Discurso y visita en helicóptero #relatosJuveniles

Empecé a hacerme mayor el día en que mi madre me mandó al supermercado que había al lado de casa. Tenía siete años. Recuerdo que la tienda de doña Teo era un gran almacén de cosas de todos los colores, de todas las formas, de todos los olores y de todos los tamaños. No faltaba de nada, aunque lo que más espacio ocupaba en los pasillos y en las estanterías eran los alimentos. Doña Teo tenía comida para personas, comida para animales y hasta comida para plantas. Cuando mi abuela se enteró de que había ido solo al supermercado, me dio un beso en la frente y me dijo que ya era un hombre hecho y derecho. También me dijo que tenía que comer para estar fuerte –ella siempre me veía delgaducho y pálido–, pero que había otras cosas que alimentaban tanto o más que la leche y las galletas. Esto último no lo entendí muy bien porque solo tenía siete años, pero no tardé en comprenderlo. Resulta que, según ella, los animales crecen mejor si les damos cariño, y que las plantas no se marchitan si, además de agua, luz y fertilizantes, tienen su ración diaria de mimos y de atenciones. “Nos vayas a pensar que mis geranios están así de hermosos por casualidad”, me dijo un día de aquellos. Pero lo más fascinante me lo contó después: “¿Tú sabes de qué se alimentan las personas como tú y como yo? ¿No te lo imaginas?”. Podía imaginar muchas cosas, pero la respuesta no iba a ser tan sencilla como para decir lo primero que me pasara por la cabeza; así que puse cara de limón y me encogí de hombros. Recuerdo que entonces mi abuela me apretó las manos, me miró con unos ojos tiernos y azules y me dio la respuesta: “Los hombres se alimentan de cuentos, crecen con cuentos, se hacen personas de verdad y de bien cuando han escuchado cientos de cuentos…”

Desde aquel día, los cuentos siempre me han acompañado, han sido mi remedio para dormir y mi medicina para no estar solo. Con los cuentos he abierto casi todas las puertas: las de la fantasía, las del misterio, las de la risa y las de la melancolía. He escrito cuentos para los demás y he leído cuentos a cientos de niños que soñaban con ser mayores, con tocar la luna con sus manos o con viajar a lomos de una nube.

He escrito y he leído muchos cuentos, es verdad, por eso, cuando un cuento nuevo me sorprende, me saca de la pereza y busca acomodo en un lado de mi corazón, como un oso de lana, pienso que he encontrado un tesoro. Y eso es precisamente lo que me ha pasado con un buen número de relatos que hoy se recogen en este libro de cuentos y de historias escrito por vosotros. Un libro que he disfrutado como sencillo lector, y un libro que he recorrido, cuento a cuento y paso a paso, como presidente del jurado que ha tenido que decidir cuáles de ellos eran los mejores.

Son muchos los pensamientos, las sonrisas, las risas y las lagrimas encerrados en este libro. Son muchas las historias, inventadas o no, las que me han devuelto el alma del niño que fui. Y todo os lo debo a vosotros, auténticos culpables de que las palabras de estos cuentos se hayan puesto de acuerdo para emocionarme e intrigarme, provocarme, como digo, risas y sonrisas, asombro, tristeza o gratitud.

Los cuentos viajan por el mundo como el viento: soplando desde las profundidades más remotas. A veces son historias tan viejas, tan antiguas, que nadie sabe a ciencia cierta quién las escribió. Sin embargo, tampoco a nadie se le escapa pensar que detrás del cuento más sencillo hubo un escritor o una escritora que tuvo la virtud de inventarlo para nosotros.

He conocido a muchas personas virtuosas que se ajustan muy bien a esa definición, la de escribir, crear, para los demás. Sus nombres están ahí y sus libros también: Homero, Charles Dickens, Oscar Whilde, Horacio Quiroga, los hermanos Grimm, Andersen, Lewis Carrol, Ana María Matute, Ana Pomares…

Ellos y ellas son el ejemplo de lo que me gustaría que llagarais a ser cada uno de vosotros. El mundo funcionaría mucho mejor, magníficamente, si en lugar de bombas de destrucción masiva o de recortes en educación, se escribieran cuentos para dormir o cuentos para despertar o cuentos para vivir.

Este libro de relatos juveniles es la mejor manera de empezar, por eso felicito de todo corazón a la editorial ECU, a su director y a todo su equipo humano, por ello, por una iniciativa rigurosamente admirable.

Nada hay tan beneficioso para el alma como cuentos de esta naturaleza escritos por gente que aún se conmueve ante una puesta de sol, ante un viejo que se descubre delante de los robles o ante un dragón que se niega a morirse del todo en un país olvidado.

Decía Miguel Delibes que “un pueblo sin cultura es un pueblo mudo”.

No cabe duda de que en tiempos de crisis la cultura es, más que nunca, un bien esencial, necesario para salir del pozo. Sin ella no hay progreso y no cabe pedirle a los pueblos, a los ciudadanos, a los mayores o a los niños ninguna conducta moral.

La cultura, la literatura, los cuentos, el arte, la palabra… son el motor verdadero de los pueblos. Quien piense que la cultura no es un órgano vivo, enamorante, necesario… se merece un billete de avión al reino de la ignorancia.

Quien sabe y comparte a ciencia cierta, con los ojos cerrados, con el alma en carne viva, que la cultura es la manifestación más maravillosa del corazón y el pensamiento (siempre a partes iguales) es que va por el camino acertado, el que conduce al país de los árboles y al paraíso de los que aman por encima del tiempo.

Hoy, vosotros, los más jóvenes, me habéis hecho creer que ella, la cultura, es digna de todos los esfuerzos.

Hoy, me habéis hecho creer que escribir cuentos para un lector claro y generoso merece indudablemente la pena.

Hoy me habéis convencido de que la cultura es la llave de la dignidad, el principio de la libertad y el triunfo del pensamiento.

Y os doy las gracias por ello, por recordarme que ella, la cultura, nos hace vivir más intensamente la vida.

No sé cómo lo habéis hecho, pero después de llegar a la última página de este libro de relatos, he vuelto a tener siete años, me he tomado un tazón de leche con galletas y he comprendido, más que nunca, que los niños se alimentan con cuentos, crecen con cuentos y se hacen personas de verdad y de bien cuando han leído historias tan fascinantes y mágicas como estas.

Mi abuela tenía razón. Sus geranios eran los más bellos del mundo.

Muchas gracias.

José Luis Ferris

25 mayo 2015

Aquí os dejo el discurso, demandado por muchos de vosotros y algunas fotos de los ganadores del concurso montando en helicóptero.

Deja un comentario