Bajo tu Kilt (post 1. Edimburgo)

Tal como prometí, pero con un poco de retraso, empiezo a contar mi visita a Escocia. Lo haré en posts de unas 600 palabras para que no se haga demasiado denso.

El pasado 17 de julio a las ocho en punto de la mañana despegaba nuestro vuelo directo de Ryanair Alicante-Edimburgo. Yo, cargada con la GoPro, el móvil, el palo-selfie… todo lo que tenía a mi disposición para inmortalizar lo que yo -todavía- no había considerado un viaje multiaventura.

A las 10:40 (hora española) o 9:40 (hora local) llegábamos a Edimburgo. Tras esperar nuestras maletas de mano, que fueron facturadas gratuitamente por la alta ocupación del vuelo, nos dispusimos a buscar un taxi. Mientras nosotras nos reíamos de lo raro que resultaba circular por el lado contrario, Antonio -nuestro único hombre-, no perdía detalle de la carretera y de la forma de conducir del taxista, puesto que un par de días después iba a convertirse en nuestro chófer (atención al uso en este caso del pretérito imperfecto, que va con doble sentido).

Beaver Street y, al fondo, nuestro hotel, una residencia de estudiantes de habitaciones con cama de 1,10 como única opción y que yo debía compartir con mi queridísima madre, mujer adorable donde las haya pero con tendencia a la práctica de las artes marciales durante sus horas de sueño. Dado que allí el check-in se realiza a partir de las 3 p.m, dejamos las maletas en una habitación multiusos del hotel confiando en la buena fe de locales y visitantes para dar comienzo a nuestra exploración de la ciudad.

Edimburgo sorprende. Empezamos a caminar desde el hotel hasta el centro de la ciudad observando los edificios, los habitantes y los coches que se movían al revés. “¡Qué raros son estos escoceses!” -gritaba la Pepa en cada esquina a la que se asomaba, como una niña que descubre por primera vez que hay un mundo distinto al de su memoria. 

Primera hora en Escocia, y primera lluvia. Nos refugiamos en la wpid-dsc_2608.jpgScottish National Portrait Gallery, un palacio gótico veneciano que se reabrió en 2011 tras dos años de reforma, para ilustrar la historia de Escocia a través de las caras de sus protagonistas. El gran salón, que recibe a los visitantes y los distribuye por intereses (baño, cafetería, exposiciones.. ese fue nuestro orden), está decorado con un friso que lo rodea en el que se encuentran, por orden cronológico, los principales rostros del país. desde Cálgaco (que comandó a las tribus caledonias contra los romanos) hasta el filósofo Thomas Carlyle. En el techo encontramos pintada la representación de las constelaciones (que a algunas recordó al “Cielo de Salamanca”), y en los balcones de la primera planta -que también se encuentran en este salón- pudimos seguir la historia de Escocia. Además, he de decir que los bocadillos de su cafetería son comestibles.

Desde awpid-dsc_2529.jpgllí nos dirigimos a New Town, la nueva ciudad, repleta de casas victorianas organizadas que, a través de un valle llamado Princess Street Garden, en el que gaviotas y escoceses hacen pic nic y toman la sombra, separa Old Town de la Royal Mile. Aquí encontramos el monumento a Scott, construido tras su a muerte en 1832. No tiene pérdida, porque es enorme y está situado en mitad de la calle. Decorado por la parte exterior con los personajes de sus obras, en el interior se puede ver, por cuatro libras, una exposición de la vida del escritor presentada en un recorrido de 287 escalones que termina, supongo, con buenas vistas de la ciudad. No lo sé porque no pude comprobarlo, ya que, si algo tiene Escocia, es  que es carísima, así que hay que priorizar.

Mientras, algunos escoceses -estos, para mí, de los más raros raros- se montaban en una enorme noria descubierta que, sin duda, también ofrecería unas magníficas vistas de a ciudad. pero que a 12º de temperatura y lloviendo no me resultó una experiencia muy atractiva que digamos.