres tú dos duros?

—Mañana marcho al seminario. No quiero llegar virgen a ese sitio.

Juan está sorprendido. Mira al muchacho con otros ojos. Tío y sobrino son muy parecidos: personas cabales y responsables. No esperaba esto de él. Luís le sostiene la mirada y Juan no puede por menos que sentir una punzada de orgullo al ver que el muchacho se está haciendo un hombre. Sabe que le dará el dinero, pero primero necesita asegurarse de que su sobrino comprende que ese secreto ha de morir con ellos.

—Tu madre te sacará tiras de pellejo si se entera. Y a mí también.

—No se va a enterar.

Juan tienta con el índice unas escurridizas monedas en el bolsillo de su faltriquera.

—¿Sabes los precios?

—Merceditas, la niña que llegó de Azuaga el mes pasado, cuesta un duro por una hora completa.

—¿Y para qué es el otro duro?

—Porque soy un cobarde —responde con un temblor en la voz mientras agacha la cabeza—. El cura me vende un litro de vino del de consagrar por 4 pesetas y me guarda el secreto como si fuera de confesión.

Juan, que perdió su virginidad a los 37 años cumplidos en la noche de bodas, sabe de miedos más que cualquier otra alma de las que habita el pueblo.

—El cura es un ladrón y un aprovechado —mientras habla pone dos duros en la mano de su sobrino—. Baja, y que la cocinera te dé un cuartillo del que yo bebo, no te va hacer falta más.

—Entonces, tío Juan… ¿El otro duro?

—Para que repitas si te apetece.

—Yo no…

Juan hace un gesto con las manos que quiere significar que él no ha pedido explicaciones para que su sobrino no tenga que pasar más vergüenza. Luís gana la puerta del cuarto, y se despide con una sonrisa que es humilde y orgullosa a un tiempo.

—Y, otra cosa, Luís. Que sepas que tú no eres ningún cobarde, te lo dice tu tío.