Mi velada con Trueba (#cajas encontradas)


September 23, 2014

Tras nuestro encuentro en la estación y la deliciosa velada en el Auditorio, escuchando su brillante exposición, David seguía siendo para mí una especie de enigma. Me atrevería a decir que incluso ahora, días después, mantiene intacta su virtud de asombrar, de generar misterio.

La noche se prestó a colaborar. Llegamos tarde al restaurante y nos acomodaron entorno a una mesa redonda y cálida. Era un local decorado sobre la osamenta de una vieja sastrería. Me senté nerviosa y saqué el móvil para fingir distracción. Luego empecé a imaginar cómo trascurriría la cena. He de abandonar la fea costumbre de morderme el pulgar mientras medito –pensé–, porque cuando me quise dar cuenta, David ya estaba a mi lado, silla con silla.

Admito que había pasado varias semanas pensando en las preguntas que le haría, en cómo evitar, por la falta de vínculo, que en mitad de la cena se generase un silencio incómodo y que su interés por la conversación se viera mermado por mi falta de experiencia. Pero lo cierto es que las circunstancias me fueron favorables: un penoso titular (desleal a sus palabras) publicado en prensa ese mismo día dio lugar a un juego que echó por tierra el resto de preguntas.

“Nunca sueño con premios. Mis premios más memorables han sido siempre eróticos”.

La pura realidad es que con David no hace falta preguntar, no hace falta forzar nada. La naturaleza con la que llena el tiempo que compartes con él es única y puedes pasar horas y horas escuchándolo hablar de cine, de música o de cualquier cosa que le atraviese la inspiración. No era lo que esperaba, pero más tarde lo comprendí.

El pequeño de ocho hermanos se llevaba dieciocho con el mayor, quien a su vez se llevaba dieciocho con su propia madre, que se llevaba más de una década con su padre. “Mi casa era muy parecida al patio de un colegio”, afirmaba, y no sólo por la cantidad de niños que había en ella, sino por los roles desempeñados por cada uno: el fuerte, el débil, el pícaro, el protector, el pequeño…; y convivir con todas esas personalidades durante la infancia facilita que te hagas, poco a poco, receptivo a cualquier entorno y a saber manejar a individuos de cualquier pelaje.

Pero lo más significativo para mí de esa infancia que disfrutaba relatando durante la cena fue el oficio de su padre. “Cuando digo que mi padre era vendedor ambulante la gente se lo imagina en un puesto de mercadillo” y no, no se trata de eso. El padre de David no tenía ni puesto, ni tienda. Gozaba, eso sí, de la confianza de la gente. Iba de puerta en puerta y hacia tratos con personas que, de antemano, no podían pagar de una sola vez aquello que necesitaban. “MI padre ponía el dinero y ellos se lo devolvían a plazos”. No había un contrato escrito ni unas condiciones legales. La única regla entre ellos era la confianza.

Sus palabras me parecieron fascinantes. Vivimos en una sociedad hipercomunicada en la que cada vez confiamos menos en el prójimo, somos más individualistas que nunca y cuesta imaginar a nadie poniendo la mano en el fuego por un vecino. “No hagas nunca negocios con ricos, los pobres son los únicos que conocen el valor real del dinero” le decía su padre a él y me decía él a mí esa misma noche. Y creo que pudo ser esa confianza que le inculcó su padre, la misma que se debía respirar en la república entrañable de su casa, la que debió lograr que él transmita exactamente lo mismo a las personas que lo rodean.

Compartí con él, con David Trueba, solo unas horas. Sin embargo, la sensación que me dejó después, cuando nos despedimos, tras la cena y las preguntas, era la de un amigo de toda la vida que te dice adiós con la tierna cercanía de siempre, con el misterio de lo cotidiano.

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