Cuatro rayas negras. Un relato de @JAUrbanoC

Las cuatro rayas de la espalda le habían delatado. No supo cómo reaccionar. Quedó mudo mientras dibujaba una sonrisa nerviosa. Escupió al aire y se desplomó.

Le habían descubierto. La libertad con que se movía, la leve sonrisa, los gestos espontáneos… Su forma de actuar no era normal. La policía ciudadana le había seguido y para que no se perdiera entre la gente le dispararon una descarga eléctrica con sus pistolas.

Los pitidos de los coches abrumaban la cálida incertidumbre de la tarde pajiza. Revoloteaba el cóndor suave de la amnesia sobre sus tenues sienes adormecidas. Y las lágrimas del otoño resbalaban en los cristales monótonos del suspiro grave de la ciudad. Todas las calles se removían en serpentina diagonal hacia la llanura palatina de la plaza donde se arremolinaba gente en torno a una sonrisa quieta.

Tom se incorporó aturdido y quedó sin respiración ante las miradas penetrantes de aquellos desconocidos que le fusilaban, con los ardores de la envidia, la zona desnuda de su hombro derecho. Esas cuatro rayas era imposible que estuvieran ahí. Había habido demasiados percances, abundantes conflictos, tantos avatares difíciles, que era imposible creer que en ninguno de los percances hubiera perdido alguna de esas cuatro rayas de la vida que se van gastando hasta agotarlas todas y dejar de existir. Era difícil de creer que su corazón estuviera intacto y su alma íntegra.

Se abalanzaron sobre él. El sonido de la sirena de la ambulancia había sido la señal. Le pusieron, no sin dificultad, una camisa de fuerza.

Al llegar al hospital lo condujeron a la unidad de psiquiatría. Lo tumbaron en una camilla y lo sujetaron. Esas cuatro rayas era imposible que estuvieran ahí, ordenadas, paralelas. No se le había extinguido ni una sola. Deberían encontrar una explicación convincente.

 El golpe seco de la caída de Tom sobre el bordillo del jardín de la plaza le hizo caer en una profunda amnesia. La única forma de descubrir lo que le había sucedido a aquel individuo era mediante una sesión de hipnosis. Y a ello se disponían en aquella sala del hospital. Conectaron su cerebro a un ordenador a través de unos cables sobre su cabeza. Le fueron sondeando por medio de preguntas. Y en la pantalla del ordenador comenzaron a aparecer imágenes inconexas, que poco a poco se iban centrando en una escena más argumentada, mientras, él iba contando su experiencia.

“Mi nombre es Tom”.
Nadie lo sabe. Pero estoy colgado del techo de una húmeda caverna, boca abajo. La sangre comienza a bajarme sobre la cabeza. Siento un ligero mareo y cuento ovejas.
Quisiera bajarme, pero me encuentro algo aturdido y ya estamos en medio del experimento.

Pasa el tiempo. No me importa no comer  y se me olvida que tengo hambre.

Mi cabeza es un bombo y quiere estallar. No la dejo.

Comienza a gotearme la sangre por los ojos. Se forma un pequeño charquito bajo mi cuerpo que va creciendo.

Me asusto al principio y quiero bajar. Pero ya es tarde, ya ha empezado el proceso. Un gato que acaba de entrar, lame efusivamente la sangre. Esa escena me repugna, pero no puedo descolgarme para hacer lo que pienso.

Ha pasado mucho tiempo, y ya no me queda sangre en el cuerpo.

Mis moléculas, fruto de la desintegración acelerada, empiezan a desmoronarse sobre el suelo. Desaparezco.

Una leve brisa entra en la cueva y va esparciendo todas mis moléculas que van ocupando la caverna entera. Sigo pensando, pero ya no me veo. Y pienso: “Debemos luchar, la libertad del hombre está en juego. “El Gran Hermano” manipula las vidas y los cuerpos introduciendo en los fetos cambios genéticos. Se ha transformado a los hombres en “muñecos” de videojuego. Y sólo se les otorga cuatro rayas de vida para seguir viviendo. De esa manera se irán quedando por el camino los menos fuertes, los que cometan errores, aquellos a los que les cueste afrontar las nuevas situaciones. No hay oportunidades. Cuando se agotan las cuatro rayas de vida, feneces. Es por eso que en el ser humano se ha incrementado la competitividad desmesurada, la avaricia, la envidia, el resentimiento… para poder conseguir en el menor tiempo posible nuestras metas, antes de que se extingan esas cuatro rayas de vida. Somos esclavos de esa manipulación genética.

La caverna cerró sus puertas con témpanos de hielo.

El experimento de Alvar One, otra vez estaba teniendo éxito, pero se tenía que perfeccionar para que no fuera tan traumático el proceso.

Las ráfagas del viento empujan mi pensamiento hasta los confines del universo. Y allí acaban reuniéndose las partículas de mi ser que había quedado disperso. Me renuevo el ánimo, me he reencontrado de nuevo. Y así volveré entero, pues odio las puertas cerradas en las cavernas del tiempo donde se instala el frío en forma de sentimiento. Alvar y yo debemos seguir trabajando para devolver la libertad al hombre y los buenos sentimientos.

¿Cuántas veces en esta vida me he desintegrado y me he vuelto a reconstruir “nuevo”?  Así, es como crezco. Y regenero las cuatro rayas de la vida en mi cuerpo. Sé que hay otros que también lo consiguen como yo, con la fuerza de su cerebro, pero con esta técnica que estamos experimentando, la liberación será masiva y se conseguirá en poco tiempo.

Los allí presentes no daban crédito. Aquella historia era increíble, inexplicable.

El psiquiatra jefe después de intercambiar opiniones y pareceres sentenció:

“Lo que es increíble, aunque sea evidente, no se puede creer. Lo que es inexplicable, aunque intentemos explicarlo será difícil de entender. Así que esto no lo hemos visto ni oído nunca. Procedamos a intervenirle quirúrgicamente y eliminémosle un par de rayas. Y que vaya por la ciudad siendo una persona normal más.”

Una vez extirpadas dos de esas cuatro rayas, decidieron eliminarle la secuencia del recuerdo de la historia de la caverna y del deseo de libertad. Hicieron marcha atrás en las imágenes del ordenador, y al mismo tiempo, se rebobinaban las imágenes en la memoria forzada del cerebro, cuando llegaron al principio de aquellas peculiares escenas de la cueva, seleccionaron y apretaron la tecla de suprimir. Tom sintió a modo de una leve descarga eléctrica en el cerebro.

Al comprobar los resultados del proceso vieron que la secuencia de imágenes seleccionada se había eliminado correctamente, a excepción de “Mi nombre es Tom”, pero por una frase que no significaba gran cosa no iban a repetir todo el proceso de nuevo. Y Tom fue como todos, no volvió a regenerarse, y por fin aprendió qué era la envidia…

La ambulancia devolvió a Tom a aquella plaza. Había recuperado la memoria. Recordaba todo, menos aquella maldita secuencia. Y fue un hombre normal, con menos de cuatro rayas de la vida marcadas en el hombro. Y fue feliz en medio de la manada.

Aunque de vez en cuando, sin él poderlo controlar, le pasaba por la memoria una frase inconexa, luego unas sombras, y por fin, todo negro. Jamás supo por qué a veces le venía a  la mente aquella frase: “Mi nombre es Tom”.

                                                                                Juan Antonio Urbano Cardona

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