La razón de mi ausencia

GRACIAS, gracias a todos los que habéis estado ahí para escucharnos o abrazarnos estos últimos meses. Gracias a todos los que le habéis escrito o preocupado por él. Gracias a los médicos que lo han intentado todo. Hoy hemos perdido la batalla y con ella a un padre, un marido, un abuelo, un hermano, un tío, un amigo, un confidente, una parte de nuestro corazón. Nada puede aliviar el dolor que siento en este momento, la sensación de vacío en el cuerpo y la rabia hacia la propia naturaleza.

Lo cierto es que no me consuela pensar que ya no sufres porque ya te echo de menos. Todo lo has hecho bien; cada paso que has dado, cada palabra, cada gesto…hasta el último. Te quiero, te voy a querer toda mi vida y te voy a seguir necesitando siempre. Solo tú lo sabes todo, solo tú podrías calmar estas lágrimas. Me siento agradecida de haber podido ser una de las cinco rosas que han crecido en tus manos. Porque como tú explicabas: És, doncs, sols per l’amor que ens creixen roses als dits.

 de José Hierro

Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca.

Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.
Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos,
será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de los gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
que a mi madre llevara las flores:
yo quería poner primavera en sus manos.)

¡Será ya primavera allá arriba!
Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría
no podré morir nunca.
Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino
no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.

Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.

De Alegría. 1947